Autor: Trías Fargas, Ramón. 
   La cuestión catalana     
 
 La Vanguardia.    07/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

LA CUESTIÓN CATALANA

Este es el texto de la conferencia que recientemente pronunció el profesor Trías Fargas en la

Tribuna del Club Siglo XXI, en Madrid.

Voy a coger el toro por los cuernos y a hablar claro de entrada. Quiero que sepan ustedes que

a veces los catalanes nos sentimos indiscriminadamente acusados de separatismo traicionero,

desde Madrid. Esto realmente duele y nos parece injusto. Al fin y al cabo yo no tengo idea de

haber pecado. Aunque mi postura pueda beneficiarse de una explicación, ciertamente no exige

ni una justificación, ni menos una defensa. Pero hay que aclarar algunas cosas. Más que nada

en busca de una concordia sin la cual la España futura no parece viable.

A veces se pregunta a los catalanes, ¿conoce usted León? ¿O Zamora? Yo les pregunto a

ustedes, ¿conocen Popayán? ¿Conocen Tunja? Porque para apreciar a España tan importante

es lo uno como lo otro. ¡Sí! Creo que es muy aleccionador mirar a España en América que

también es España. Yo conozco la América hispana bastante. Lo inevitable, al poner pie en

tierra del Nuevo Mundo la primera vez, es que la presencia de Castilla se alce imponente.

El contacto con las dimensiones sobrehumanas del nuevo continente exige de inmediato que

se explique el cómo de la gesta de conquista y población Un episodio destaca enseguida.

Hernán Cortés victorioso en el campo de batalla, pide a Carlos V que le mande doce religiosos

franciscanos para que le ayuden en la conquista espiritual. Cuando éstos llegan a la ciudad de

Méjico —con muchos días de viaje a pie, los hábitos rotos y no hay que decir que descalzos—

sale a recibirles el capitán general don Hernán Cortés con todos sus capitanes y soldados

ricamente vestidos y armados de todas las armas sobre sus arrogantes corceles y exhibiendo a

posta todo el boato de que son capaces ante la indiada sin fin. Se acerca Cortés a los frailes y

ofrece al mundo el siguiente espectáculo: a presencia de la multitud densa y expectante, se

apea juntamente con su séquito... y de rodillas todos los hombres de armas, besan, a ras de

suelo, los hábitos mugrientos de sudor y polvo de los doce «flacos y amarillos» apóstoles.

Concluye Bernal Díaz del Castillo, allí presente, que cuando «...los caciques y señores de

México vieron a Cortés de rodillas... espantáronse en gran manera...». Y con razón lo hicieron,

porque probablemente por primera vez en la edad moderna, frente a un gentío inmenso, testigo

silencioso y asombrado, pero que daría fe ante la historia, España quiere que el poder de las

armas triunfantes se incline aparatosamente ante el poder moral. España, pues, dio un primer

paso en la línea civilizada llevando a sus ejércitos a la legitimación necesaria por el poder civil,

y por la voluntad de Dios y del Pueblo. ¿Quién, catalán o no, dejaría de hacer suya esta bella

página de la historia de España y de la historia del mundo? ¿Quién resistiría el impulso de

traerla a colación en los difíciles momentos de la España actual?

Todavía hoy leo con nostálgico interés las relaciones al Consejo de Indias del Virrey de Santa

Fe, don Sebastián de Estaba, acerca de cómo la poderosa armada inglesa —la mismísima

armada que ya entonces era de verdad invencible— fue batida por las tropas españolas en

Cartagena de Indias, en el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y setecientos

y cuarenta y uno. Salpicaduras de heroísmo, con muchos apellidos catalanes entremedio que

demostrarían, por lo demás, que fuimos a América a defender el estandarte del Rey, antes de

que se nos permitiera beneficiarnos con su comercio. Precisamente en este punto si algún

catalán se encuentra en la sala pensará: Pero bueno, si Castilla y Aragón eran una sola nación

con el resto de España, ¿por qué se prohibió hasta fines del siglo XVIII que pasáramos a

América y no se quiso hasta tan tarde que tuviéramos tratos económicos con ella? Casi

trescientos años apartados del más apetitoso bocado de que disponía la Corona. Ni que

hubiéramos sido subditos de la Corona Inglesa. ¿Es ésta la unidad que se nos ofrece?

Una vez me di el lujo romántico de escribir y publicar un panegírico de José Celestino Mutis,

alma y cabeza de aquella sabia expedición botánica, fletada por nuestra ilustración rumbo al

nuevo Reino de Granada, que por sus ejemplares e inusitados logros científicos fue el asombro

del mundo civilizado en general y de Alejandro de Humboldt en particular.

