Autor: García Sabell, Domingo. 
   El Rey gana las oposiciones     
 
 El País.    27/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El Rey las oposiciones

DOMINGO GARCIA-SAniíLL

Siempre hubo una última desconfianza. Siempre hubo una última reserva. Sí: el

Rey había hecho mucho. Ya se sabe: «el motor del cambio», «el posibilitador de

la transición», «el artífice de la democracia». Si.... pero no. La clase

intelectual andaba recelosa. Y la clase intelectual crea ambiente, difunde

estados de opinión, suscita estados de ánimo difusos, pero no por eso menos

operantes.

En este país se desdeña a los hombres de letras, pero se les apoya y se les cita

—aun sin haberlos leído, claro está— cuando sus decires pueden servir para

destrucciones. Para negociaciones El intelectual es la dinamita inocente del

hombre de la calle. En este caso, la bomba retardada, aplazada, que no dejaba

por eso de estar a los pies del Monarca. Dispuesta a estallar cuando fuere

necesario. Cuando el «si..., pero no» alcanzase suficiente potencia mortal.

Ahora, cuando todos andábamos angustiados, inquietos y sin brújula, he aquí que

la bomba no explosiona. ¿Y por qué? Pues, sencillamente, porque el Rey, con

decisión y firmeza, se ha apresurado a quitarla de delante. Hubo unas horas de

ansiedad. Después, respiramos. Como en otras ocasiones, también en esos momentos

decisivos, fue don Juan Carlos el que acertó a devolvernos la paz. A devolvernos

la conciencia de lo que teníamos y la conciencia de lo que pudimos perder. Pero

hay más: por primera vez nos sentimos bien mandados. Mandados con realismo. «No

os preocupéis», decía el Monarca, «volved al trabajo, tened confianza en mi». El

«si..., pero no» antiRey sonaba en aquel dramático trance como mala retórica.

Era una frase hueca a la que la vida, con su ímpetu y su forzosidad, había

vaciado de sentido. Era, pues, una vaciedad. ¿Lo fue antes? Sin duda.

Lo fue en todo tiempo, pero la gente no acababa de reconocerlo. Porque la gente

exige, acucia, hostiga y pide, una y otra vez, pruebas y más pruebas. Aquí,

cuanto más alto se está, más necesario es hacer oposiciones. España es el país

de las oposiciones sin fin. De las oposiciones eternas. Tenemos mentalidad de

oposición, con trinca feroz en cada ejercicio. El Rey no podía escapar a esa

norma colectiva. También él era un graduado. Pero resulta que ganó en la

competición y ganó con creces. De ahora en adelante, el «si..., pero no» ya no

será solamente una vaciedad. Será una deslealtad. Deslealtad a un hombre que

evitó un drama histórico. Que evitó una catástrofe total. Que evitó una

regresión.

Frente al desmán ibérico, el Rey tuvo un gesto europeo. Supo situarse en su

sitio, actuar con agilidad y buen tino, ordenar con rigor... y no desmelenarse.

Sostener la figura. Fue la sobriedad más esquemática que pueda imaginarse. Quizá

alguien esperase de él un largo discurso grandilocuente, o patético, o

amenazador; inútilmente amenazador. Nada de eso se produjo. En la pantalla de la

televisión vimos a un hombre serio, preocupado, de escueto ademán, que apenas

apoyaba sus palabras con una leve inflexión de la voz o un breve ademán esbozado

sin darle importancia. El uniforme militar ganaba, asi, toda su fuerte presencia

disuasoria. ¡Cuánto mando civil bajo aquellas ropas y aquellas condecoraciones!

Se ha dicho —yo, al menos, lo he oído— que con el discurso del Rey había

concluido la transición. Cierto.

Se alejó un fantasma. Se clarificó el ambiente. Se creó un espacio más amplio

para el libre juego de la libertad. Ahora bien, lo que cumple es convertir esa

eficacia real, esa mesura enérgica, esa coerción de movimientos y esa

prohibición voluntaria de aspavientos, en regla general de conducta. Acabemos

con los discursos por los discursos. Ahoguemos las palabras que sobran.

Olvidemos los dicterios. Sofoquemos los gritos. Y procuremos el asidero de

nuestros problemas en la tierra dura y fecunda de la realidad. Que cada cual

presente su paisaje.

