El teniente coronel Tejero y otros guardias civiles interrumpieron la votación de investidura de Calvo Sotelo. 
 El Gobierno y los diputados, retenidos en el Congreso     
 
 El País.    24/02/1981.  Página: 11, ?. Páginas: 2. Párrafos: 26. 

Golpe de Estado

El teniente coronel Tejero y otros guardias civiles interrumpieron la votación

de investidura de Calvo Sotelo

El Gobierno y los diputados, retenidos en el Congreso

La segunda votación para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo en el Pleno del

Congreso de los Diputados se vio ayer impedida por la irrupción en el hemiciclo

de la Cámara de varios guardias civiles armados, que obligaron a suspender la

sesión parlamentaria y manifestaron que no pasaría nada si todo el mundo se

estaba quieto. Uno de los mandos de la fuerza armada subió poco después al podio

de oradores y recomendó a todos tranquilidad, así como que era preciso esperar

la llegada de la «autoridad competente» (recalcó: «por supuesto, militar») para

que dijera lo que había que hacer después.

La irrupción de la Guardia Civil en el hemiciclo se produjo a las 18.25 horas, y

hacia las 19.15 horas se permitió la salida del público y los periodistas del

edificio ocupado militarmente.

La votación nominal, por llamamiento, se había iniciado poco después de las seis

de la tarde por el diputado centrista José Manuel García Margallo. Cuando el

secretario primero de la Cámara, Víctor Carrascal, había llamado para volar a

unos ochenta diputados, varios de los ujieres que mantenían las puertas

cerradas, entraron en el hemiciclo gritando «fuego, fuego». Uno de los letrados

de la Cámara,´ que se sentaba junto a los miembros de la Mesa, creyendo

seguramente que se trataba de un incendio, recomendó calma a los diputados

Inmediatamente después, varios guardias civiles, la mayoría con uniforme de

campaña, irrumpieron en el hemiciclo y pidieron a los presentes que no se

moviera nadie, l´.l teniente coronel José Antonio Tejero se dirigió al

presidente de la Cámara. Landelino Lavilla, y le encañonó. Otros miembros de la

Guardia Civil se dirigieron a las tribunas de los fotógrafos y a las cámaras de

televisión, ordenándoles que no tomaron imágenes.

Alguno de ellos acompañaba sus indicaciones con la acción de montar el arma.

También las tribunas de público y de Prensa fueron inmediatamente controtadas

por los asaltantes.

Desde el primer momento, los guardias civiles y las personas de paisano que

actuaban junto a ellos, también armadas, recomendaron calma a los presentes y

aseguraban que no iba a pasar nada. Cuando tuvieron controlado el hemiciclo

conminaron a diputados, público y periodistas a que se arrojaran al suelo y no

se moviera nadie. Inmediatamente sonaron varios disparos, cuyos impactos eran

bien visibles en el techo de la sala, a poca distancia de la vidriera que hay

sobre el hemiciclo.

Resistencia del teniente general Gutiérrez Mellado

En los primeros momentos, la única actitud de resistencia a los asaltantes la

protagonizó el vicepresidente primero del Gobierno, teniente general Manuel

Gutiérrez Mellado, quien se dirigió a los asaltantes, naciendo valer su

graduación y su cargo.

Los guardias civiles no atendieron sus órdenes y, en algún momento, el teniente

general Gutierrez Mellado fue empujado. Adolfo Suárez, que permanecía a la

cabe/a del banco azul, y otros miembros del Gobierno trataron de contener al

vicepresidente primero y lograron que ocupara su lugar, junto al resto del

Gobierno en funciones.

Se sucedieron unos minutos de gran tensión, con todos los diputados y demás

personas presentes tendidos en el suelo y sin que se produjeran nuevos hechos

que pudieran arrojar luz sobre lo que estaba ocurriendo y lo que podría suceder

en los instantes siguientes. El guardia civil que vigilaba la tribuna de Prensa

insistía en recomendar calma. «No va a pasar nada, listo no es contra vosotros,

ni contra nadie, sino contra el sistema», al tiempo que aseguraba que no tenía

el arma montada, para tranquilizar a quienes le pediáni precaución con el

subfusil que portaba. «No se pongan nerviosos, no se preocupen, no pasa nada»,

insistía.

Pasados estos primeros minutos, un oficial de la Guardia Civil subió al podio de

oradores de la Cámara y recomendó a todos tranquilidad, al tiempo que anunció:

«Dentro de un cuarto de hora, o veinte minutos, o quizá algo más, vendrá aquí la

autoridad competente, que dirá´ lo que va a pasar. Por supuesto, la autoridad

será militar».

Sagaseta, asístído por un médico

A continuación, se permitió a todos sentarse, pero con las manos visibles, y

fumar. Algunos ujieres llevaron agua a quienes la solicitaron. Restablecida

cierta calma, comenzaron a detectarse indisposiciones de algunos de los

presentes.

