Autor: Verstrynge Rojas, Jorge. 
   Lo que el viento se llevó     
 
 El País.    13/02/1981.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TRIBUNA LIBRE

Lo que el viento se llevó

JORGE VERSTRYNGE

He aprovechado la conjunción de estas Navidades con la espera, en la clínica, de que me naciera otro hijo,

para volver a leer esa obra genial (y tan absurdamente poco conocida) de Edward Gibbon titulada Historia

del declive y de la caída del Imperio Romano. Después, lógicamente, hubo que empalmar con otra casi

tan buena, de Santo Mazzarino, sobre El final del mundo antiguo. Dada la época en que nos ha tocado

vivir, me pareció que era bueno ver cómo, aunque fuera en la noche de los tiempos, otros europeos (es

decir, hombres que no eran sino nosotros mismos) habían asumido el reto de nada menos que todo un

tránsito de sociedad. Porque es lo cierto que nos hallamos clarísimamente en el pase de un ciclo histórico

a otro, en la combinación, como diría Nietzsche, de un aufgang y de un niedergang: declina una sociedad,

la «industrial», mientras apunta su relevo «posindustrial».

Pasado y futuro

Ya sólo me queda volver a leer Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, para sentirme

ambientado. Porque lo cierto es que, mientras nos interrogamos sobre el mundo por venir (véase al

respecto el interesante libro de Daniel Garvic Les dossiers du futurs, París, 1981), otro se derrumba. ¿Qué

queda ya de la revolución soviética sino un inmenso gulag? ¿Quién espera ahora algo de la famosa

autogestión yugoslava?; como se ha dicho, Che Guevara, felizmente para él, ha muerto: más le valía que

el ver hoy a Cuba transformada en «cárcel insular-satélite azucarero» de los soviéticos; la «liberación» de

Indochina se ha empantanado en un auténtico mar de sangre, mientras China se pregunta cómo

reintroducir la moción de beneficio económico; desaparecidos en la trampa de la historia Mao, Ben Bella,

Allende, Sartre y otros estandartes de la izquierda revolucionaria.

Y mientras Althusser estrangulaba a su mujer, y en Alemania cada vez son menos los estudiosos de la

escuela de Francfort (Habermas, Horkheimer, and lo) y más los de la (muy) conservadora Antropología

Filosófica (Gehlen, Shelsky, etcétera), la Revolución Cultural se ha trasladado a EE UU, donde lo que se

ha votado es el «revolver» a los valores que hicieron hace treinta o cuarenta años la grandeza de esa

nación, y «fuera el Estado»; al igual que los «provos» holandeses, los «sixties» que antaño pretendían

ahogar en ñores y en manifestaciones (en contra, claro) al «complejo militar-industrial», son hoy

tranquilos e integrados (o fracasados) ciudadanos: los revolucionarios de Berkeley han muerto para

reencarnarse de cobradores de los tranvías (preciosos, por cierto) de San Francisco... En cuanto al

feminismo, lo que queda de él podría resumirse en cuarenta páginas, o menos, bajo el título sugestivo de

La menopausia de la guerrera. Otros tiempos, otros retos; otros planteamientos.

Y España no ha sido una excepción. Está muy lejos la España de las alpargatas y del burro. La irrupción

de las clases medias y del sector terciario nos conduce —como pueblo— a posturas cada vez más realistas

y conservadoras. (¿Quién, allá hace no sé cuanto tiempo, gritaba «viva la muerte», mientras sus modelos

sacaban su pistola para asesinar a la cultura o la esterilizaban bajo el nombre de «realismo socialista»?). Y

las fuerzas políticas se han mostrado a la altura.

Se llevó el viento —y la muerte-- cierta derecha que no sabía ver la enorme diferencia existente entre un

reaccionario, que no crea, y un conservador, que mira hacia adelante sin perder de vista el pasado; entre

un reaccionario, que ve el mundo como ha sido siempre, y un conservador, que lo ve como siempre será.

Ha nacido un conservadurismo moderno que rechaza no sólo el unilaterialismo «economizante» con su

liberalismo abstracto, su hiperigualitarismo implícito y sus injusticias sociales; el unilateralismo

ultranacionalista, con sus prejuicios y su xenofobia; el unilateralismo totalitario que todo lo espera del

hombre providencial; el unilateralismo tradicionalista con sus sueños reaccionarios y sus referencias

metafísicas al pasado; sino también, y sobre todo, aquella mentalidad monolítica, homogénea,

heterofóbica, de las viejas derechas que les impedía hacer lo que el neoconservadurismo ha conseguido:

asumir la libertad, además del orden; el cambio, además de la permanencia, y, sobre todo, la pluralidad y

la diversidad.

Y a esta revisión brutal de sí misma de la derecha ha hecho eco el intento, por parte de los socialistas, de

apartarse de un marxismo cuya puesta en práctica conduce inexorablemente a la desaparición de la

libertad y de la dignidad humana, y de pretender de una vez un auténtico socialismo en libertad. Más

difícil es el dilema del comunismo español: son muchos todavía los que no han entendido que hace

décadas que Lenin no es más que una momia que recuerda la maldición histórica de un comunismo

utópico que ha conducido directamente a la ecuación diabólica, denunciada por B. H. Levy, de que

"socialismo es igual a gulag".

En cuanto al fascismo español, intenta desesperadamente explicar que es «nuevo algo» y que sus

aspiraciones van hacia una «euroderecha» en la que sólo mentes extraviadas aspiran aún a reiniciar la

batalla de Estalingrado a golpes de P-38 o de cócteles molotov. Incluso el centrismo —muy

recientemente, es cierto— ha iniciado el tránsito desde una concepción patológica que le llevaba a ser el

todo y su contrario, derecha, izquierda y centro, y con el consiguiente peligro de radicalización de las alas

no incluidas en su estructura.

Ciertamente aún le queda un trecho por recorrer hasta dejar de ser tan variopinto como lo es el

Parlamento alemán, pero ya incluso reconoce que hay que buscar mayorías claras. Ojalá se entienda que

en estas épocas de fractura los pueblos se inclinan hacia lo seguro, hacia lo conocido, hacia lo

experimentado, y que, a diferencia de las mayorías ideológicas (o mayoría entre fuerzas políticas afines),

las otras sólo aplazan los problemas para, al final, radicalizarlos aún más. El viento se ha llevado muchas

cosas; sólo la mezcla de flexibilidad y de consistencia de una coalición entre fuerzas políticas que

conserven su identidad, a la vez que comulguen en el mismo modelo de sociedad, podrá encauzar sus

ráfagas hacia el molino del progreso, pero barrerá, ese viento, tarde o temprano, el castillo de naipes que

resulte de la voluntad de unir, en una acción simultánea de gobierno, a aquellas realidades contrapuestas

de la vida política y de cuya competencia y alternancia nace todo progreso: el conservadurismo y el

radicalismo; o sea, la derecha y la izquierda. Jorge Verstrynge es secretario general de Alianza Popular.

 

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