Autor: Altares, Pedro. 
   Estado de sitio     
 
 El País.    03/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, miércoles 3 de junio de 1981

OPINION/1

Estado de sitio

PEDRO ALTARES

A fin salió a la luz pública en el debate sobre los acontecimientos de

Barcelona, y en la más alta tribuna política del país: la democracia española

sufre el planificado acoso de un permanente plan de desestabilización, o de

varios confluyentes, con el fin de acabar con el régimen de libertades. No hay

hechos aislados ni aislables. Terrorismo y golpismo se conjugan y apoyan

mutuamente. Existe «kamizakismo» etarra, existen tramas negras, existe

indefensión civil, existe intoxicación «informativa»

alrededor del 23-F y sus secuelas. Todo ello era, naturalmente, un secreto a

voces. Pero, por su parte, parece que el tema se ha desinteriorizado y ya no es

materia exclusiva de los corrillos generalmente bieninformados, ni de la clase

política y su entorno periodístico, ni de los boletines de circulación reducida.

Ahora ya no se puede dar marcha atrás y continuar con los susurros y las

simulaciones. La democracia está en un auténtico estado de sitio, acosada y en

peligro. Sólo falta, ni más ni menos, que obrar en consecuencia.

Se ha reconocido que estamos en una guerra sucia, no sólo sicológica, y sería

suicida mirar para otro lado.Reconocer su existencia puede significar el primer

paso para que el esterilizante fatalismo que nos envuelve dé lugar a una actitud

menos masoquista (es muy posible que haya que remontarse a 1898 para encontrar

en nuestra historia un momento de pesimismo colectivo parejo al actual) y mucho

más decididamente política. La política no es una ciencia exacta, pero tampoco

tiene que ser necesariamente una especie de albur con el que esconder la

impotencia, la incapacidad y la falta de imaginación de la que ha hecho gala

desde el 23-F la clase política dirigente cociéndose, acompañada, por cierto,

por parte importante de la profesión periodística, en la espesa salsa de-un

determi-nismo histórico de tres al cuarto.

El diagnóstico, pues, está claro y hay que-felicitarse de que haya aflorado a la

superficie sin veladuras. No importa tanto, por el momento, la abundante

existencia de oscuridades como la nítida sombra que éstas proyectan en nuestro

horizonte. Los fantasmas han dejado de serlo para corpori-zarse en forma de

enemigos tangibles. El sistema no tiene otro remedio que reaccionar. Y digo el

sistema porque obviamente es todo él quien tiene que movilizarse para

defenderse. Hasta ahora, la temida involución (desde sus más blandas y piadosas

acepciones hasta su más brutal significación de vuelta a la dictadura de los

años cuarenta) ha sido considerada «soto voce» como imparable y con un punto de

inflexión máximo en los prolegómenos del juicio a los golpistas del 23-F. Se

trataba de ganar tiempo. Como si el tiempo fuera capaz por si mismo de acabar

con otra cosa que con las ilusiones. Especialmente cuando se sabía que iba a ser

aprovechado para acelerar la estrategia de la tensión y para el reforzamiento

permanente de la resistencia antidemocrática en un contexto social traumatizado

por las constantes sacudidas terroristas y por la pérdida, conviene no

olvidarlo, de la perspectiva de continuidad que cualquier colectividad necesita

para desarrollarse. Con el apoyo logístico del Gobierno (que, es de esperar, se

produzca) son todas las instituciones de la democracia las que se deben poner en

marcha para parar el golpe

y partiendo del hecho, innegable, de la infiltración en muchas de sus

estructuras de, ahora menos agazapados, elementos involucionistas. Esto no es un

toque de arrebato. Es simplemente la consecuencia de aplicar el sentido común a

esa situación de emergencia y gravedad que se ha descrito a la opinión pública.

