200 guardias civiles mantuvieron secuestrados al gobierno y al Congreso de los Diputados durante 17 horas y media. 
 Ese teniente coronel..., esos bigotes, ese perfil tan familiar, tan conocido... Sí, es Tejero     
 
 El País.    25/02/1981.  Páginas: 2. Párrafos: 15. 

El golpe de Estado

200 guardias civiles mantuvieron secuestrados al Gobierno y al Congreso de los

Diputados durante 17 horas y media

"Ese teniente coronel..., esos bigotes, ese perfil tan familiar, tan

conocido*,.. Sí, es Tejero"

Seis y veintitrés minutos de la tarde del lunes.

La voz cansina de Víctor Carrascal, secretario ucedista del Congreso de los

Diputados, desgranaba los nombres de los miembros de la Cámara baja por riguroso

orden alfabético.

El recuento había comenzado en letra g. "Manuel Núñez Encabo...". Silencio,

murmullos, algunos gritos y mucha confusión.

Al redactor de los informativos de la cadena SER Rafael Luis Díaz le dio tiempo

a contar a los millones de oyentes que seguían en directo la votación de

investidura, que un teniente coronel de la Guardia Civil amenazaba con una

pistola a Landelino Lavilla. Instantes después sonaron varios disparos...

Comenzaban de esa manera las diecisiete horas y media más angustiosas de la

transición democrática

española.

Poco antes de las cuatro de la larde del dia 23, los guardias civiles van

llegando al acuartelamiento de Principe de Vergara. Han sido convocados para

llevar a cabo una revisión de armamento; lo de siempre: un ejercicio rutinario.

La revisión apenas lleva media hora; tan sabidos son los gestos, tan

acostumbrada la mecánica. Pero acabada la rutina, los números de la unidad

comprenden que pasa algo raro: se les hace formar, se les sube a los autocares.

No saben aún el destino de este viaje, pero están acostumbrados a la disciplina

del cuerpo y obedecen.

En el Congreso de los Diputados se está ejecutando también otra rutina: la

Cámara baja vota la investidura de Calvo Sotelo. Los resultados son de todos

previsibles, y la votación transcurre con la morosidad habitual, sin inquietudes

ni entusiasmos.

Uno de los ujieres del palacio escucha un revuelo en el exterior. Abandona por

un momento el pequeño cuarto adyacente al hemiciclo y se asoma a la puerta

exterior; apenas da crédito a sus ojos: un grupo de guardias civiles se abre

paso hacia la entrada arma en mano y con aire belicoso.

E\ ujier presiente, aunque en el primer momento no llegue a entenderlo todo. Da

media vuelta, aprieta el paso hacia el hemiciclo. A su espalda escucha los

gritos de los asaltantes, los primeros enfrentamientos, golpes, quizá un

dispaio.

Como una exhalación, el ujier entra al trote en el hemiciclo, sin perder tiempo

en cortesías ni llamadas.

La votación está en la letra ene, y Víctor Carrascal, secretario de la Cámara,

acaba de pronunciar el nombre de Manuel Núñez Encabo.

Pero la entrada escopetada del ujier les deja a todos como encogidos y en

suspenso: «Guardias civiles, guardias civiles con armas están entrando»,

tartajea el hombre en su carrera. Un letrado del Congreso se lanza a la puerta

antes de que el resto de los ocupantes del hemiciclo haya podido reaccionar:

todo sucede en fracciones de segundo, pero ya es demasiado tarde.

Cuando el letrado alcanza la puerta e intenta bloquearla con su cuerpo, los

primeros guardias civiles han entrado ya en la sala. Llevan pistolas, cetmes. Un

oficial, si, es un oficial, es un teniente coronel, se sube a la presidencia.

Apunta con la pistola a Landelino Lavilla, mientras los asaltantes entran por

todas partes, por la tribuna del público, por la de Prensa. Gutiérrez Mellado se

levanta, como movido por un resorte, y se lanza materialmente hacia los guardias

civiles: les increpa, les llama al orden, les dice que él es su superior.

Unos números lo agarran de la chaqueta, lo zarandean. Uno de los asaltantes lo

golpea en la mandíbula. El teniente coronel se baja de la presidencia, se lanza

hacia Gutiérrez Mellado. Mientras tanto, los asaltantes comienzan a gritar: «Al

suelo, al suelo».

