Autor: Páez, Cristóbal. 
   Ir a Barcelona     
 
 Arriba.    21/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

IR A BARCELONA

VAMOS, primero, con el hombre de la calle. ¿Qué sabe un andaluz del problema gallego, o

un extremeño del tema catalán, o un aragonés de la cuestión vasca? Pues, sin lugar a dudas,

exactamente lo mismo que un gallego del problema andaluz, o un catalán del tema extremeño,

o un vasco de la cuestión aragonesa. Como regla general es preciso admitir que entre las dis-

tintas regiones de España y, por ende, entre sus hombres, se alzan monumentales murallas de

ignorancia.

Vayamos, después, con los políticos. Estos no pueden ser identificados como individuos de la

mayoría, la masa, sino como singularidades perfectamente definidas a través de un proceso de

selección, más o menos perfecto; como dirigentes, como líderes, como miembros de la élite

social. Pues, bien; repitamos la misma pregunta: ¿Qué sabe un político acerca de los

problemas regionales?

Me cuidaré muy mucho de inferir un agravio global a nuestra clase política, respondiendo que

viven en la más tenebrosa ignorancia. Pero cederé la responsabilidad y, si se me apura, el

coraje de la respuesta a un compatriota notorio, profesor de la Universidad, politólogo y, con

perdón, otras hierbas: don Manuel Jiménez de Parga. El señor Jiménez de Parga, granadino,

de cuarenta y ocho años de edad, veinte de los cuales lleva en Barcelona, de cuya Universidad

es Rector en funciones, acaba de decir, en «ABC» de ayer, lo siguiente: «Los políticos de

Madrid, cuando van a Barcelona, se ponen la barretina al bajar del avión, dicen Visca

Catalunya, lo conceden todo, hablan de Tarradellas —¿sabe usted que en Cataluña nadie

había de Tarradelías?— y se vuelven. Eso es todo.»

Si a la afirmación del señor Jiménez de Parga le quitamos toda su adherencia hiperbólica,

perderá su encanto, pero no quedará en absoluto vacía de razón. Lo que el señor Rector

apunta es cierto; lamentablemente cierto. Y el por qué de esa absurda escolta de tópicos,

guiños, gesticulaciones, zalamerías, etc., con que determinados políticos —hay inteligentes

excepciones, gracias a Dios— comparecen en determinadas regiones españolas, es preciso

inquirirlo en los senos profundos de una ignorancia que dura ya demasiado tiempo y que, a mi

entender, es anterior al hecho de nuestro centralismo a la francesa.

Creer que la mejor medicina para el hecho regionalista es una grosera pócima de halagos,

resulta tan burdo como ridículo. Tampoco la región es una tonta destinataria de piropos.

Cuando un político se presenta en uno cualesquiera de los lugares de España que todos

sabemos y comienza por manifestar su satisfacción por encontrarse en una tierra tan

«españolísima», debemos prepararnos a esperarlo todo de semejante personaje: desde el

dislate en la concesión hasta el disparate en la negación Los canarios, por ejemplo, a fuerza de

oírlo repetir, casi no pierden la compostura delante de! prohombre peninsular recién aterrizado

en las islas que, emocionado, les confía el gran amor que por ellos siente España. ¡Como si

fueran chinos o esquimales!

Las cosas, por desgracia, están así y dudo que vayan a cambiar —a cambiar racionalmente—

de la noche a la mañana. Ahora, como contrapartida, se adivina en lontananza, con toda su

carga de despropósitos, el temido y temible pendulazo. En un abrir y cerrar de ojos podemos

pasar de la consideración amable y gaseosa del hecho regional al complejo de culpabilidad. En

rigor, ambas me. todologías políticas están dictadas p´or un supino desconocimiento de la

realidad contemplada y son tan inoportunas y nocivas para la nación como para la región.

Ambas podrían jorobarse y, en consecuencia, jorobarnos todos.

Creo que en todo tratamiento bilateral de un hecho regional concreto es de obligación el

desprenderse tanto de emociones cuanto de complejos. La emoción, no depurada ni contenida

por el conocimiento, se convierte en una fuerza ciega, primitiva y bárbara. El complejo, por su

parte, denuncia un estado patológico y, por tanto, descalifica a quien lo padece. Entre el cero y

el infinito existen una multitud de estadios para soluciones templadas. El hecho regional está

ahí cual el prudente caballero que ordena: «Vísteme despacio que tengo prisa.» Y ahí está

Europa, cuyo ejemplo tan reiteradamente invocamos, como un espejo o un tablero de

regionalidades en el que podemos mirarnos y aprender a jugar. A nivel europeo. ¡Faltaría más!

Cristóbal PAEZ

Viernes 21 enero 1.977

 

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