Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Ante Europa     
 
 El País.    27/03/1981.  Página: 9,10. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

Ante Europa

JOSÉ MARÍA DE AREILZA

La Europa occidental nos mira entre sorprendida y preocupada. El asalto al

Congreso y el secuestro del Gobierno y del Parlamento han creado un clima de

alarma en el continente de la democracia. La transición política habla sido

presentada a la opinión europea como un proceso do ejemplar eficacia. He aquí

que nuestro país ha logrado en tres años convertirse formalmente en una

Monarquía constitucional y parlamentaria. Nuestras credenciales europeas

estaban, pues, limpias y

flamantes.

Europa es desde el final de la segunda guerra mundial, el bastión ideológico de

las libertades civiles y de los derechos humanos. Sin esa identificación no cabe

hablar hoy por hoy de la Europa moderna. Sus veintiún países, integrados en el

Consejo del mismo nombre, se agrupan bajo el signo común de la libertad

política. Por vez primera en la historia contemporánea el sustrato o denominador

unánime de los pueblos occidentales del Viejo Mundo es el sistema democrático de

su vida

pública.

Tiene ese cimiento la condición de un mensaje moral. A la hora en que los

métodos despóticos sirven para gobernar a millones de seres humanos, las

naciones que se encuentran a la cabeza de la civilización por la profundidad de

su cultura, por el avance de la tecnología y por el nivel y calidad de su vida

apoyan el método de la selección de sus gobernantes en principios de libertad,

de concurrencia y de critica abierta.

Se me dirá que hay una excepción que se llama Turquia. En efecto, el régimen

parlamentario y democrático turco fue derrocado en septiembre dé 1980 por las

Fuerzas Armadas del país, invocando la impotencia del Parlamentó para elegir

presidente y el alarmante nivel de la violencia política.

Soy testigo de la honda y triste impresión que ese acontecimiento provocó en la

Asamblea de Estrasburgo.

A pesar de las justificaciones que los propios diputados de aquella gran nación

presentaron a sus colegas de los restantes veinte países, el efecto causado por

esta interrupción violenta del régimen democrático fue deplorable.

El lema de Turquía saltó al primer plano de los debates del Consejo y se

llevaron a cabo gestiones y visitas sobre el terreno con objeto de conocer los

datos reales de la situación; es decir, el alcance y dimensión de la represión

política; el número de los detenidos, procesados y ejecutados; la supresión de

periódicos; la existencia de la tortura; la regimentación de la vida civil, y

todos aquellos aspectos que conlleva fatalmente la ruptura del Estado de

derecho. Aún no se ha terminado el examen del asunto y el delicado problema de

si puede seguir perteneciendo como miembro de pleno derecho a la institución.

Yo, personalmente soy partidario de que no se aleje a Turquía del Consejo de

Europa. Bien notoria es la inmensa simpatía y el solídario apoye que reciben los

representantes parlamentarios otomanos por parte de sus restantes compañeros

europeos, que desearían el rápido fin del paréntesis golpista y el retornó al

sistema constitucional. Y nadie ignora tampoco el valor geo-político de Turquía

en el contexto internacional.

Se preguntaban y nos preguntaban en un reciente encuentro interparlamentario

europeo en Madrid, diputados de distintas naciones, que se podía hacer en favor

de la democracia española después de la brutal agresión de que ha sido objeto.

Pienso que lo más eficaz seria acentuar los vínculos de comprensión y

solidaridad de los Gobiernos y parlamentos de Europa con los nuestros en todos

los terrenos.

No sé si es viable una aceleración de nuestro proceso integrador en la CEE dada

la inminencia de la campaña presidencial en Francia y el hallarse pendiente el

informe sobre los problemas agrarios y financieros; pero en todo caso la

existencia manifiesta de una opinión europea en ese sentido arroparía moralmente

a la inmensa mayoría electoral que en nuestro país quiere regirse por normas de

libertad y convivencia pacíficas.

Hay que engancharse firmemente al tren de Europa para que no

puedan llevarnos a la fuerza los fogoneros del despotismo hacia el África o

hacia Suramérica. Europa somos y en Europa seguiremos. Y Europa es cultura y

libertad individual. Toda la dialéctica universal que sirve de apoyo a la

defensa del modelo de vida de Occidente se vendría abajo si al despotismo

colectivista de la sociedad cerrada se opusiera otro modelo de dictadura

conservadora igualmente totalitaria y aniquilante.