El diputado Fernando Sagaseta requirió los servicios de un médico, pero al

encontrarse el de la Cámara, doctor Pinto, en la tribuna de Prensa, y estar

cerrada la puerta de salida, no pudo atenderle en un primer momento.

El diputado socialista Donato Fuejo manifestó su condición de médico y

seguidamente acudió a prestar auxilio al parlamentario canario fuera de la sala.

Otras personas, entre ellas varios taquígrafos, que permanecían en su mesa de

trabajo, situada en el centro del hemiciclo, hubieron de ser acompañadas por

algunos ujieres para ser asimismo atendidas. La noticia de que alguna persona

había resultado afectada por el rebote de las balas disparadas contra el techo,

aunque circuló entre los presentes, no pudo ser confirmada.

A las 18.55 horas, el presidente del Gobierno en funciones, Adolfo Suárez, que

había permanecido sentado sin alterarse externamente, se levantó de la cabecera

del banco azul y apeló a su condición, todavía, de presidente del Gobierno y

depositario de la legitimidad popular.

Suárez intentó dialogar con algún mando de las fuerzas ocupantes. Algunos de los

guardias civiles le ordenaron callar, y uno de ellos le gritó, desde una de las

tribunas: «A ver si vas a ser tú más bonito que los demás». Suárez fue cogido de

los brazos por varios guardias civiles y conducido fuera de la sala, seguido por

un miembro de su escolta, que desde los primeros momentos había acudido a

sentarse en la escalera, junto a Suárez.

El presidente del Consejo de Estado y antiguo portavoz del grupo centrista,

Antonio Jiménez Blanco, entre la sorpresa de los presentes, dada su no

pertenencia actual a la Cámara, se personó en el palacio del Congreso. Al

parecer, había escuchado por la radio la noticia de la ocupación y quiso

acompañar a sus antiguos colegas parlamentarios. Se sentó en una escalera, junto

al escaño de su sucesor, Miguel Herrero.

Gestos de protesta de Fraga

Los diputados permanecían en sus asientos, con las manos visibles y en posición

más crispada en los primeros momentos, y más tarde menos tensa, aparentemente.

Muchos de ellos fumaban y todos se mantenían expectantes, reflejando en sus

rostros la preocupación. Un guardia civil intercambió unas palabras con el

diputado de Coalición Democrática, Manuel Fraga, quien hizo ostensibles ademanes

negativos con la cabeza. En un escaño próxima al de Fraga, Blas Pinar permaneció

quieto en su sitio, con gesto serio.

Golpe de Estado

Numerosos oficiales y suboficiales, entre los invasores

Suárez y Gutiérrez Mellado trataron de enfrentarse con los guardias caviles

En la tribuna de Prensa permanecía funcionando en el suelo un aparato de radio,

perteneciente a un redactor de la cadena SER, a través del cual comenzó a

escucharse música clásica, que una voz interrumpió desde la sede central de

Radio Madrid, tratando de recabar información sobre lo que estaba ocurriendo en

el Congreso, información que el citado redactor no podía dar porque el guardia

civil que vigilaba la tribuna le habla exigido absoluto silencio.

Igualmente, una cámara de televisión que permanecía con el piloto rojo encendido

y enfocada hacia la sala, fue girada hacia el suelo de la tribuna por uno de los

asaltantes, vestido de paisano y armado con una metralleta, que desempeñaba, sin

duda, un cierto papel importante en la operación, porque daba órdenes en voz

alta y, al parecer, eran atendidas.

Sobre las 19.15 horas comenzó a permitirse la salida del público y, más tarde,

de los periodistas. Entre el público figuraba el presidente del Senado, Cecilio

Valverde.

El resto de las dependencias del Congreso estaban también ocupadas por los

asaltantes. Al abandonar el palacio, los periodistas pudieron contemplar,

amontonadas junto a la puerta giratoria de acceso a los pasillos centrales,

numerosas pistolas, sin duda pertenecientes a los funcionarios de escolta y de

seguridad de la Cámara y de las personalidades del Gobierno y del Congreso.

En los alrededores del palacio del Congreso se encontraban estacionados varios

autocares de la Guardia Civil y de una empresa privada denominada Larrea. Los

accesos desde las calles próximas estaban cortados y controlados por miembros de

la Guardia Civil, mientras los de la Policía Nacional aparecían desarmados.

Tanto algunos de ellos como numerosas personas que se agolpaban en los

cinturones de control pedían información sobre lo ocurrido dentro del palacio

del Congreso. En la plaza de Neptuno, muy próxima, ondeaba todavía una´ pancarta

de las Juventudes Comunistas que reclamaba un «Gobierno de progreso».

Tensión en el interior´

Tras los primeros momentos, algunos diputados obtuvíeron autorización para

abandonar sus escaños y dar salida a sus urgencias fisiológicas. En los

urinarios, los periodistas coincidieron con el ministro del Interior, Juan José

Rosón; con el ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún; con el ex

vicepresidente Abril Martorell, y todos mostraban una actitud de estupefacción.

