Automoribundia     
 
 Diario 16.    23/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Automoribundia

La brutal realidad del asesinato de Javier de Ybarra, secuestrado hace más de treinta días por la organización ETA, excede, sin términos de medida, al más salvaje caso de incivilidad. Hay actos que no admiten atenuantes. Este es uno de ellos. Así, pues, en tan irretornable evidencia, y porque la respuesta nos brinca desde nuestra avasallada condición de personas, condenamos el acto del que ha sido víctima el hombre de empresa bilbaíno.

Ninguna otra consideración que no fuese la de su rechazo merecería este hecho. Pero necesitamos dar vuelo a alguna reflexión más con el fin de que el tiempo, nervio que tensa la historia, potestad que da luz definitiva a las cosas, no nos acuse de ninguna confabulación de silencios. No nos encuentre, por miedo a la palabra, entre los cómplices de ciertos desmanes.

Con la execrable ejecución de Javier de Ybarra, ETA ha asestado un golpe defínitorio a toda su dialéctica.

No es posible argumentar ideologías, presupuestos de nuevos estilos de vida, cuando éstos no son capaces de ser homologados con los gestos que conforman un normal proceder de ciudadanía. O cuando son homologados con gestos como el presente, en el que la muerte, la fría, administrativa, nada revolucionaria muerte se erige en principio y fin de un paisaje.

Una existencia humana ha sido despiadadamente truncada, pero sobre ella, sobre su inminente memoria, ha quedado flotando el eco clamoroso del vértigo de sus jueces. No han podido resistir la escueta brisa de la verdad. Ha bastado el alegato colectivo de unas elecciones, ese concierto en el que el pueblo ha podido sustanciarse en soberano de sus íntimas ambiciones, para que determinados mentores hayan averiguado el tamaño y el valor, irrelevantes, de su espacio político. Sin resignarse, como lo prueba este luctuoso suceso. Que no ha sido otra cosa que un pronunciamiento en la desesperación, un grito en medio del vacío. Un fogonazo que equivale a una proclamación de automoribundia.

A quienes —diputados, senadores, prelados, la colectividad entera de Euskadi, de España— condenaban, ayer mismo, la inmoralidad de un largo secuestro, así como el temido —y confirmado— final de un derramamiento de sangre, ya se les ha dado respuesta: el cadáver de Javier de Ybarra. Con dolor y con vergüenza manifiestan hoy su desolación la inmensa mayoría de los ciudadanos vascos, de los ciudadanos españoles. Es el estupor que provoca toda muerte injusta, no la falta de credibilidad que, a la postre, ostentan muchas promesas.

 

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