Autor: Luca de Tena y Brunet, Torcuato (MERLÍN; ABC). 
   Y ahora le toca a las cortes     
 
 ABC.    21/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA ROSA Y LA ESPADA

Y AHORA LE TOCA A LAS CORTES

EL Gobierno que preside don Adolfo Suárez redacta un proyecto de ley. Cumpliendo lo preceptuado,

lo somete a informe del Consejo Nacional. Los acuerdos de la Cámara de las ideas» no son

vinculantes: sugieren, pero no obligan. En consecuencia, y para evitar pérdidas inútiles de tiempo,

el Gobierno acuerda remitir a las Cortes el proyecto en cuestión, así como las indicaciones o sugerencias

del Consejo Nacional, sin aceptarlas ni rechazarlas, para que sean las Cortes quienes decidan. El

sábado último, don Gonzalo Fernández de la Mora publica en ABC un artículo en el que enumera,

sintetizándolas, as modificaciones al proyecto de reorma sugeridas por la Cámara Alta. Al día

siguiente, Luis Apostua escribe en Ya»: «La reforma constitucional del Gobiernó Suárez está sometida

a un claro chantaje por parte de Alianza Popular.» .la palabra me parece grave, y el concepo, inadmisible.

Siempre me ha desagradado polemizar, más cuando he de hacerlo con personas como Luis Apostua, a

quien respeto y admiro; mas no lo rehuyo cuando considero justa y clarificadora mi intervención. Tal es

el caso de hoy.

¿Que el artículo de Fernández de la Mora tenia una clara intención proselitista? ¡Naturalmente! Si el

Consejo Nacional estimaba que el proyecto de reforma debía ser mejorado, si uno de sus consejeros

defendió estas mejoras y las razona por escrito, es evidente que no lo hace para inspirar los comentarios

políticos de don Luis Apostua ni de los míos, sino para ganar, a favor de la posición que considera la

mejor, el criterio y la voluntad de quienes, en definitiva, con una u otra redacción, han de aceptar o

rechazar el proyecto: los procuradores en Cortes.

No creo, en modo alguno, que prosperara en la Cámara Baja una enmienda a la totalidad del proyecto de

reforma Suárez. No lo creo porque el proceso es ya irreversible, y los procuradores en Cortes son

conscientes, como lo es el Gobierno y como lo es el país, de los riesgos de prolongar una situación de

provisionalidad como la que vivimos. Con esto y con todo, el texto propuesto es ampliamente mejorable.

Y como en ello nos va nada menos que la convivencia futura, como no se trata de redactar un reglamento

para el juego de la oca o del parchís, sino el conjunto de normas que han de reglar la vida política de los

españoles, considero mi deber razonar alguno de los puntos más interesantes de las mejoras propuestas

por el Consejo Nacional. Y me propongo hacerlo con el lícito afán de ganar adeptos y en la esperanza de

que el señor Apostua no me considere por ello cómplice de chantaje alguno.

Aplaudo sin reservas la recomendación del Consejo Nacional al proponer que la duración de los años de

mandato sea distinta para los senadores que para los diputados y que la renovación de una u otra Cámara

(integradas ambas en las Cortes Españolas) no se efectúe al mismo tiempo. Tan de acuerdo estoy en ello

que por dos veces he expresado con anterioridad y por escrito la misma idea. El 12 de mayo,fen un

artículo titulado "Las cautelas constitucionales», escribí: »No seria justo pensar que a más cautelas menos

democracia. Nadie puede dudar que el gran paladín de la democracia y la libertad en nuestro tiempo es

Estados Unidos. Pues si analizamos su Constitución política veremos que sus cautelas superan, con

mucho, a cualquier otra del mundo occidental. Cierto que su Cámara Baja o de Representantes está

constituida por la opinión pública, libremente manifestada en las urnas; no obstante, para evitar

veleidades demasiado bruscas a la pública opinión, los componentes de dicha Cámara no se eligen de

golpe, de una sola vez, en una fecha determinada del calendario, sino que cada dos años se renueva un

tercio, sólo un tercio, de sus componentes. Con esto se evita que, del día a la mañana, el país que se

acuesta de un color amanezca de otro. El movimiento pendular queda atemperado, frenado. Se busca con

ello mantener la continuidad de una etapa con la sucesiva y de evitar sabiamente la ruptura con el pasado

inmediato.»

