Todos con la ley, todos con el Rey     
 
 Pueblo.    24/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

TODOS CON LA LEY TODOS CON EL REY

O se conoce en la historia de los pueblos precedente alguno a lo sucedido ayer

en el Congreso de los Diputados, ni siquiera recurriendo al viejo y triste

ejemplo de Cromwell disolviendo la Cámara inglesa, ni menos aún a Napoleón

Bonaparte, el 18 Brumario. En ambos casos, un general victorioso, con más pueblo

que los políticos, decidió entonces la suerte de su nación; pero lo ocurrido

ayer sólo parece responder a un incalificable grupo de exaltados que han tomado

al pie de la letra y entendiéndola a su manera —es decir, sin entenderla— la

famosa frase de Spengler de que un pelotón de soldados es el que salva, en

definitiva, a la civilización». ¡Pues valiente «civilización» la defendida ayer

por quienes sólo en nombre de su histeria ,sin apoyo ni en los partidos ni en la

calle, sin respaldo alguno de sus compañeros de Cuerpo, han cometido el hecho

inaudito de secuestrar al tiempo al Congreso y al Gobierno, en un, intento de

reducir a la impotencia a toda la mecánica del Estado. En parte lo lograron por

unas horas; pero los exaltados del 23 de febrero — una fecha que, por desgracia,

ya está en la Historia— no consiguieron ninguno de sus objetivos, excepto el de

conciliar en contra suya a todo el país, comenzando por el propio Rey.

Se ha pretendido un golpe contra la Constitución y las instituciones que excede

a la imaginación de un guionista de película, y los dirigentes de este inédito

«putch» pueden haber logrado precisamente lo contrario de lo que se proponían.

¿O es que se trataba de replicar a la barbarie de ETA secuestrando a unos

cónsules con la enormidad de secuestrar al Congreso de los Diputados,

devolviendo terrorismo por terrorismo, disparate por disparate? Es demasiado

pronto para saberlo, y acaso para explicar esta inaudita historia haya que

esperar al Consejo de Guerra. El Consejo de la Historia se ha pronunciado ya

contra los locos del 23 de febrero, que han cometido un atentado contra su

uniforme, contra su honor y contra su nación. La realidad ha ido, ayer tarde,

más lejos que cualquier ficción.

Caso nunca los españoles, ¡ay, este querido país de lo imprevisto! han estado

más pendientes de los medios de comunicación, más atentos al largo silencio que

ayer y por la fuerza —durante poco tiempo—, se impuso a la Televisión y a Radio

Nacional. ¿Pero qué «golpe de Estado era ese que olvidó que las radios todas

seguían transmitiendo, y que algunos periódicos podían salir a la calle en una

edición especial?

Saben los más lerdos en guerra subversiva que si antaño las revoluciones se

iniciaban ocupando el ayuntamiento o el Ministerio de la Guerra, hoy se inician

apoderándose de los medios de comunicación. ¡Pobres aprendices de brujo, los que

ayer movieron primero al estupor y después a la cólera a España entera, haciendo

a la democracia más popular que si ayer la hubiera respaldado un referéndum

comparable al de 1976! Tejero, y pocos más —precisamente el primero autor de la

no olvidada –O

Operación Galaxia»— han repetido el intento, pero esta vez con un «éxito» que

aunque pasajero ha caído como una enorme pedrada en el estanque antes inmóvil de

nuestra opinión pública, en la que pueden provocar ondas imprevisibles en el

acontecer español. Lamentable manera de servir a España ésta de alzarse contra

su Constitución y su ley, pasando incluso por encima de la voluntad inequívoca

del Comandante en Jefe, que ayer se dirigió al país para tranquilizarle después

del enorme «shock» motivado por un suceso que escapa a toda comparación.

Esa Guardia Civil que a lo largo de nuestra historia no se había sublevado

jamás, que incluso en 1936 quedó mayoritariamente del lado republicano, ha

sufrido ayer la locura de unos hombres cuyo extravío puede caer —¡ojalá no

suceda!— sobre quienes desde el duque de Ahumada hasta hoy han venido

defendiendo el orden y la ley. Terrible espectáculo el que nos muestran las

fotografías, de unos guardias arrastrando por la chaqueta a un teniente general.

Terrible ejemplo, de quienes secuestran y detienen no sólo a los dirigentes de

los partidos, y entre ellos a quién aún es ministro de Defensa, sino al propio

jefe del Gobierno dimisionario, que trató con cólera comprensible de imponer su

autoridad: Los romanos se tapaban la cabeza con la toga antes de suicidarse. No

hay toga que pueda cubrir ese tricornio que ayer tocaba la cabeza, si así puede

decirse, del teniente coronel que por encima de toda disciplina y de la historia

de su Cuerpo, ha cometido una intolerable atrocidad.

Velo España esperando las palabras del Rey, mientras los subsecretarios se

reunían en un intento inédito de sustituir al Gobierno secuestrado por los

autores del golpe y de infundir ánimo a la nación. ¡Al fin, a la una y trece

minutos de la madrugada, aparece en las pantallas la imagen de Don Juan Carlos,

vestido para esta solemne ocasión con el uniforme de Capitán General! Palabras

brevísimas, poco más que una consigna que encierra una orden tajante dada con

guante blanco. «Que se tomen todas las medidas constitucionales para mantener el

orden... La Corona no puede tolerar acciones que pretendan interrumpir el

proceso democrático que la Nación se dio por referéndum.» No se puede

tergiversar ni andar por las ramas cuando se trata de defender el orden

Institucional, que es la base de todos los órdenes, y sin el cual los demás se

desploman como un castillo de naipes.

Porque ese «orden» que algunos dicen interpretar es, precisamente, el desorden

más inadmisible: el que se hace contra los españoles, contra su imagen, contra

sus deseos, contra su libertad. Es el «orden» de unos secuestradores de banco

que, cercados, piden un avión. Aunque lo ayer secuestrado haya sido todo un

Gobierno —lleno de coraje y valor— y el Congreso en pleno. Nunca se había

llegado a más.

El episodio tiene que concluir —estará concluyendo, asi lo esperamos, al

publicar estas líneas— porque antes que a los historiadores pertenece a los

psiquiatras, y acaso al tiempo que el juez sea el loquero quien tenga que tenga

que pronunciarse sobre lo sucedido. Se han violado todas las leyes, todas las

normas. Se ha manchado hasta la imagen misma de nuestra Patria, sometida hoy en

el extranjero a la irrisión del sensacionalismo más vulgar. ¡A qué seguir! Al

Ejército se le defiende siempre, pero son un órgano extraño a nuestras Armas

quienes pretendiendo hablar en su nombre hieren y enturbian su limpia imagen

ante el español medio, al cual será más que difícil explicar el tremendo suceso

del 23 de febrero.

Teníamos la democracia más limpia de Europa, y la han manchado. unos locos que

creen salvar a su Patria cuando lo que hacen es ayudarla a ahogarse entre la

perplejidad, la cólera y la indecisión. Pasó ayer por España, sobre todos

nosotros, una ráfaga de locura, la ira de Caín. Que esto sirva de lección a los

que pretenden salvarnos cada día ayudándonos a morir. Porque ayer la imagen de

España ha muerto un poco, y rehacerla va a ser difícil y penoso. Hoy, como

siempre y desde la democracia más sincera, en este país estamos todos con la

ley, todos con el Rey. Sin El, ayer podríamos haber retrocedido al siglo XIX.

Antes de Espartero, antes de Narváez, antes ,que Prim... Frente a los locos y

sus panegiristas, amamos la vida libre, siguiendo a nuestro Rey.

 

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