Fuerza, justicia, ciencia. Todo se ve en la América española si se quiere ver. Por eso llama

tanto la atención el proceso de independencia. Porque América no fue nunca una colonia, ni su

guerra de independencia fue una lucha colonial de liberación. El «memorial de agravios» que el

Cabildo de Santa Fe de Bogotá dirigió a Carlos IV al inicio del alzamiento americano, deja

constancia de que los criollos no «son extranjeros a la nación española». América fue España y

se fue de España porque la otra España no supo comprenderla. Porque, según veremos

después, hay dos Españas. La España de Cortés, la del padre Las Casas, la del derecho

Indiano, la del sabio Mutis, que hizo España. Y la España de las Casas de Austria y de Borbón,

la España de los privilegios y de los cortesanos, que la deshizo. Bolívar es un español que se

aparta de España. Bolívar es un español de América que rechaza un sistema político, una

determinada concepción del Estado español. Y por eso la lección americana puede ayudarnos

a entender el pleito catalán.

Sentimentalismo y comercio

Pero no seríamos catalanes si no bajáramos del lirismo sentimental —no por primario menos

auténtico— para acordarnos del comercio, que ha sido (a base de nuestra fuerza.

No les sorprenda el cambio de tono. Recuerdo el asombro de un amigo de Madrid escuchando

en Barcelona cómo un accionista en trance de impugnar con detalle las cuentas de una gran

empresa ante centenales de accionistas, recitaba, para ayudarse, a Rubén Darío. Así son las

cosas en Cataluña.

Yendo al grano, puedo decir que he estudiado personalmente y a fondo la situación para poder

llegar a la conclusión de que Cataluña podría vivir sola y sin los mercados españoles en este

mundo moderno de! turismo y de los servicios. Incluso, y ésta es una tentación dé más calado,

es posible que esa Cataluña sin amarras fuese más propicia a la democracia, que como toda

fórmula superior se da con parsimonia y parece preferir a los países pequeños y muy

homogéneos en su historia, en su economía y en su cultura. Pero nosotros sabemos que esto

sólo sería posible con un cambio radical de nuestras estructuras productivas, con una

disminución drástica de nuestra demografía inmigrada y, en definitiva, con una reducción de

nuestra dimensión económica. Pues bien, no queremos limitar nuestros horizontes, ni en lo

económico, ni en nada. Pero, sobre todo no quiere Cataluña —no lo imagina siquiera------

cercar el paso a las gentes que nos vienen de otras partes de España. La inmigración nos crea

tremendas dificultades en cuanto a nuestra identidad interna, pero no por ello dejaremos de

recibir fraternalmente a todos. Intuyo la sonrisa de los cínicos que piensan que si aceptamos a

los inmigrados es para explotar su trabajo. Es cierto que, inmigrantes o no, en Cataluña todos

hemos de trabajar. ¡No faltaría más! Pero, no es menos cierto que nosotros no hemos pedido la

inmigración, que ésta tiene costes sociales y morales de enorme importancia para nuestro país

y que si nadie la discute en Cataluña, no es tanto por motivos interesados como porque,

moralmente, no se puede discutir. Preferimos añadir a los mercados de España que nos hacen

falta para mantener a nuestras gentes, inmigrados y nativos, los mercados de Europa, en una

ansia de expansión y de horizontes nuevos que no queremos ni podemos limitar. Ello a

sabiendas de que a lo mejor la competencia abierta con la industria del Mercado Común nos

creará grandes problemas.

Con la vista puesta en Europa

Pero aquí cambio ya de tercio, para volver de nuevo a nuestra faceta idealista. Si no, no nos

entenderemos. Porque, hay que saber que en Cataluña se cree más en la Europa de la libertad

y de la estabilidad democrática, que en la Europa de las multinacionales. Sólo así se explica

que nuestros empresarios, con sus empresas pequeñas y comparativamente débiles, sean

europeístas. Sólo así se entiende que nuestro pueblo sea europeísta. Cataluña quiere jugar un

papel en el mundo. Modesto si se quiere, pero su papel: y lo jugará a través de España con la

vista puesta en Europa, si el Estada español quiere. Porque hasta ahora las clases políticas y

económicas que operan al oeste del Ebro no han visto bien Ib de Europa. Y, paradójicamente,

nos .llaman cantonalistas —porque, según ellos, no miramos más allá del río— precisamente

aquellos que no quieren mirar por encima de los Pirineos.

No señores. Creo y afirmo que Cataluña quiere contribuir al engrandecimiento de España, para

con ello fortalecer una futura Europa digna, fuerte y justa. Y ahora pregunto: ¿Son éstos los

destructivos pensamientos de un conspirador separatista? ¿Son estes siquiera menguadas

ilusiones de un provinciano? Pues bien, insisto que en este estado de ánimo le sorprenden a

uno muy do-torosamente las repetidas e inesperadas acusaciones de separatismo. ¿Por qué

se pronuncian? ¿Porque queremos con amor sin límites a Cataluña? No me parecería que ello

fuera ni justo, ni prudente. Sobre todo cuando se trata con un pueblo como el catalán que es

mesurado siempre, menos en los momentos realmente cruciales de su historia.

