Autor: Duverger, Maurice. 
   La democracia, con el Rey     
 
 El País.    25/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

La democracia, con el Rey

MAURICE DUVERGER

1:1 golpe madrileño del 23 de febrero de 1981 ¡lustra la célebre fórmula sobre

las tragedias de la Historia que se degradan en farsas cuando se quiere

repetirlas.

Respecto de la aventura de Franco, la del coronel Tejero es una opereta. Pero no

olvidemos la réplica de un conspirador tan lamentable en el París de 1802 como

el general Malet, respondiendo a los jueces que le pedían los nombres de sus

cómplices: «Ustedes mismos y muchos otros, si yo hubiese triunfado». Los

vencidos siempre tienen un aspecto lamentable, lo que no prueba que su victoria

sea imposible.

Todo acaba bien en la España de hoy y el régimen parece reforzado por la

unanimidad que se ha hecho alrededor del Rey. Pero éste ha aparecido muy solo en

esta crisis. Su breve discurso recordaba exactamente el del general De Gaulle

después del golpe de Estado de (Challe en Argelia; discurso que bastó para que

se restableciese el orden. Pero habla sido pronunciado después del llamamiento

de Michel Debré a la nación, seguido de una amplia movilización de los

parisienses. Por el contrario, el pueblo madrileño no ha estado singularmente

pasivo en esta aventura. La calle parecía más bien ocupada por los fascistas que

por sus adversarios.

Sin duda, los ministros y los jefes políticos se encontraban secuestrados, pero

los partidos y los sindicatos deben disponer de aparatos dirigentes capaces de

tomar decisiones en una eventualidad semejante.

Cuando en 1920 el general Luttwitz se apoderó del Gobierno de Berlín, este hecho

no impidió la declaración de una huelga general que provocó el fracaso de los

amotinados; el resto del Ejército se negó a seguirlos y reducirlos por la

fuerza.

En la España actual, tanto como en Francia en 1958-1962; la democracia reposa,

sobre todo, en un hombre carente de instituciones y organizaciones sólidas. Esto

no impide que las instituciones y las organizaciones puedan llegar a

establecerse, como se produce actualmente en París. Los resultados podrían ser

mejores en Madrid, donde la exisiencia de una Monarquía auténtica evitar;1! tal

vez que el poder del fundador no se prolongue bajo la forma de una monarquía

republicana. El rey Juan Carlos puede desempeñar mejor el papel que la

Constitución atribuye al presidente francés: el de un arbitro que interviene

solamente para restablecer el orden normal de las cosas cuando éstas no marchan.

Pero este orden normal es más precario en la España actual que lo era en la

Francia de De Gaulle, donde permanecía profundamente enraizada en la historia y

las conductas.

La democracia es el más frágil de todos los regímenes políticos, pues no

corresponde a las inclinaciones innatas de los hombres, «a su estado de

naturaleza», del que Hcgcl decía admirablemente «que es un Estado donde reina la

brutalidad y la injusticia; del cual no se podría decir que lo mejor es salir

antes de él». Pero las sociedades no han salido todavía, con la excepción de

algunas ciudades antiguas. La democracia no se ha implantado hasta el siglo

pasado, y no rige más que en algunas decenas de países, islotes cercados por el

océano de dictaduras que cubren el resto de nuestro universo.

Por consiguiente, está menos asegurada en los países que acaban de establecerla

después de un largo aprendizaje de la opresión. Desde hace cinco años se hablaba

del «milagro político español», como del «milagro económico alemán», cuando a

los dos les amenaza la crisis, a semejanza de la que precedió los años treinta,

que llevó a Hitler al poder en Berlín. La coincidencia entre la muerte de Franco

y el fin de la prosperidad en Occidente da pie a pensar que se trata de una

empresa demoníaca más que de una obra de la providencia divina.

Sin embargo, las dificultades de las empresas y de los consumidores, el paro y

la inflación no son actualmente los peligros principales que amenazan a la

democracia en Madrid. Es mucho más vulnerable el terrorismo. Los guardias

civiles que tomaron el Parlamento y el Gobierno como rehén pensaban ante todo en

sus camaradas ejecutados por ETA. Por mucho que le inquiete la subida de

precios, al hombre de la calle le conmueve mucho más el asesinato de un

ingeniero atómico, víctima totalmente inocente.

¿Cómo guardar su sangre fría I rente a esta injusticia absoluta?

En un régimen democrático basado en el sufragio universal, el terrorismo conduce

al fascismo, ya que tiene la misma naturaleza profunda, pese a la diferencia de

sus ideologías. Recurrir a la violencia cuando se está privado de otros medios

de expresión, es una forma natural de oposición ciertamente justificada.

Recurrir a la violencia cuando se puede expresar por la elección de dirigentes a

través de elecciones pluralistas es una actitud contraria. No se trata de hablar

por aquellos que no pueden hablar, de obrar por aquellos que no pueden hacerlo.

Se trata de hacer callar a quienes tienen posibilidad de hablar, de sustituir la

acción de una pequeña minoría por la que es sostenida por la gran mayoría de los

ciudadanos.

Los secuestros, las detenciones, los atentados tienen por objetivo asegurar a

algunos hombres, que se creen poseedores de la verdad, los medios de imponerla a

un pueblo que la rechaza, puesto que se niega a apoyarla con sus votos. Esto es

ya fascismo, y no puede llegar más que a generalizarse.

Uruguay, democracia-testigo de América Latina, ha sido disgregado por la

violencia de los tupamaros.

Llenos de buena voluntad, dotados de una sensibilidad total y de un coraje

extraordinario, soñaban aumentar las libertades en su país multiplicando la

captura de rehenes y los asesinatos. Lo único que lograron fue llevar al poder a

militares que hacen actualmente reinar una dictadura asfixiante. El pueblo vasco

corre el peligro fatal de arrastrar con él a toda España si continúa en la

espiral del terror.

 

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