En la tribuna de los periodistas, un guardia civil quiso imbuir tranquilidad y

afirmó que su hija estaba en el colegio. A las 7.10, un escolta del ministro de

Asuntos Exteriores, José Pedro Pérez-Llorca. entró en el hemiciclo para

entregarle el abrigo. A las siete y cuarto, uno de los vicepresidentes de ¡a

Cámara. Modesto Fraile, volvió a recuperar su sitio.

En esos instantes, los guardias civiles procedieron a deslavar a culatazos las

instalaciones y cámaras de Televisión Española y a velar los carretes de los

fotógrafos.

Felipe González, Carrillo y Rodriguez. Sahagún, fuera del hemiciclo

A las 7.58. el teniente coronel Tejero entró en el hemiciclo para anunciar que

iba a dar una comunicación del capitán general. A las 8.05. el mismo Tejero

intervino nuevamente para decir que no había permiso ni para ir a los lavabos ni

para ninguna otra cosa hasta dentro de un rato. ¡Cada uno en su sitio!, gritó

autoritario. A las 8.10. un capitán de la Guardia Civil y un individuo con

metralleta y anorak verde, pero sin ningún distintivo del cuerpo, conminaron a

Felipe González y al general Gutiérrez Mellado para que abandonaran sus escaños

y les acompañaran.

A las 8.12, el mismo capitán y el mismo paisano procedían de idéntica manera con

Alfonso Guerra y con Santiago Carrillo.

A las 8.15, requirieron para que les acompañara al ministro de Defensa, Agustín

Rodríguez Sahagún. Instantes después, hasta el hemiciclo llegaban estentóreos

vivas y arribas. Los periodistas supimos después que se trataba de la respuesta

dada por los números de la Guardia Civil situados en el bar, junto a la puerta

principal del Congreso, en respuesta a uno de sus jefes.

El bar estaba al completo de guardias civiles de diferente graduación y

procedentes de distintas unidades. Se velan las botas de media caña de la

Brigada Móvil, que tiene su sede en la antigua calle del General Mola. También

insignias del sector de tráfico de la Guardia Civil y otras de diferente

procedencia. Se calcula que el total de guardias civiles que han violado el

recinto del Congreso de los Diputados suma unos doscientos.

Menudean las graduaciones de sargento y cabo, y también numerosos oficiales,

tenientes y capitanes. Todos ellos se refieren para cualquier contingencia a la

autoridad del teniente coronel Tejero, que con solemne desprecio ha paseado una

y otra vez por la raya frontal del hemiciclo.

A las 20.47 horas entraron numerosos guardias civiles con un Hijo de papeles y

se dirigieron hacia el presidente, Landelino Lavilla, que fumaba sin cesar

durante estas horas. Un oficial leyó con gran torpeza algunos despachos de la

agencia Europa Press que hablaban de normalidad en la sede del Cuartel General

del Ejército y de que habían sido cerradas las puertas del Ministerio del

Interior. Otro oficial le interrumpió entonces para seleccionarle otro despacho

de la agencia Europa Press, que pasaron a ser leídos.

En esos despachos se hablaba confusamente de la actitud tomada por el capitán

general de Valencia, teniente general Milans del Bosch, leido a través de La Voz

de Castellón por el capitán Fraile.

El despacho de la agencia de Prensa se refería también a la ocupación de la

emisora y transcribía el bando, que fue leído repetidas veces por los micrófonos

de la emisora. Otro despacho leído a continuación daba cuenta de que unidades de

la División Acorazada habían ocupado Televisión Española.

Indisciplina en los insurgentes

A las 20.55 horas. Tierno se ausentó por algunos instantes del hemiciclo.

Luego los periodistas pudimos observaren el bar junto a la puerta principal del

Congreso, el espectáculo de indisciplina y de alcoholismo creciente que reinaba

entre los efectivos de la Guardia Civil. Vimos cómo un oficial requería a varios

subordinados para que se aprestaran a llevar algunas sillas dentro del

hemiciclo.

Con toda insolencia, un sargento se negó a obedecer alegando sus galones. Los

guardias se inclinaban, sobre lodo, por el gin-ionir, pero hasta el momento

optaban por pagar sus consumiciones. A las 21.15 horas, en el centro del

hemiciclo se procedió a una ceremonia confusa y con unas navajas se rompió la

guarnición de las sillas del Congreso para amontonar la paja y felpa de su

interior sobre la mesa de los taquígrafos.

El teniente coronel Tejero dio instrucciones a los guardias que ocupaban todas y

cada una de las puertas para que, en caso de producirse un corte de suministro

eléctrico, dispararan sobre cualquier bulto que se aproximara tratando de ganar

la salida.

En ese momento, los periodistas y otros invitados que todavía ocupaban un sector

de las tribunas fueron conminados a abandonarlas

Se intentó parlamentar para que al menos un reducido grupo de los mismos

pudiéramos ser testigos de ¡os acontecimientos, pero todo fue en vano.

En las inmediaciones del Congreso, fuertes efectivos de la Policía Nacional

controlaban el barrio y afirmaban a los periodistas su absoluta lealtad al

Gobierno.

 

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