Los diputados están estupefactos, inmovilizados. La Guardia Civil empieza a

disparar: «Al suelo, al suelo». El Congreso se zambulle en las interioridades de

sus escaños; el estrépito de los tiros es ensordecedor, cae la escayola del

techo en fino polvillo. Gutiérrez Mellado es el único que permanece en pie, en

mitad del hemiciclo.

El teniente coronel se acerca a él, lo golpea, intenta hacerle arrodillar, con

durísimo maltrato. Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Pérez-Llorca emergen

del asiento. Suárez sale a rescatar a Gutiérrez Mellado, lo sienta en el banco

azul. El Congreso está aparentemente vacío, con todos los diputados perdidos por

el suelo. Suárez, Calvo Sotelo, Gutiérrez Mellado y Pérez-Llorca permanecen

sentados, bien erguidos.

Al lado asoma, en rasante, la calva mate de Fernández Ordóñez. Santiago Carrillo

es uno de los primeros que se levanta. Repartidas por el hemiciclo, las cabezas

de algunos de los diputados otean el panorama en medio de un silencio tenso.

Pero la mayoría sigue empotrada contra el suelo, con los oídos aún taponados del

ruido de disparos, sin saber tan siquiera si alguna bala ha hecho blanco.

Y luego..., nada

Tampoco lo sabe el país, esos miles de personas que escuchaban pacificamente, a

media tarde, la retransmisión cti directo de la votación a través de la cadena

SER. De pronto, el periodista se puso a tartamudear: «Alguien..., un disparo...,

no sabemos lo que es, porque... la policía, la Guardia Civil, entra en estos

momentos en el Congreso de los Diputados».

A estas alturas del reíalo radiofónico, medio país ha suspendido, estupefacto,

sus ocupaciones, sus gestos, sus trabajos; medio país permanece con la boca

abierta, el estómago encogido, el oidti incrédulo, atento al caos pavoroso que

refleja la radio: «Entran más policías, están apuntando al presidente del

Congreso con la pistola».

Y se oyen los gritos de «Al suelo, al suelo», y luego un furioso y sobrecogedor

tiroteo, y luego: «No enfoques para acá ote mato...». Y luego, nada; tan sólo el

miedo.

La noticia corre como un fuego por Madrid- Se recuperan en un santiamén las

viejas costumbres clandestinas, aún cercanas, y centenares de personas comienzan

un éxodo urbano e interior: los despachos laboralistas se vacían, las

asociaciones feministas, ciudadanas o culturales se despueblan a velocidad de

vértigo.

A las siete desalojan las facultades. Todo el mundo se dirige a sus casas. Mejor

dicho, no todo el mundo: unos cuantos centenares huyen de ellas, con ancestral

cautela de perseguido.

Mientras tanto, en el Congreso, un oficial de la Guardia Civil, miembro de las

tropas invasoras, se dirige a ta presidencia. Con voz que intenta ser serena,

pero que revela considerable tensión, da consignas de «tranquilidad».

Aquí no pasará nada, dice. Y, mientras tanto, algunos de los números que le

acompañan cargan el cetme. Esperaremos quince minutos o veinte, no será más de

media hora, hasta que venga la autoridad, «por supuesto, militar», que dirá la

formación de un Gobierno, «por supuesto, militar». Mienlras desgrana sus

«supuestos», el diputado Sagaseta se siente morir de desmayo, de sofoco. Dicen a

los secuestrados que se incorporen: «Con las manilas a la vista», chulean los

asaltantes.

Poco a poco van surgiendo, y colocan sus manos en en el respaldo del asiento

anterior El ánimo de los asaltantes del hemiciclo es belicoso, despreciativo,

superior. Los diputados, con las manos sobre el respaldo, tienen algo de

patético colegio en penitencia. Pasan los minutos.

A Sagaseta le da un ataque definitivo, se pone malísimo. Donato l-uejo ha de ir

a socorrerle. Silencio. Quince nnnu-los, veinte, tremía. Suárez se pone en pie,

exige explicaciones, Grán barullo. «A ver si se cree que el va u ser más bonito

que los demás», grita sardónico uno de los guardias, «Siéntese», rugen los

asaltantes «que se siente, cono».

En estos momentos, en que se organiza algún revuelo, los asaltantes parecen

tensar aún más sus nervios. Más de un diputado piensa: es ahora, ahora, cuando

nos disparan. Son pensamientos locos que´alraviesan el cerebro como un ra)o. «A

ver, esas manilas, que no se muevan, porque si se mueven esto también se mueve»,

gritan los asaltantes, indicando sus fusiles, con soberbia, despectivos.

