Autor: Vigil y Vázquez, Manuel. 
   Cambó: la libertad de Cataluña en la grandeza de España     
 
 Ya.    24/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Cambó: La libertad de Cataluña en al grandeza de España

Al grito de "¡Viva Maciá y muera Cambó!", gritado en catalán, claro, se proclamó por el primero el

Estado Catalán, al tiempo que en Madrid se proclamaba la República, el 14 de abril de 1931. El grito

dado por masas sujetas a consignas, como lo están todas las masas, acaso desconcierta considerado desde

fuera de Cataluña. El recordarlo en estos momentos en que se cumple el primer centenario del eminente

político catalán—el mejor político del siglo XX, en opinión de Romanones—y en que el

"paleo-catalanismo" reaparece con pretensiones de protagonista único de la Cataluña actual, subraya la

oportunidad de la evocación. Para desgracia de Cataluña y de España toda, Cambó, difícilmente

comprendido más allá del Ebro en los tiempos de don Alfonso XIII, no tuvo mejor fortuna en su propia

tierra. Cambó no pudo gobernar España, de la que sólo fue ministro en ocasiones de emergencia, ni

tampoco pudo gobernar en Cataluña. Don Francisco Cambó y Batlle pretendió dar la libertad a Cataluña y

a España la grandeza (son palabras suyas), pero se vio obligado a actuar siempre en la oposición, tanto en

el Congreso de Diputados de la Monarquía, como en el de la República, como ante la Generalidad de

Cataluña bajo Maciá, primero, y Companys, después.

Lo lógico parecería que otro muera hubiera sido el que acompañase al viva a Maciá. Pero la generosidad,

que en ninguna parte suele ser compañera de la política, menos lo es en la historia del catalanismo, quien,

sobre cimientos sólidos y estructuras racionales, ha rematado a menudo con un tremendo galimatías,

galimatías que es lo único que se ha percibido desde lejos, como lo prueban las incomprensiones de que

fue objeto el propio Cambó en su lucha por la España grande; como lo prueban los recelos con que de

siempre son acogidas las aspiraciones autonomistas catalanas. Ni la exaltación de Maciá ni las

contradicciones de un político mediocre, como Companys, metido en aventura tan ridícula como fue la

del 6 de octubre de 1934 en Barcelona, ayudan a la exacta comprensión de las razones de Cataluña,

deformadas a menudo por megalomanías y triunfalismos que llegan a hacer de un equipo de fútbol como

el sucesor de los esforzados almogávares de Roger de Flor.

Desde su primera juventud, Cambó ha sabido muy bien lo que quería, y -lo ha sabido porque estaba

dotado de un conocimiento preciso y enérgico de la realidad. A este respecto, no será ocioso el transcribir,

traducido, un pasaje de las memorias de Gaziel, el gran director de "La Vanguardia" de antes de 1936,

quien, refiriéndose a sus años escolares, dice así:

"El hecho más importante del Colegio Peninsular—al que asistía—fue uno de los acompañantes de los

chicos, que, además de dar alguna clase, les iba a buscar y luego volvía a acompañarles a sus

casas. Era un muchacho adusto, medio poseído, de una delgadez extrema y de un genio de mil demonios;

tenía entonces diecisiete o dieciocho años, recién venido a Barcelona a probar fortuna y con el acento de

la gente del alto Ampurdán. Ganaba quince duros mensuales. Mi tío, propietario del colegio, todavía

muchos años después me hablaba con admiración, llena de asombro, de aquel auxiliar extraordinario.

Porque el acompañante de los escolares, en efecto, se convirtió rápidamente en un personaje barcelonés y

hasta en una de las primeras figuras de la política española. Se llamaba Francisco Cambó y Batlle. Una de

las veces que, pasado un montón de años, Cambó me invitó a comer a solas con él en su última casa

barcelonesa, en la vía Laye-tana (lo que solía hacer cuando las cosas públicas andaban de mal en peor), y

estando de sobremesa, hablando tranquilamente, le recordé su paso por el Colegio Peninsular, de mi tío,

ambos nos hartamos de reír."

Cambó, como "hereu", estaba destinado a llevar la hacienda familiar en Besalú (Gerona), solar de la

familia paterna; él había nacido en Vergés, en la misma provincia. Pero el muchacho que Gaziel retrata

con tan vivos trazos rehusó el seguir el destino tradicional de los herederos en el campo catalán y prefirió

el de los segundones: el de ir a estudiar a Barcelona. Sería farmacéutico, e, incluso, empezó sus prácticas

en una botica de Gerona; pero pronto pasaría a la ciudad condal, en cuya Universidad seguiría Filosofía y

Letras y Derecho. El motivo de ser auxiliar del colegio de Gaziel se debió a que, habiéndose

enamoriscado de una chica y habiéndole conminado el padre a que dejara el noviazgo o le suprimiría el

envío de dinero, el joven Cambó se puso a dar clases para independizarse. Luego, ya licenciado en

Derecho, pasaría al importante bufete de Verdaguer y Callis, su plataforma de lanzamiento.