Que lo defienda. Que intente dignificarlo y hacerlo valer. Pero que sea paisaje,

no mera geología. No demos con la cabeza contra las rocas. A nada conduce. Si

acaso, a rompernos la crisma y a que los demás gocen con nuestro estúpido

espectáculo. Que gocen por todo lo alto con la gigantomaquia del sectarismo. Don

Juan Carlos, con su buen hacer, con su honesto hacer, superó cualquier fanatismo

más o menos tentador. «Los extremos me tocan», decía Gide. Al Rey, los extremos

le resbalan. Esa impermeabilidad es un buen punto de partida para iniciar la

actividad del mando.

Buena cosa es dirimir desde lo alto. Desde una perspectiva caballera. Porque así

se tiene la posibilidad de contemplar en panorámica, en conjunto, con visión

sintetizadora. Desde una altura miraba en tiempos don Ramón del Valle-lnclán el

regazo acogedor del valle gallego, y en ese contemplar experimentó «el

conocimiento gozoso de la suma». Don Juan Carlos ve la suma posible porque está

en la cima; pero —esToy seguro— no experimenta placer alguno. ¿Por qué? Pues

porque también ve las arenas que producen fricción y usura en las ruedas del

mecanismo. Y, de nuevo, ¿por qué? Pues porque sabe estar al lado del mecanismo.

Sabe de la suma y sabe de lo que se añade, al parecer graciosamente, para poder

restar más. Por eso manda como manda. Con la efectividad resolutoria que todos

hemos visto.

De nuevo, pues, y esta vez en forma definitiva, ha ganado las oposiciones. Hay,

en un libro de Hermann Broch, esta frase misteriosa: «Nicht mehr und noch

nicht». «Ya no y aún no». Salla ella en la conversación entre Augusto y el poeta

Virgilio. El poeta se acerca a la muerte.

El César continúa en su gloria. Una vida se desvanece y otra se agranda. «Ya no

y aún no» se presta, por ende, a distintas y aun opuestas interpretaciones. En

nuestro caso, en la lucha agónica de esta España estremecida y balbuciente, «ya

no» puede ser la liquidación de una penosa etapa. Y, al tiempo, el signo de su

irreversibilidad. El «aún no» concuerda con ansias y afanes todavía incumplidos.

Y conviene, sin dudarlo, a un camino que no hemos comenzado a pisar. El Rey lo

ha abierto. Nosotros debemos transitarlo, no destrozarlo, pues el Monarca no ha

destrozado nada. Ha restaurado la estatua. Le ha rellenado las grietas. La

estatua pide, en estos momentos, aliento de vida.

Si los hombres de gobierno, del bando que sean, no tienen capacidad

insuflatoria, la estatua en estatua habrá de quedarse. Con el tiempo irá

cubriéndose, primero de polvo, después de carcoma y, finalmente, se vendrá

abajo. Entonces llamaremos al Rey y el Rey poco podrá hacer. Pues no se trata de

exorcismos. No se traía de milagros. Se trata de cuidar la necesaria figura día

a día y minuto a minuto. Nos va en ello todo un futuro de plenaria libertad

Dejarle todo al Rey es caer en el mesianismo. Mas el mesianismo, además de

utópico, es inmisericorde. Castiga siempre. Los señores parlamentarios y el

Gobierno en pleno se quedaron días atrás fijados en sus escaños por la amena/a

de las metralletas. Era natural y su comportamiento fue honesto, digno,

admirable. Pero si, una vez-desaparecido todo eso y reanudados los trabajos

parlamentarios, vuelven a las andadas, esto es, a las retóricas y las

irrealidades, pueden estar seguros que el alma colectiva va a convertirlos en

estatuas de sal.

O, lo que es lo mismo: en museo. Y esto sí que no podrá remediarlo don Juan

Carlos. El habrá ganado las oposiciones. Los demás las habrán perdido. Y

entonces, olvidado el «sí..., pero no», surgirá ante nosotros, feroz y fatal, el

«ya no y aún no» del viejo diálogo. Los políticos ingresarán en el «ya no» con

sus intolerancias, con sus miopías y con sus estrecheces. Y el Rey permanecerá,

para consuelo de los otros, es decir, de los que somos simples hombres de la

calle, en el «aún no» prometedor y optimista.

En el «aún no» que nos sostiene la esperanza. La esperanza que los políticos

deben colmar y que, todavía, les regalamos. Don Antonio Machado, señores

políticos, acude, tras el Rey, en vuestra ayuda: «Hoy es siempre todavía». O, lo

que es lo mismo: aún no han perdido ustedes las oposiciones. Pero hagan ustedes

desaparecer ese aún no convirtiéndolo en pasado. Ese inacabable aún no. Ése

irritante, desesperante aún no.

El Rey ya lo ha hecho.

 

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