Carmen Solano, como tantos otros diputados, piensa que ese teniente coronel se

comporta de una manera muy achulada.

Ese teniente coronel, que además es conocido. Tan conocido... Esos bigotes, ese

perfil familiar... Por supuesto, es el teniente coronel Tejero. Y la impotencia.

El golpe de Estado

Llegan noticias intranquüizadoras, que los asaltantes se ocupan de difundir: el

(emente general Milans del Bosch ha declarado estado de excepción en MI región

militar: Valencia está lomada por el Ejército. «Todas las regiones militares

están haciéndose cargo de la situación», dicen, exultantes, los asaltantes Y la

impotencia, al final de todo, la impotencia.

Sacan a Suárez. Tejero se acerca a él, le coge de un brazo de manera no

amistosa. Tejero pregunta al ujier que entró corriendo al hemiciclo que dónde

pueden hablar, que dónde hay un despacho.

Y el ujier, hinchando el pecho, contesta que «puede ir usted a la habitación

nuestra, aquí al lado». Y dice esto d,ngiéndose tan sólo a Suárez, en un gesto

de pundonor: son sólo estos mínimos gestos de gallardía una mirada, una nota de

dignidad en el tono- los que pueden permitirse los secuestrados. Sobre lodo, la

impotencia.

... Y lo de Milans del Bosch

La misma impotencia que siente el ciudadano medio. Está sentado en su casa,

viendo una programación absurda a través de Televisión, escuchando la radio con

avidez. La situación aparece cada ve/. más negra: Radio Nacional comien/a a

emitir marchas militares, una tras otra. Al fin se sabe:´Prado del Rey ha sido

tomado por fuerzas militares de la División Acorazada Brúñete.

Un capitán, con la bayoneta calada, ha conminado a Cas-ledo a seguir con su

programación absurda, a suspender el informativo de las nueve. Y lo de Milans

del Bosch.

Hl ciudadano medio suda miedo.

Llaman los amigos, los teléfonos están bloqueados. Un vecino aporrea tu puerta,

demudado, te dice que no te quedes en tu casa, farfulla inconexamente que él ha

quemado los archivos. ¿Qué archivos? En este atardecer del 23 de febrero, en

esta temprana noche, .se queman archivos absolutamente legales, se rompen en

pedacitos ficheros perfectamente constitucionales, se hace recolecta de dinero,

se acaparan víveres, se sacan los pasaportes del cajón en donde dormían desde el

pasado verano. Es una pesadilla. Es un mal sueño. Y sobre todo, la impotencia.

Comienza una larga noche, una noche confusa y densa en la que los hechos parecen

apelotonarse.

Han dejado salir a periodistas, público y funcionarios. La espera se alarga más

de lo debido, incluso para los propios asaltantes. Quizá algo no funcione.

Tejero se pasea, cacha/udo, hace frecuentes llamadas telefónicas. «Sí, mi

general», dice agarrando el auricular, «sin novedad, todo en orden, todo en

orden» Después cuelga el aparato y pirita, henchido de orgullo: «Viva España,

por fin».

Alguien cree identificar al comandante Ynestrillas entre los asaltantes. Se les

ve seguros, satisfechos. Dicen que toda España está de su lado, que los

levantamientos se suceden. Es el desastre, se dicen los secuestrados, es el fin.

Y. sobre todo, la impotencia.

Un momento: alguno de los aterrados ciudadanos que queman archivos perfectamente

legales se detiene, u no dudar, en mitad de su labor. Por la radio —por la SER.

maravillosa SER, magnifica SER, informando todo el tiempo— acaban de decir que

el Ejercito ha abandonado RTVE. Aparece una mínima esperan/a.

La Junta de leles de Estado Mayor está reu-niil.i La Junta, por fin, si, por

fin, p-isadas las die/ de la noche, da una ñola en la que se compromete a

Jefender el orden constitucional. mis comienza a tragar la saliva amarga

acumulada.

Y el Rey hará una declaración al país dentro de poco. ¿Será posible? ¿Nos

salvaremos? Aparece un rayo de esperanza, sustentado,-sobre todo, por ese la/o

de unión que es la radio. Televisión, recién liberada, da un tartamudeante

avance informativo.

En las redacciones se reciben unas fotos, las fotos impresionantes que Manuel

Barriopedro y Manuel Hernández, de Efe, han conseguído sacar subrepticiamente

del palacio, pese a que los asaltantesse incautaron de todas las cámaras, de

todos los magnetofones, de todo el material informativo.

