Autor: Farrás, Montserrat. 
   Cataluña: opiniones para todos los gustos     
 
 La Vanguardia.    07/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CATALUÑA: OPINIONES PARA TODOS LOS GUSTOS

Señor Director:

ka carta en que el señor Clua contesta a la del señor Panades y a la mía me induce

nuevamente a escribir.

Dice el señor Clua que entre su idea del bilingüismo y la mía existe una distinción «puramente

semántica», y yo me pregunto qué otra distinción puede tener más importancia que una

distinción semántica. Si con una misma palabra —«bilingüismo»— designamos cosas distintas,

creo que lo que nos separa es esencial.

Para sustentar su tesis del bilingüismo catalán, el señor Clua dice, entre otras cosas, que «en

la época de la anteguerra las publicaciones en castellano igualaban o superaban a las en

catalán», cosa que, si consideramos las ingentes dificultades con que el pueblo catalán ha

tenido que conservar su lengua, no es difícil de comprender. Lo que ha olvidado decir el señor

Clua es el número de publicaciones en catalán —periódicos y revistas— que existían en esta

misma época de anteguerra, y cómo y por qué desaparecieron a partir de 1939.

Siendo como es la lengua la exteriorización del modo de ser, de pensar y de sentir de un

pueblo, ¿no le parecen al señor Clua pruebas bastante evidentes de la dictadura ánticatalana

hechos tales como la desaparición total de publicaciones en catalán; la prohibición de hablar en

catalán en determinados lugares —escuela, trabajo, iglesia...—, acompañada de las

consiguientes medidas represivas —multas, despidos...—; el cambio de rotulaciones de calles

en catalán; la supre. sión de monumentos dedicados a núestros hombres más representativos,

y un largo etcétera, a partir de 1939? ¿Adolecemos —como dice ei señor Clua— de «complejo

de persecución»?

Con referencia al aspecto económico, no veo por qué Cataluña iba a ser una excepción dentro

de Europa. Y si ha prosperado más que el resto de España, no ha sido sólo porque tenía ya

condiciones más favorables para ello, sino también por la aportación del trabajo de unos

hombres llegados de otras partes —de Andalucía, fundamentalmente—, quienes, víctimas de

una política que no supo o no quiso creerles puestos de trabajo en su lugar de origen, tenían

que emigrar para poder vivir.

Dice el señor Clua que nuestras peticiones de autonomía «suscitan la hostilidad de los pueblos

de España». Yo creo que esta hostilidad no radica en nuestras justas peticiones, sino en esta

misma política que ha contribuido a separar y a crear incompresión entre los distintos pueblos

de España. Estoy convencida de que sólo se podrán crear auténticos lazos de unión el día en

que, supera, dos toda clase de prejuicios, los pueblos de la península lleguen a conocer, sin

escamoteos, nuestras intenciones por lo que a la «temible» autonomía se refiere.

El señor Clua dice, también, que, si nos hubiéramos incorporado a «grandes partidos

nacionales», «hubiéramos podido ser cabeza política de España». Dejando aparte el uso que

hace del adjetivo «nacional», ¿por qué razón Íbamos a querer convertirnos en cabeza política

de España? No creo que queramos ni debamos tener semejante pretensión. Si un día España

llega a convertirse en Estado Federal —cosa a la que aspiro—, no sólo cada pueblo habrá

conseguido la tan deseada autonomía, sino que junto con ella llegará la auténtica unidad,

unidad que forjaremos entre todos, sin necesidad de que unos se tengan que imponer a otros.

Montserrat FARRAS

 

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