El 2 de julio, en mi artículo titulado «La prudencia en la política y los cambios de rasante», volví a

insistir: «Todas las democracias las tienen», dije, refiriéndome a las cautelas. «Algunas en mayor grado

que otras. Así, la renovación paulatina por tercios y de dos en dos años de una de las Cámaras; la desigual

duración legislativa de una Cámara respecto a la otra; la no coincidencia de una misma fecha para las

elecciones..., medidas prudentísimas, todas ellas, para evitar que los cambios bruscos de opinión rompan

la necesaria continuidad entre una etapa y otra, como si la historia del país empezara cada vez de nuevo

con el triunfo en las urnas de otros hombres y otras ideologías.» Esto es exactamente lo propuesto por la

Alta Cámara. Por las razones antedichas, su propuesta debe ser atendida.

De la máxima importancia considero también la modificación introducida por el que, de ahora en

adelante, se denominará Senado, en relación con el número de votos necesario para aprobar una reforma

constitucional. Este es un tema gravísimo, estudiado con minuciosidad por todos los tratadistas políticos

del mundo y resuelto en las Constituciones de los países desarrollados con exquisita prudencia. El

proyecto del Gobierno (que establecía una mayoría simple de las Cortes para aprobar una reforma

constitucional) queda sensiblemente mejorado por la Cámara Alta al pedir que se mantenga la mayoría de

dos tercios, que es la que exigen tanto la vigente legislación española como la francesa y casi todas las del

mundo occidental. ¡En Francia se exige una proporción todavía más alta para cambiar el régimen

republicano El tema que nos ocupa es, por tanto, de la máxima trascendencia. Dejar decisiones de este

orden al albur de un solo voto mayoritario sería una imprudencia temeraria en su grado máximo.

Supondría modificar la Constitución cada vez que una coalición nueva accediera al Poder.

Considero que ha hecho muy bien el Gobierno del presidente Suárez en mantenerse al margen de las

reformas que hayan de ser hechas por los colegisladores. La neutralidad del Ejecutivo se mantiene

incólume, lo cual es de gran importancia para la credibilidad pública de quien ha de ser arbitro justo e

imparcial de las elecciones. Considero igualmente que el Senado ha cumplido con gran acierto y sentido

de la responsabilidad la misión que le correspondía. Sus sugestiones respecto a la designación dé los

consejeros del Reino electivos, a la representación proporcional, a la reserva de un mínimo de puestos por

provincias son especialmente atinadas.

No coincido, en cambio, con el criterio de que el Monarca debe ser asistido por el Consejo del Reino para

someter directamente al pueblo, por medio del referéndum, opciones concretas de interés general. Es

evidente que el Rey no debe abusar de ello; pero pueden producirse casos muy graves en que el Poder

moderador, que es la Corona, pueda salvar al país por este medio de situaciones muy críticas en los que la

preceptiva asistencia de aquel alto organismo pudiera representar un estorbo, cuando no una grave

barrera.

No quisiera concluir estas meditaciones en alta voz sin repetir algo ya dicho en ocasiones anteriores.

«Existe una evidente impaciencia por gran parte del pueblo español en ver concluida la máquina

constitucional. ¿Pero es por ventura la impaciencia una virtud política? Hay que ir de prisa, pero con

prudencia y con mesura.» «Reconozcamos con humildad nuestros muchos pecados colectivos, nuestra

congénita insolidaridad, nuestra tendencia a la ruptura y al «volver a empezar»; tracemos un diagnóstico

justo de la inseguridad de nuestras convicciones, de la veleidad de nuestros cambios de opinión, de

nuestra inclinación a la soflama, de nuestro gusto en denigrar al contrario y negar el pan y la sal a los

discrepantes. Y veremos que las cautelas constitucionales —sin que desfiguren la auténtica participación

del hombre libre y responsable en la configuración de su propio destino— no son tan necesarias en

nuestra Constitución política como en cualquier otra: LO SON MAS.»

Es urgente recordar esto antes de que sea tarde.

Torcuato LUGA DE TENA De la Real Academia Española

 

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