Esa instantánea de Tejero, brazo en alto, pistola en mano, es la imagen misma

del horror. El país vela y espera, acongojado. Algunos se entretienen en juegos

morbosos.

Fin calcular atroces coincidencias, por ejemplo. Desde el 14 de abril de 1931,

hasta el 18 de julio de 1936, transcurrieron 1.922 días, igual que desde el 20

de noviembre de 1975 hasta el 23 de febrero de 1981. Y al pensar todo esto, el

miedo se tiñe de superstición y fatalismo.

Al fin, el Rey

En el Congreso de los Diputados todo sigue igual. Han sacado del hemicilo a

Felipe, a Carrillo, a Rodríguez Sahagún, a Suárez, a Gutiérrez Mellado. Los iban

sacando de u no en uno, de dos en dos. Daba miedo.

Pero las noticias han llegado también a los asaltantes: empie/a a cundir cierto

desconcierto. Como le sucede a aquel guardia: «Y pensar que yo me encontraba

lavando un coche en el subsector de Tráfico», se dice el hombre, «cuando me

dieron el subfusil y me dijeron que fuera con ellos...».

Algunos parecen dudar. Un suboficial grita: «Que nadie se marche hasta que se lo

mande el oficial que le ha traído». Pero algunos no están contentos, no lo

están. Algunos de los guardias civiles asaltantes creyeron, al irrumpir en las

Cortes, que iban a detener un comando de ETA que se había apoderado del

Congreso.

Eso les dijeron. Y. de pronto, los asaltantes eran ellos. De todas maneras, el

ambiente es tenso, tremendamente hostil. Alguien grila «viva la democracia», y

uno de los guardias civiles contesta, «democracia, ¿para que. para que sigan

matando a nuestros compañeros?» Avanza la noche.

Los generales Aramburu Sáenz de Santamaría y el gobernador civil de Madrid,

Mariano Nicolás, se reúnen en el Palace. Fernández Dopico y Ballesteros,

dimisionarios de la policía, aparecen en el hemiciclo.

La Dirección de la Segundad informa que no participaron en el secuestro, sino

que habían sido enviados en misión especial. Todo resulta muy, confuso.

El segundo jefe de Estado Mayor de Tierra, Alfonso Armada Comyn, entra al

Congreso de los Diputados y habla con Tejero.

Al fin, al filo de la una de la madrugada, habla el Rey. Es breve y rotundo en

su discurso: se mantendrá la legalidad constitucional. El país respira un

poco..., pero persiste en su vigilia, pegado a la televisión, al aparato de

radio. Milans del Bosch, al conocer el mensaje del Rey, manda retirar las tropas

en Valencia. Nuevo suspiro de alivio.

Pero el teniente coronel Monzón, portavoz del Ministerio de Defensa, no está del

todo tranquilo: «No me parece que la cosa esté mejorando», se dice cauteloso.

Se habla de que hay guarniciones dispuestas a echarse a la calle, como la de

Valencia. Mientras tanto, intentan convencer a Tejero de que está solo, que el

levantamiento ha fallado, que la situación está bajo control. Tejero se sonríe

sardónico, no se lo cree.

Juan Pía, periodista del desaparecido Imparcial y amigo personal de Tejero, se

ofrece de mediador y habla con el teniente coronel golpista por teléfono al filo

de la 1.30 horas: «Estás solo», le dice. Tejero le contesta que no es verdad.

Que acaba de hablar con Milans del Bosch y que éste le ha dicho que «ha mandado

a las tropas a dormir, hasta mañana», nada más eso. Juan Pía insiste en que

reconsidere su actitud. «Armada me propuso facilitarme un avión», dice Tejero.

«¿Y por qué no te vas?», pregunta Pla. «Porque a mi el avión me marea...»,

contesta el teniente coronel, burlón.

El ciudadano medio escucha todo esto, y tiembla y respira alternativamente,

dependiendo del vaivén fluctuante de las informaciones. Mientras tanto, en la

televisión.´pátinadores artísticos sobre hielo pasan y repasan infinitamente por

la pantalla añadiendo una nota más de absurdo a lo absurdo de la noche.

A las seis de la mañana se hace público un comunicado de Milans del Bosch por

el que decreta la anulación de su decreto anterior, es decir, del estado de

excepción de la III Región Militar. El comunicado suena raro y tenso, y no cita

en absoluto la Constitución. Este decreto es leído con megáfonos desde el

exterior del palacio del Congreso, a acabar la lectura, del otro lado de los

muros se oyen unos «Vivas» amortiguados, la reacción de los diputados, que hasta

ese momento no sabían la entidad real del golpe.

