Brunete; ¡que no es una riña, mujer, que es otro alzamiento!     
 
 El País.    01/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

La larga noche del 23 de febrero

Brúñete;" ¡ Que no es una riña, mujer, que es otro alzamiento!"

«Por favor, un valium inyectable. Es muy urgente. Mi mujer. Tiene un ataque.

Rápido, por favor». La joven farmacéutica de Brúñete, un pueblo fantasma,

labrado por los presos con granito imperial y situado a cuarenta kilómetros de

Madrid, trató de calmar a su cliente, mientras le pedia la receta obligatoria.

Eran casi las siete de la (arde del pasado lunes y aún olía a pólvora en el

Congreso de los Diputados. «Mire usted: déjese de recetas y déme, por favor, el

valium para mi esposa. Soy teniente coronel». La boticaria, que no tenia

conectada la radio, no acababa de entender la relación entre el rango militar y

el valium, hasta que el viajero se lo aclaró.

«Pero ¿no sabe usted que ha habido un golpe de Estado? Ande Déme el valium».

Cuando el teniente coronel llegó a su casa, con su mujer repuesta del susto,

llamó a la farmacia de Brúñete para dar las gracias y tranquilizar a su dueña

asegurándole normalidad en todo el país. En todo el país, menos en Brúñete.

La señora Concha corría por la calle de la Iglesia en busca de su hija. «¡Ay

Dios mío! ¡Que dicen que hay tiros en la plaza! ¿Qué clase de riña es ésa?»,

preguntó a una vecina que asomaba media cabeza por el portón esperando ansiosa

la llegada de su marido. «¡Que no es una riña, mujer, que es otro alzamiento!».

La señora Concha contuvo la respiración y los nervios, pero no las lágrimas,

recogió a su hija y se encerró en casa. «Ni radio, ni tele, ni nada.

Es mejor no saber nada de nada», ordenó a su hija.

En el bar de la plaza Mayor jugaron una partida valiente hasta las once de la

noche. Eran la mayoría silenciosa de Brúñete. Frente al bar brillan dos lápidas

conmemorativas que recuerdan el trauma histórico de este pueblo sin resucitar y

de su famosa batalla. Ningún ladrillo sobrevivió a las bombas.

Todo ha sido reconstruido con granito de Chapinería por los presos de la guerra.

Este pueblo-cuartel parece aún embalsamado y traumatizado. «Esta plaza perpetúa

la gran victoria de la batalla de Brúñete en nuestra Gloriosa Cruzada de

Liberación», reza una placa. «El IR de julio de 1946, décimo aniversario del

glorioso Al/amiento, Francisco Franco, jefe del Estado y Generalísimo de los

Ejércitos, inauguró esta plaza Mayor construida por la Dirección General de

Regiones Devastadas», dice la otra placa. Devastadas.

«Dicen que se han reunido en casa de uno de ellos con las escopetas cargadas y

son más de veinte», comentó un vecino, alarmado. Cerró sus puertas, cargó su

carabina y dijo a su mujer: «De aquí no me sacan vivo los fascistas».

Y aguardó pegado a la radio y a la carabina hasta el amanecer.

En Brúñete no hay más que miseria, paro, granito, viejas glorias y mucha caza.

Todos los vecinos son cazadores y reúnen más de doscientas escopetas. «Nuestros

padres están amargados con la política y con la guerra, comentó una joven

adolescente que se queja de que no hay ni cine ni baile ni alegría en este

pueblo de mónteseos y capuletos.

«Yo no digo que quiten la placa de los caídos ni la corona de Fuerza Nueva, sino

que pongan también ahí los nombres de los muertos que faltan», declaró un joven

que se va los domingos a Villanueva de la Cañada a buscar novia. «Aquí estamos

aún divididos por las familias políticas que se odian. La mayoría del pueblo es

de derecha, pero están dominados y asustados por unos pocos de extrema derecha.

Por eso, la noche del lunes nadie se atrevía a andar por las calles».

En el cuartelillo de la Guardia Civil de Brúñete recibieron, como en todos los

de la 112 Comandancia, la orden de mantener acuartelada a la tropa. Así lo

hicieron el sargento y los seis guardias. Era la hora llamada de Academia - para

estudiar y reflexionar juntos diariamente sobre las ordenanzas y el espíritu de

la Guardia Civil-, cuando los guardias de Brúñete oyeron los tiros y las ráfagas

de metralleta en el Congreso de los Diputados a través de la radio.

La normalidad fue absoluta en la casa-cuartel y en el pueblo. Permanecieron toda

la noche escuchando la radio y la televisión y mandaron dormirá los niños Ai

terminar el asalto al Congreso, unos números comentaron: «Ya se veía venir.

A ver si ahora se toman en serio esto del terrorismo y no nos dejan morir como

conejos».

 

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