Dicen qué los golpistas españoles buscaron el apoyo de la Administración

norteamericana o almenos su neutralidad. Dificulto que el despliegue atlántico o

el dispositivo estratégico occidental tuviesen nada que ganar con incorporar las

etiquetas fascistas al mosaico integrado de los ejércitos de la democracia de

Occidente.

¿Ha hecho estragos el golpe de febrero en Europa, como ha dicho Felipe González

de regreso de su viaje aclaratorio? Es muy probable que haya abierto en Londres,

en París, en Bonn o en Bruselas interrogantes de grave escepticismo. Los juicios

sobre el acontecimiento que he leído en la Prensa de esas capitales me confirman

en tal aserto. La tónica general es de simplismo en el análisis y de ligereza en

las conclusiones.

Por ejemplo, en significar que el motivo único del golpe fue la existencia del

terrorismo en el Norte y la incapacidad de los Gobiernos en combatirlo

eficazmente. Otros comentarios se refieren a la valerosa figura del Rey. y a la

nutrida constelación de tos generales, sin mencionar siquiera, no ya a la clase

política, sino a la sociedad civil española, que es, en definitiva, la

protagonista de la vida democrática y a la que se quiere, por lo visto, apartar

del planteamiento en cortocircuito deliberado. Pocos periodistas extranjeros

señalan el hecho relevante de que el golpe fue el resultado de un propósito de

largo alcance: el de la voladura más o menos controlada del sistema democrático

español por suponerlo intrínsecamente nocivo.

Ninguno de ellos recoge tampoco el dato de que hay sectores reducidos en número,

pero importantes en influencia, de la vida española que ni han asumido la

democracia, ni han aceptado sinceramente sus principios; que detestan el régimen

de libertades en general y la libertad de expresión en particular, y que,

sabiéndose electoralmente muy minoritarios, buscan en el uso ilegitimo de la

violencia armada cauce para llegar de nuevo al poder. A ese aspecto tan decisivo

del lamentable episodio no se le presta la atención debida.

Y cabria decir para resumir, que nada satisface tanto al extremismo golpista

como que las cosas del Estado vayan mal. Y que si la violencia vasca no

existiese, el golpismo tendría los mismos propósitos y su capacidad

conspiratoria seguiría en activo.

A los países de la Europa democrática ni les interesa, ni les agrada, ni les

conviene que un elemento tan decisivo del conjunto continental como es la España

de hoy basculara hacia posiciones antidemocráticas en los actuales momentos. La

tensión internacional es hoy día alta y peligrosa. En los últimos diez años, el

panorama Este-Oeste ha pasado de la distensión negociadora de desarmes a la

confrontación amenazadora en Europa y en varias regiones del Tercer Mundo. Las

arterias vitales del consumo energético europeo se hallan pendientes de la

estabilidad y garantía del área suministradora del Oriente Próximo volátil e

inseguro por el gran número de cuestiones irresueltas que contiene.

Es un factor más que se acumula a los que motivan las expectativas de larga

crisis económica en la década de los ochenta en las naciones del mundo

occidental. Solamente en el sistema de consultas, en la solidaridad concertada y

en la coordinación de las democracias del Oeste podrán encontrarse los difíciles

caminos que superen la situación y protejan la seguridad de nuestra sociedad

abierta, común a todos los pueblos de régimen político democrático.

Ante Europa, un golpe cómo el del 23 de febrero fue no solamente impensable,

sino impresentable. Retrajo nuestra imagen, exterior a la espagnolade a la

Marimée, o a los episodios de don Jorgito Borrow, el vendedor de biblias en los

años de Espartero y de Narváez. Fue un intento de involución hacia el arcaismo;

de rechazo hacia las formas civilizadas del uso político y de ponerse de

espaldas a la modernidad.

Ello no quiere decir que los Gobiernos de nuestra joven democracia hayan sido

buenos o no hayan cometido errores sustanciales. Pero ello ocurre en todos los

países de régimen de libertades constantemente, y para eso están las consultas

electorales libres, que permiten rectificar a fondo los rumbos equivocados. Eso

significa lo de «dar un golpe de timón», como opinaba don Josep Tarradellas. No

consiste en largar un torpedo contra el navio recién estrenado para que se

hundiera estrepitosamente ante las costas de Europa. José María de Areilza es

diputado de Coalición Democrática.

 

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