Miles de chimpancés

Los bulos y rumores se multiplican. Las de la madrugada serán las • horas más

confusas. Llegan varios vehículos de la policía militar y acordonan el palacio,

pero nadie parece saber quién los ha enviado.

Se habla de que los GEO van a tomar las Cortes al asalto. Se pasa frió. Se

espera. En televisión, mientras tanto, están poniendo un disparate de documental

sobre chimpancés.

Miles de chimpancés llenando la pantalla. Algunos diputados han de ser evacuados

con problemas de salud: Pérez Puga y, más tarde, Rodríguez Alcaide... Los

desmayos, las lipotimias, van abundando a medida que las horas avanzan. A las

5.30 horas detienen a Juan García Carrés, y más tarde secuestran El Alcázar.

Al despuntar el día, los nervios están rotos. A las 8.30 horas Iñigo Cavero se

desabrocha la camisa: «Dispara, dispara», grita al teniente coronel Tejero. No

ha transcurrido ni una hora desde este incidente cuando Fraga salta, con todo su

carácter sanguíneo acumulado en esas horas de angustia y de impotencia: «Quiero

salir», grita Fraga. «Quiero salir, porque esto es un atentado contra la

democracia». Intentan hacerle callar, pero él insiste, estentóreo, indignado.

De modo que es sacado a golpes del hemiciclo. Las horas últimas transcurren

demasiado lentamente. Todo el mundo está agotado. Antes de las 10 horas, las

diputadas son puestas en libertad. Se acaba de saber que entre los sediciosos

está el capitán de navio Camilo Menéndez. Cerca de las 11 horas, una decena de

guardias civiles se rinden y abandona el palacio. Y después, una docena más. Se

espera un rápido desenlace.

A las 11.10 horas, comienzan a salir guardias civiles por una ventana lateral

del palacio. Huyen, huyen literalmente; alguno pierde su gorra en las prisas por

salir. Algunos de los espectadores que han aguardado durante horas frente al

palacio sienten que algo se les ablanda por dentro, que empieza a deshacerse el

doloroso nudo del estómago.

Los periodistas van contando los guardias civiles que salen por la ventana:

«Uno..., dos..., tres..., y tres más..., y dos más...». El país entero está

pendiente de esta cantilena numérica. Todo se acaba. A las 11.20 horas, Tejero

dice a los diputados que «da la sensación de que están llegando al final del

problema».

Durante las últimas horas.

Tejero ha exigido la disolución de las Cortes y la formación de una Junta

Militar que erradique el terrorismo. Pero ahora parece que al fin se derrumba. A

las 11.35 horas, Tejero declara que él es el único responsable de la acción, que

sólo se entregará en el Pardo y que no quiere fotógrafos en su salida del

palacio.

Sus condiciones son aceptadas. ¿Es posible que la pesadilla se acabe? Sí, sí, se

acaba... La SER retransmite en directo desde el interior del hemiciclo.,Son las

doce de la maftana. Tejero dice que los diputados pueden salir.

Y a través de la radio se escucha la voz calma de Lavilla: «La Mesa ordena la

salida, señor teniente coronel». Hay un silencio total. De nuevo, Lavilla: «La

primera fila, por favor, primero». El reportero va ahora contando las filas de

diputados a medida que se vacían los escaños tras casi dieciocho horas de

secuestro: «Ha desalojado la primera fila...; la segunda, ahora...; la

tercera...».

El locutor está emocionado, es imposible no vivir este momento de forma

transcendente, un poco desgarrada. Tejero, pálido y tenso, intenta permanecer

impasible: «Ustedes salgan tranquilos», dice. «Aquí no pasará nada; lo único que

sé es que yo voy a pechar con treinta o cuarenta años de cárcel».

Los primeros diputados son recibidos en el exterior entre lágrimas, abrazos y

vítores a la libertad y a la Constitución. José Vázquez se desploma de rodillas

sobre el suelo, llorando. Los «vivas» a la libertad suenan roncos de tanta

emoción apretada en la garganta.

Y mientras tanto, sobre el ruido de los pasos de los últimos diputados que

abandonan el Congreso, se escucha la voz de Lavilla: «Mañana habrá Mesa a las

9.30; Portavoces, alas 12, y Pleno, a las 4 de la tarde».

 

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