Hay que empezar, por lo pronto, a ampliar el campo de visión del país entero. Un

golpe de Estado en España, undécima potencia industrial del mundo, seria: a) Un

golpe de Estado contra el Rey; b) contra la derecha en el poder; c) los

intereses económicos; d) contra la mayoría del pueblo, y e) con la hostilidad

internacional y, muy especialmente, la de nuestros vecinos y aliados. En toda la

historia moderna no se ha producido un golpe en esas circunstancias. Pero, en

lugar de airear y poner sobre el tapete esas evidencias, la clase dirigente se

ha dedicado a mirarse el ombligo de su incapacidad y a propagar un clima de

derrota donde cada error, que han sido muchos, en lugar de corregirse ha servido

para cuestionar y descalificar globalmente el sistema. Y a esa fragilidad

estamos jugando todos. Hemos hecho un país donde hasta la defenestración de un

directivo de RTVE se convierte en un problema de Estado que recibe prácticamente

el mismo tratamiento informativo que los balazos al Papa y, mucho menos, que la

guerra Irak-Irán. Y es que en esta democracia parece que todo lo que no sea

masoquismo y autocomplacencia en la desdicha no debe tener lugar. Los políticos,

en vez de buscar soluciones, como era su obligación, han cargado la atmósfera de

presagios transmitidos boca a boca. Y los medios de comunicación con honrosas

excepciones, repletas de una soberbia que a menudo no se justifica en su

capacidad profesional, en un curioso y doble juego de compromiso con la

libertad, y, al tiempo, en función de estrictos intereses competitivos,

vehiculando seráficamente constantes mensajes sublímales contra la democracia y

contra sus instituciones... De modo que, entre unos y otros, el país lo que ha

recibido, además de sensación de impotencia, ha sido desconfianza e

incredulidad. Paralelamente, ni siquiera se ha sido capaz de expli car que el

triunfo de los golpistas, además de seguro enfrentamiento civil, no supondría,

ni de lejos, la solución de ninguno de los problemas que esta sociedad tiene

planteados. Y que algunos, como el de los nacionalismos, quedarían

definitivamente perdidos para la causa de España. Aquí ni siquiera se ha dicho

lo que pasaría en este país si vinieran quince millones de turistas menos o el

petróleo de Arabia Saudí (que fluye hacia nuestras refinerías, entre otras cosas

por gestiones del Rey en su viaje del pasado año) sufriese una drástica

reducción. Son sólo dos hipótesis, perfectamente verosímiles, que ni el Gobierno

ni los medios-de comunicación en manos del Estado han planteado a la opinión

pública para contrarrestar la marea ascendente de la intoxicación golpista.

Resulta estremecedor, al tiempo que risible, que se haya hecho creer a más de 35

millones de personas que un golpe de Estado es perfectamente posible sólo a base

de ideología y del miedo al terrorismo. Pero así ha sido. La estrategia

desestabiliza-dora está logrando sus objetivos y enfrente encuentra en lugar de

firmeza, mala conciencia y una barabúnda masturbatoria que hurga constantemente

en su propia debilidad y contradicciones en lugar de intentar superar una cosa y

otra.

El actual estado de sitio que sufre la democracia sólo se puede romper

engrasando todo el sistema y poniéndole en funcionamiento para defenderse de la

agresión. Es el Gobierno, naturalmente, quien debe abrir brecha sentando la mano

y no dando palmadas en la espalda a quien conspira contra la libertad. La

sensación (¿sólo sensación?) de indefensión es con frecuencia abracadabrante por

lo que supone de perpetuación de fallos que, lejos de corregirse, parecen

entronizarse y cobrar carta de naturaleza. Como es el caso, y sin ir más lejos,

de los servicios informativos que estrepitosamente demuestran una y otra vez su

obsoleta (esperemos que sea eso) capacidad para detectar incluso aquello que

está en el olfato, y a menudo en la vista, de todo el mundo. Pero no es

únicamente el Gobierno quien debe hacer frente a la situación. La democracia se

ve acosada también por otros flancos. No se puede constantemente hacer bandera

de los fallos y de las carencias. Y digo bandera y no crítica, que no es lo

mismo. Los demócratas necesitamos rearmarnos moralmente y pasar a la ofensiva.

Sustituir el lamento por la decisión y el agrupamiento. No se puede jugar al

desprestigio de los partidos políticos y acusarles después de inutilidad.

Permanecer pasivos es hoy hacer la cama a la democracia. Hay que romper el

estado de sitio.

Y no es un problema de buscar culpabilidades ajenas, sino de asumir cada uno su

propia responsabilidad.

 

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