Autor: Sanjuán Arranz, Máximo (MÁXIMO). 
   Viñeta de Máximo     
 
 El País.    25/02/1981.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

El pronunciamiento y la guerra civil

PEDRO LAIN ENTRALGO

Bajo la zozobra que me embarga, porque la ocupación del palacio de las Cortes no

ha terminado cuando escribo estas líneas, siguen vivos en mí los dos

sentimientos que en primer término me asaltaron cuando en mi facultad, a la

salida de mi seminario de los lunes, tuve noticia de lo sucedido: la indignación

y el bochorno. Indignación, porque el suceso se habla producido apenas cerrado

un débale .parlamentario en el que —con cuantas salvedades y reservas se quiera;

no seria lo el último a la hora de expresarlas— parecía advertirse cierto avance

hacia el definitivo asentamiento de la democracia en nuestro país.

Bochorno, porque a la vez descubría que la España del esperpento, esa España en

la cual lo trágico y lo grotesco tan indisolublemente se juntan, no se ha

extinguido todavía. De supervivencia y su aniquilación quiero hablar. Para lo

cual es preciso formarse una idea clara de lo que en realidad significan los dos

términos que encabezan mi artículo: guerra civil y pronunciamiento.

Al oír la expresión guerra civil, en lo que habitualniente pensamos es en el

suceso bélico así llamado: un cnfrentamienlo armado entre dos porciones de un

mismo país. Eso que cada una a su modo fueron la inglesa de Cronwell y sus

parlamentarios contra las tropas de Carlos 1, las francesas de la Vendée y la

Commune, la norteamericana de Secesión, la rusa a que dio lugar la revolución de

octubre, las varias

españolas ulteriores a la de la Independencia. No, no ha sido escaso el tributo

de Occidente a esa espantosa lacra de la convivencia nacional que, con nombre en

sí mismo contradictorio, porque a la civilidad no debiera pertenecer la guerra,

todos llamamos guerra civil.

Pero de la guerra civil como suceso bélico —una dolencia espasmódica que puede

no repetirse si es convenientemente tratada la causa que la produjo— debe ser

distinguida la guerra civil corno hábito psicosocial. Llamo asi a la habitual

disposición anímica, a un tiempo consciente y subconsciente, deliberada y

visceral, a creer y pensar que sólo con la eliminación del adversario o el

discrepante, bien por la muerte, bien por el silencio, es posible una vida

ciudadana aceptable y eficaz; a la existencia de un nosotros y un ellos

separados entre sí por la insalvable distancia que crea la constante proclividad

a empuñar contra el otro la pistola o la navaja.

Me pregunto si no ha sido éste el caso de España desde la guerra de la

Independencia y, acaso, desde mucho antes. En efecto: alentado por causas

inherentes a la constitución de nuestra patria como nación moderna, el hábito

psicosocial de la guerra civil se instauró hondamente entre nosotros cuando, a

raíz de la invasión napoleónica, el liberalismo comenzó a ser un riesgo para la

instalación de la España tradicional en las creencias y los privilegios de los

titulares y beneficiarios de esa España. Agrio fruto de él fueron todas nuestras

contiendas civiles del siglo XIX, las anteriores a la primera de las carlistas,

que las hubo aunque fueran incipientes, y las posteriores a 1836. El relativo

triunfo del liberalismo que trajo consigo la restauración de Sagunto pareció

quebrantar ese triste sino. Pero el hecho tremendo de la que, para nosotros, es

por antonomasia la guerra civil, la de 1936 a 1939, ha puesto en dolorosa

evidencia que el hábito psicosocial en que esa contienda tuvo su causa profunda

seguía operando en los entresijos de nuestra sociedad. Y e! asalto armado al

Congreso de los Diputados.

 

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