Autor: Vicent, Manuel. 
   Los pájaros huyeron de Valencia     
 
 El País.    01/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La larga noche del 23 de febrero

Los pájaros huyeron de Valencia

MANUEL VICENT

El primer rumor del golpe militar me pilló en el cementerio de Villarreal. Un

albañil estaba tapiando con impecable maestría el nicho de un amigo mió que ha

muerto por fumar demasiado y alguien rezagado del duelo llegó con el cuchicheo

entre el gorigori de que habían intentado asaltar a tiros el palacio de las

Corles. Que una noticia de esta índole te coja ya en el camposanto te facilita

mucho las cosas psicológicamente. Crees tener más de la mitad del camino andado.

Rodeado de tumbas bajo una lívida brisa invernal, miras alrededor el panorama

funerario y se te presenta con toda claridad el porvenir. Levantas los hombros

con resignación y, ya que estás aquí, añades otro responso más. Se acabó lo que

se daba.

Mientras el enterrador hacia de las suyas, en el duelo se comentaba que aquello

sólo era un incidente. Alguien habia disparado en el hemiciclo del Congreso de

los Diputados, por la radio se habían oído gritos. Las noticias eran confusas,

pero en el primer momento parecía que se trataba de una gamberrada un poco más

gorda de lo normal. Dejé a mi amigo a salvo en su fosa y cogí el coche para

regresar a Madrid entre dos luces, con la sierra Espadan amoratada por el

crepúsculo. Villarreal dista cincuenta kilómetros de Valencia.

Con la salmodia fúnebre todavía entre ceja y ceja, me olvidé de la política y

sus percances terrenales, iba pensando en lo corta que es la vida, en lo malo

que es el tabaco y otros

problemas existencialistas cuando, al bajar la ventanilla del automóvil, en la

entrada de la autopista, para coger el ticket, oigo en el transistor de la

garita a toda mecha el toque de diana: «Quinto, levanta, tira de la manta;

quinto, levanta, tira del mantón». Un toque de diana retransmitido con un

énfasis floreado de bombo y platillos en la puesta de sol es algo muy

surrealista, aunque en vísperas de fallas en esa tierra todo era posible.

A estas alturas del siglo XX, las guerras producen unos embotellamientos

terribles. Eso fue lo primero que noté al entrar en Valencia, un atasco

gigantesco, un laberinto demencial y un extraño silencio a pesar de todo.

Detenido durante la primera media hora junto al pretil del antiguo cauce del

Tuna, vela la sucesión de puentes atiborrados de vehículos, una extensión de

chapa inacabable y, al fondo, las

torres de Serranos iluminadas. Pero no se oía un solo pitido, nadie manifestaba

un gesto de protesta; habia en medio de aquel barullo descomunal una resignación

bastante rara. Muchos coches iban ocupados por familias enteras con los niños

callados. Los peatones andaban a paso ligero, como si fueran a llegar tarde a un

gran espectáculo. Tengo el riego sanguíneo del cerebro tan lento que llegué a

pensar que tal vez unas calles más allá estaría pasando la cabalgata del ninot

que abre las fiestas falleras. Después de una hora de inocencia democrática fue

un vecino de atasco el que me sacó de dudas. Desde la radio de su coche caían

como mazazos los once artículos del bando del capitán general Milansdel Bosch.

Juicios sumarísimos, toque de queda, prohibición de andar más de dos personas

juntas por la calle, personal militarizado, imposibilidad de circular en coches

particulares, órdenes de disparar sin previo aviso, todo este arsenal saltaba

cada diez minutos entre música clásica en las radios de todos los vehículos

paralizados. Eran las nueve de la noche. Atrapados por el atasco estábamos

quebrantando ya el toque de queda, de modo que podían disparar impunemente sobre

nosotros como si fuéramos perdices. En medio de aquel laberinto, según las

noticias que daban los peatones apresurados y los conductores paranoicos, la

sensación

era que el golpe militar habia triunfado en toda España. Alguien me aconsejó que

desistiera de viajar a Madrid porque la capital de la nación estaba bloqueada y

no se permitía entrar ni salir. La gente sólo tenia una obsesión: largarse,

esfumarse hablando lo menos posible, encerrarse en casa, meter la cabeza debajo

de la almohada.

Tardó otra hora todavía en deshacerse el nudo de coches. No había un solo

guardia de la circulación y cada vez eran más esporádicos los viandantes. Estaba

funcionando la famosa madurez del pueblo español; quiero decir que allí, en el

laberinto, nadie soltaba ni media opinión; sólo se usaba una cortesía de

catástrofe colectiva y unos deseos apremiantes de ponerse a salvo cuanto

antes.´Al salir de aquel atolladero comencé a circular por algunas calles de la

ciudad, ya completamente vacia. Fue entonces, en medio de aquel silencio

despoblado, cuando oí un rugido de hierros y, parado en una esquina; vi pasar

por delante del parabrisas lo que yo habla creído en mi estupidez la cabalgata

del ninot. Unas orugas gigantes, carros de combate, aparatos rarísimos, camiones

cenicientos, convoyes militares iluminados por las farolas de la avenida del

Marqués del Turia, seguían camino hacia la Alameda. No eran precisamente las

carrozas de la batalla de flores.

Sin más información que la ley

marcial, cogido en la desagradable sorpresa de tener que dar vueltas en una

ciudad vacía, tomada por los tanques, en la oscuridad del toque de queda ya

quebrantado, que te pone a merced de cualquier gatillo, busqué la salida de

Valencia por una carretera secundaria para volver hacia Castellón. Se trata de

una anécdota mínima dentro de una noche desolada.

Los valencianos de Valencia asisten cada atardecer a un espectáculo increíble.

En los árboles de la avenida del Marqués del Turia, en las antenas de televisión

de alrededor y en la torre metálica de la Hidroeléctrica, hacia la puesta de

sol, miles, decenas de miles de pájaros, se posan para pasar la noche, en medio

de un griterío ensordecedor.

Esta nube de pájaros está acostumbrada a toda clase de ruidos, desde el ronroneo

cotidiano de la circulación hasta los petardos más secos de cualquier fiesta

fallera. Jamás han abandonado la costumbre de pernoctar en ese paraje de la

ciudad. Es un hecho cierto que durante la noche histórica del 23 de febrero de

1981, al oír en mitad del sueño el extraño sonido de los tanques que pasaban por

debajo de las ramas, los pájaros huyeron despavoridos en desbandada hacia un

destino desconocido. Es la primera vez que sucede este fenómeno. Pasado el

peligro, los pájaros volvieron a dormir allí al día siguiente.

 

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