Que dicen que hay más de un millón     
 
 El País.    28/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

"Que dicen que hay más de un millón..."

Cuando Carrillo llega al punto de partida de la manifestación —a la hora exacta,

ni minuto más ni minuto menos—, Fraga, que llevaba ya largo rato allí enfundado

en su lo Jen, le saluda guasón: «Santiago, que llegas tarde, que van a poner la

bandera...» «¿Qué bandera?», contesta Carrillo, pillado de improviso. «La

española, naturalmente,..», remata Fraga.

La masa «le manifestantes es impresionante. La cabeza se pierde entre una nube

de fotógrafos, de modo que cuando aparece Tierno con seis maceros del

Ayuntamiento -los ropajes de seda, las plumas, las mazas doradas al hombro— y

lodos los concejales detrás acapara la atención del público y chupa plano a los

demás líderes políticos: la gente le vitorea y achucha cariñosamente al bloque

municipal, por lo que, nada mas comenzar la marcha, el grupo del Ayuntamiento

queda aislado, se rompe su cordón de seguridad y la gente se une gozosamente a

la comitiva adornada de maceros. Un miembro del servicio de orden, perplejo, se

acerca con cara de susto a otro y le pregunta: «¿Qué hacemos con el

Ayuntamiento?» El otro, muy serio, responde: «Protegerlo».

El primero vuelve el rostro, observa el apiñamiento de gente y se dice en voz

alta, desalentado: «Pues si quc...« Fraga y Camacho van codo con codo, formando

una pareja un tanto peculiar.

Algunos abuelos que forman parte de la manifestación o que observan su paso

emocionados vitorean a Fraga y a Carrillo con fervor incongruente y parejo. Una

viejecita diminuta, una menudencia de señora, intenta repetidamente atravesar el

cordón de seguridad. AI fin, con perseverancia septuagenaria, consigue colocarse

entre los componentes del servicio de orden.

Uno de ellos le dice que no puede estar allí, que no lleva distintivo, que no

forma parte del servicio: «Con lo que yo he "pasao"».-contesta ella, «me vas a

explicar a mi lo que es un servicio de orden». Al final consigue situarse en uno

de tos cordones de seguridad, y ahí, con ios brazos en-

lazados a los de los componentes del servicio, chiquilina y arrugada, continua

e! resto de la manifestación colgada de ellos.

Comienza a llover: «Un año de sequía, y precisamente hoy va y llueve», comenta

un hombre. Ha transcurrido uña hora desde el comienzo de la manifestación, y el

centro de la misma aún no se ha movido de la ronda de Valencia. Desde las

ventanas, la gente jaleay corea los gritos de libertad. Se aplaude a un

reportero de radio que está subido al techo de una furgoneta con sus cascos.

Desde un primer piso, una muchacha provista de un transistor va voceando a la

masa de manifestantes a sus pies las últimas noticias: «Que dicen que hay mis de

un millón de personas..., que dicen que la cabeza está llegando a Neptuno».

Cerca de la calle Argumosa, inmovilizados como el resto >le los manifestantes

durante más de una hora, hay muchos rostros conocidos del cine y del teatro: el

sector se citó en La Corrala, y de alli bajaron todos juntos para estancarse en

la ronda de Atocha en esta gigantesca masa de personas que parece no moverse

nunca. Clemente Auger otea el horizonte de cabezas desde su al tura y comenta:

«Es la manifestación más grande de toda Europa, esto es una manifestación

propia de Jomeini». Quien sabe por qué secreta alquimia social, la manifestación

parece estar ordenada en estratos: a la cabeza se ven muchos abrigos de pieles,

muchas camisas inglesas, muchos pasadores de corbata de pretensiones doradas,

muchos zapatos italianos. A medida que se va hacia la cola de la manifestación

se empiezan a encontrar grupos de obreros de manos callosas, amas de casa

con ios niños colgando —porque no tienen a quién dejárselos, o quizá porque

quieran que «aprendan lo que es la libertad», como decía un;¡ de ellas—, jóvenes

con chubasqueros de plásitco barato y botas camperas reventadas. Al final del

todo, unas doscientas personas, la mayoría adolescentes, corean gritos contra la

policía y diversos eslóganes: «Tejero, el agujero, con Franco y con Carrero»,

«Chile callado fue aplastado»... Los manifestantes intentan acallarles, pero al

cabo la policía carga contra el pequeño grupo y lo disuelve.

En Neptuno, por el contrario, un quinceañero saca un gran retrato en color del

Rey, lo levanta sobre su cabeza y consigue así que la masa se abra

milagrosarríente entre aplausos, permitiéndole el paso: «Ese es un truco para

llegar a la cabeza», masculla un viejo.

A partir de las20.30horas, muchos de los integrantes de la manifestación

comienzan a marcharse por las calles adyacentes, sin haber podido llegar

siquiera a Atocha. En los metros hay grandes colas, y más de uno pregunta en la

taquilla con cara de despiste: «¿A cuánto está el billete?».

El presidenta efe UCD. Agustín Rodríguez Sahagún, recibo el beso de una

manifestante. A la derecha, el presidente de la Asociación Española de la Banca

Privada, Rafael Termes (vestido de oscuro, en el centro); le acompañan el

secretario general de la Asociación. Manuel Torres Rojas; Ignacio Santillana, un

economista del staff la AEB y el jefe de Prensa. Augusto Burdeos.

 

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