Entre vosotros se sientan muchos amigos míos de aquí, de fuera del Principado, que me

conocen bien y saben que soy sincero. Pero, ni siquiera ellos quieren ser convencidos. «¿Qué

significa un caso tan singular —me dicen— como el tuyo? Es una gota de agua en un mar

separatista.» Claro que esta duda sólo la pueden aclarar unas elecciones libres, cuyo

advenimiento espero que estos amigos propicien. De momento yo sé lo que quiero.

Federalismo, incluyendo a Portugal, y ni un paso más. Autonomía estatutaria, mientras se llega

rápidamente al mismo. Y fórmulas especiales y concretas muy elaboradas en el plazo muy

corto. Y esto último sólo porque hay cosas que no admiten la espera mínima que imponen

soluciones más perfectas. Cada año que pasa sin enseñanza en catalán, por ejemplo, es una

pérdida irreparable para la juventud catalana. Y eso es todo. No hay más. Mi propuesta gustará

o no, pero no es para rasgarse las vestiduras. La puede hacer cualquier español.

Precisamente, porque no somos separatistas, tenemos derecho a hablar tan claro como

cualquiera y tenemos derecho a ser oídos como todo el mundo. Si hemos de formar parte de

España recabamos el derecho a influir sobre su configuración actual y futura. Yo sé que estas

ideas mías no me corresponden en exclusiva. En Cataluña las comparten muchos- Mientras las

elecciones nos dicen cuántos, quiero recordar algunos casos que marcan.

Catalanismo integrador

Juan Maragall, poeta catalán y catalanista, no tuvo empacho en gritar el año 1908,

«¿Españoles? ¡Sí! Más que vosotros.» Pero, cuidado, que no se trataba de la España de

Romero Robledo, ni de la «marcha de Cádiz», ni de tantas otras cosas que sabemos.

Quince años más tarde, Francisco. Cambó decía: «Mi convencimiento es que la solución del

pleito catalán ha de buscarse dentro de España y por vías de concordia».

En 1932, Rafael Campalans, socialista y catalanista, escribe un libro que titula

significativamente: «Hacia la España de todos». Y en un momento dado proclama: «El

separatismo —tranduzco—, entendido como finalidad última, es una cosa monstruosa, porque

es inhumano.»

Pero donde esa veta integradora de la política catalanista se manifiesta más claramente es en

Enrique Prat de la Riba, padre del nacionalismo catalán moderno. Concibe a una Cataluña

regenerada trabajando para reunir a todos los pueblos desde Lisboa al Ródano, dentro de un

solo Estado español expansionado. Y de esta forma, soñaba, la nueva Iberia podrá intervenir

activamente en el Gobierno del mundo. Una visión de imperio, grande, distinta e imposible-Pero

una visión opuesta a toda idea separatista o disgregado». Se concibe en ella a Cataluña como

el motor de una España renovada y grande. Este es un planteamiento constante en Cataluña.

Seis siglos antes de que naciera el nacionalista Prat de la Riba, Jaime I, el Conquistador, ponía

su política de reconquista al servicio de un ideal español, afirmando textualmente: «Todo lo que

Nos hacemos es ante todo al servicio de Dios y después para salvar a España». ¿Separatistas

esos hombres? Permitan que lo dude.

Bueno, ya basta. Quedamos en que mientras no se demuestre lo contrarío, Cataluña no es

separatista. Y quedamos también en que, muy concretamente, yo no soy separatista. Y dejo

constancia, asimismo, de que considero ofensivo que se me ponga en duda a este respecto, no

tanto por lo de separar como por lo de mentir. Y más me duele esta ofensa gratuita si pienso,

como no puedo dejar de hacerlo, que muchas veces los que la profieren no se angustian tanto

por la grandeza de España que ellos han contribuido a disminuir ni tampoco por la defensa

general de sus respectivas regiones, que tienen abandonadas. Piensan en un centralismo que

ellos saben manipular desde Madrid y que les permite controlar sus tugares de origen y sus

intereses particulares en un alarde caciquil, que es en España más viejo que el tiempo. Nadie

tiene derecho a acusar a nadie de lo que no es. Pero menos que nadie el que acusa de lo más

para desacreditar lo menos. No es legítimo políticamente hablar de que todo es separatismo

para impedir —implicando traición— que se hable de federalismo, de autonomía e incluso de

descentralización.

Ramón TRIAS FARGAS

 

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