El vivo genio de Cambó rechazaba la retórica decimonónica en que se envolvía el catalanismo de fin de

siglo, pero aceptaba el catalanismo en su verdadera esencia y se propuso servirle. Al constituirse la Liga

Regionalista, fusión de otros dos partidos, en 1901, bajo la presidencia del doctor Robert, pronto será el

joven Cambó uno de sus más atractivos y eficaces elementos. Prat de la Riba le apoya para presentarse a

concejal y gana él acta a los veinticinco años de edad. El vivo genio de Cambó y su espíritu realista,

práctico, le lleva a corregir sobre la marcha, previo acuerdo, la equivocación de la Lliga al aconsejar la

abstención ante la primera visita a Barcelona del rey don Alfonso XIII, recién coronado. La población

tributó un gran recibimiento al monarca, acompañado de Maura, jefe del Gobierno, y los concejales de la

Lliga acudieron al Ayuntamiento a saludar al rey en su visita a la Casa de la Ciudad. Solicitaron dirigirle

unas palabras y, dada la juventud de Alfonso XIII, se confió la misión al más joven de los concejales

regionalistas: Cambó, quien aprovechó la ocasión para formularle, cortésmente, la petición de autonomía

para Cataluña. Don Alfonso XIII reaccionó muy simpáticamente, como, en general, reaccionó siempre

ante las peticiones de Cambó, quien en 1919, tras una nueva conversación con el rey, pudo creer que

Cataluña se vería prontamente satisfecha en sus aspiraciones. El haberse malogrado los propósitos, una

vez más, por sinrazones de enmarañada historia, es lo que, a la caída de Primo de Rivera y la del propio

rey, sin tardar mucho, hizo que aquello por lo que con tanta inteligencia y tesón había trabajado Cambó

fuera a parar a manos de otros, con los resultados conocidos.

Cambó creyó siempre, al menos así lo prueba su conducta, que la autonomía catalana no era sólo una

cuestión estricta y absolutamente catalana, sino que era una cuestión que resolverse dentro del marco de

España. Hacer entender esto en la España de aquel entonces era poco fácil, y mucho más que en ello iba

no la fragmentación, sino el fortalecimiento de la unidad nacional. Además, Cambó sufría junto a él

impaciencias y reacciones nerviosas. Cada acción de gran estilo de Cambó para, resolver la cuestión

catalana, en el único ámbito que puede serlo propiamente, venia contrarrestada por una reacción

extremista. La Lliga hubo de experimentar varias escisiones, algunas de importancia, pero que

a la hora de la verdad, la hora de las elecciones, demostraron su ineficacia. Los disidentes se quedaban sin

acta, aunque, eso si es lo único que conseguían, restaban fuerza al gran partido, acaso el mejor partido

político habido en España, de corte verdaderamente europeo.

La singularidad política de Cambó estriba en esto, en ser un político catalanista que, a la vez era la

primera figura en la escena política española. Otros políticos catalanes pasaron a la política nacional con

abandono de la catalana. Otros políticos catalanes, lo más, se han obstinado en ser solo políticos de su

propio país, sin preocuparse o desentendiéndose de la verdadera magnitud de los problemas en que está

inserto el catalán. Un sentimentalismo exacerbado, una tendencia a la política de masas, confundiéndola

con 1a democrática, y una inextricable selva de partidismos y personalismos, que es lo que suele

encerrarse en el aislacionismo de la "obediencia catalana", es lo que ha impedido hasta el presente algo

bien necesario para toda España y no sólo para Cataluña, como es el debido encaje de la misma dentro de

la una y varia España. Cambó dedicó a ello toda su vida. Pudo ser, si la enfermedad no se lo hubiera

impedido, el hombre que salvara la Monarquía de A1fonso XIII. Quiso luego serenar 1a República y,

especialmente, el régimen autónomo, tan tardía y atropelladamente conseguido. Paso sin rencor por

encima de "¡Muera Cambó!"

Su centenario, como decíamos se cumple cuando de nuevo se alimentan las esperanzas autonomistas.

Sin embargo, quienes hoy enarbolan el viejo estatuto de 1932 como condición "sine qua non"

para tratar con el Estado español no parecen haber sacado lecciones de la experiencia. Al

encasillamiento que ha regateado, desde 1939, el reconocimiento de algo tan característico como

Cataluña su famoso "hecho diferencial mal calibrado a menudo por propios y extraños, se opone la

vuelta, por lo demás, imposible, ayer. Con la agravante de que hoy todavía no se ha descubierto una

figura coordinadora como Cambó pero se agitan personajes, más pintorescos que otra cosa, enredados

en el "paleo-catalanismo", aunque no todos cuantos personajes buscan la salida hacia la autonomía

carezcan de los conocimientos y el realismo necesario, e incluso, haya firmes y considerables promesas,

lo cierto es que el re nador más sirve a los exaltados que a los que se dan cuenta de que la Cataluña de

1976 es demográfica, social y económicamente bien distinta de la de 1932. Y estos son datos

inexorables en política. Datos que en su tiempo, los de su tiempo, Cambó se esforzó en que se

reconocieran, y que su propia y bien trabada entidad permitiese la libertad de Cataluña y la grandeza de

España.

Manuel Vigil y Vázquez

 

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