Autor: Serrahima Bofill, Maurici. 
   Cataluña y su voluntad de autonomía     
 
 El País.    26/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Cataluña y su voluntad de autonomía

MAURICI SERRAHIMA

No es un hecho reciente. Cataluña conservó una autonomía institucional hasta 1714. Dice González

Casanova —citando a Fierre Vilar— que, hasta el siglo XVIII, las clases dirigentes catalanas añoraron la

época de su preponderancia, y las clases populares no dejaron de mantener, de modo más impreciso, pero

a veces con mayor violencia, un sentido de «grupo».

Por otra parte, Maravall afirma que el sistema político de la Monarquía no fue, en aquella época, un

Estado en el sentido puro, sino más bien un superestádo. Más tarde, en 1760, se iniciaron las protestas

públicas: ocho diputados pertenecientes a los antiguos países déla corona de Aragón presentaron en las

Cortes convocadas por Carlos III sus quejas contra la política unitaria y plantean la necesidad de una

Administración autóctona. La guerra del Rosellón, primero, y la de la Independencia, más tarde,

produjeron en Cataluña situaciones autonómicas «de hecho», que hicieron revivir un patriotismo

particularista. Más tarde, Marx veía con sorpresa el hecho de que, en España, a pesar de la Monarquía

absoluta, no haya conseguido echar raíces la centralización y, refiriéndose al comienzo del siglo XIX, dijo

que «España siguió siendo un conglomerado de repúblicas mal regidas por un soberano nominal al

frente».

Comenzado el siglo XIX, apareció una fuerza nueva: la «Renaixença», el renacimiento del uso normal en

la literatura y la cultura de la lengua catalana. Los recelos anticatalanes, que muchos consideran

provocados por el «catalanismo» político, fueron muy anteriores a su aparición. Las actitudes liberales y

constitucionalistas y los primeros alzamientos sociales en Cataluña —la primera huelga general de

1846— provocan ya acusaciones de «separatismo»... Más tarde, aquel «catalanismo» político fue

tomando forma. Y su propósito, de un modo u otro, siempre fue a parar a lo mismo: la obtención de una

«autonomía». ¡De ello hace casi exactamente un siglo!

Los que somos viejos —y aun otros que no lo son tanto— hemos podido ver ese ideal modestamente

realizado. Luego, hemos tenido que vivir cerca de cuarenta años, no sólo sin él, sino privados de hablar de

él, y siendo con frecuencia perseguidos y en todo casi limitadísimas aun nuestras más elementales

posibilidades luingüísticas y culturales. Pero, en silencio, el ideal, no sólo ha persistido, sino que a pesar

de todas las dificultades ha avanzado. Y quien conoce a Cataluña no puede menos que darse cuenta de

ello.

Estamos en un momento en que toman forma los partidos políticos; ya no de un modo más o menos

clandestino, sino tomando posiciones para una probable y aún próxima lucha electoral. En Cataluña, casi

todos los partidos que aparecen son autóctonos, como son las uniones que entre ellos se van produciendo.

Pero, sea como sea, y salvo en algún caso excepcional —que suele coincidir con alguno de los pocos

intentos de «sucursalismo» de ciertos partidos españoles—, todos los partidos catalanes, de cualquier

color, en el momento en que se dirigen a los futuros electores, ponen en lugar más o menos preferente en

sus programas la voluntad de obtener la autonomía para Cataluña.

Lo hacen, claro está, abiertamente. Los partidos formados por hombres que, al lado de sus distintas

ideologías —liberales, democristianos, socialistas, o lo que fueren—, mantuvieron en la clandestinidad su

finalidad autonomista. Y también aquellos otros que, aunque cuanto sucedió en 1936 les llevara al

silencio, cuando éste ha terminado vuelven a aspirar a la autonomía que antes defendieron. Pero no son

los únicos. También ciertos nuevos partidos, cuyos hombres proceden del régimen in-movilista —el que

combatió como un mal absoluto la aspiración a la autonomía—, presentan programas que contienen

alicientes particularistas, y propósitos más o menos atenuados, pero bien destacados, que ofrecen

posibilidades más o menos autonómicas. Aun la comisión formada gubernamentalmente para estudiar el

futuro régimen de Cataluña ofrece soluciones en el sentido autonómico que, con toda su moderación

quizá hubieran podido caer, hace poco más de un año, bajo la jurisdicción de los tribunales...

Y el motivo de estos hechos es evidente. Defienden la franca solución autonómica los que siempre han

creído en ella. Pero junto a ellos, y aunque sea atenuándola más o menos, la proponen cualquiera otros

partidos que piensan en obtener votos en Cataluña. Y —con mayor o menor sinceridad—, lo hacen todos

ellos porque, hoy, el ambiente catalán es tal que hace entender a quien lo vive que sólo hablando de

autonomía puede confiar en interesar a la inmensa mayoría de los electores.

Quizá habrá lectores que se sorprendan, o que no lo acepten. Yo sólo.puedo decirles que la realidad es

ésta. Que no se trata de una opinión mía, sino de un hecho. Y que la actitud de ciertos grupos políticos,

que hasta poco más lejos de ayer no habían hablado nunca de «autonomía» y hoy, más o menos

tímidamente, la ofrecen a los posibles electores, es una demostración de tal hecho.

 

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