Fraga y Areilza     
 
 ABC.    06/07/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. MARTES 6 DE JULIO DE 1976. PAG. 4.

FRAGA Y AREILZA

Con decisión en la que era tan admirable la oportunidad como la sinceridad del enfoque y del

planteamiento, ha sido Manuel Fraga el hombre de la apertura interior de la política española. No

representaba ni movilizaba en solitario este conveniente cambio; pero el instinto masivo, popular, le

atribuyó desde el principio, y no sin razón seguramente, el protagonismo de la operación.

Con experimentada sabiduría, con audaz tacto diplomático, ha sido José María de Areilza el hombre de la

más amplia recepción exterior de España. No se agota en él la lista nutrida de los grandes embajadores

que hemos tenido; pero queda en el clisé imborrable de la opinión pública su .imagen como símbolo de

una aquiescencia mundial a favor de nuestro país.

Muy bien podría trenzarse, en esta hora, tan cargada de destino, un apunte plutarquiano de vidas paralelas

entre las dos personalidades políticas. Tienen ambos una brillantísima biografía profesional, con

sugerentes coincidencias, y ambos asumieron, con superior dignidad personal, con dignidad clásica, su

etapa de ostracismo, inevitable cuando fue decidida y ahora incomprensible quizá.

Fraga, en años de su primera cartera ministerial, fue prácticamente autor de una legislación que, sometida

desde luego a las interpretaciones condicionantes de aquel tiempo; estableció la libertad de Prensa. Y ha

sido, en el primer y esperanzador Gobierno de la transición, el vicepresidente que aportó más —él sabe

con cuántos sinsabores, esfuerzos y sacrificios— al reconocimiento de la libertad de expresión; de la

ampliación efectiva de las áreas de diálogo entre el Poder y las formaciones alistadas en la oposición y, en

fin, al impulso de la evolución del sistema político hacia formulaciones de auténtica democracia.

Areilza ha desarrollado una acción paralela allende las fronteras. Fue, en su primer tiempo y en sus

misiones de singular dificultad, un embajador de España que tenía, para los países donde represen

tó al país, y para la Comunidad internacional, los primeros acentos españoles de democracia, luego de la

guerra civil y de la segunda guerra mundial, y las primeras actitudes de talante universalista. No

necesitaba, ya entonces, traductores; ni para el idioma ni para lo que decía.

Ni Fraga, pese a su democrático aperturismo de buena ley, prescindió nunca de afirmar la potestad natural

del Estado, el superior imperio de la Ley, el respeto debido e inexcusable a la autoridad; ni Areilza, por su

parte, realizó jamás una actuación diplomática, o acordó un convenio, o participó en una negociación, en

los cuales no quedase suficientemente reconocida y afirmada, como valor fuera de discusión, la dignidad

nacional.

Así, ninguno de los dos han incurrido en esa tentación a la que son tan proclives los políticos ocasionales

de dejarse seducir por los cantos de sirena de la demagogia. Ni Areilza bailó la danza de las demagogias

internacionales; ni Fraga entró en la danza de los corros de la demagogia interior.

Todavía les une o relaciona un perfil común, aunque tenga distinto grueso de trazo en cada uno de sus

respectivos retratos: la lealtad a la Corona, a cuyo servicio dejan escritas páginas imborrables de política

muy positiva. Quizá en sus palabras y en sus actuaciones —de Fraga las que guste recordar el lector, de

Areilza como espléndido colofón a sus intervenciones en el regio viaje a América— quedará uno de los

testimonios que reflejan con mayor exactitud y con entendimiento político más perspicaz y correcto las

ideas que inspiraron el mensaje de la Corona.

Ambos podrán mañana, si ésa es su vocación, destacar en el primer plano del pluralismo político español.

Con plena consecuencia, por cuanto han aportado para que este pluralismo libre y legal fuera realidad. Y

con lealtad a la Corona y a los intereses y conveniencias de España, como esclarecidos ciudadanos e

indiscutibles patriotas.

 

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