Autor: Tuñón de Lara, Manuel. 
   Dos siglos de Ejército y sociedad/ y 2     
 
 El País.    21/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Dos siglos de Ejército y sociedad españoles / y 2

MANUEL TUÑON DE LARA

Cuando en 1942 se abre de nuevo la Academia Militar, ¿quién entrará en ella?;

hijos de militares o de familias muy conservadoras o de «cuadros» del régimen;

en suma, los hijos de los vencedores, de media España. Veinte años después, las

investigaciones de Busquéts mostrarán que más del 69% de los cadetes son hijos

de militares (y 30% de ellos, de suboficiales) y sólo 4% son hijos de

intelectuales;

geográficamente, la mayoría proceden de Madrid, Zaragoza, Burgos, Vallado-lid,

Málaga...

En aquel decenio de los cuarenta, los militares acceden a otros muchos aparatos

de Estado; se crea la categoría social que el profesor Carlos Moya ha denominado

«gestores militares» (basta con pensar en el INI de la época). En el conjunto de

aparatos de Estado, Caries Viver ha probado que «los militares fueron, junto al

funcionariado civil, el grupo profesional que mayor número de individuos aportó

al personal político franquista en los diez años del régimen..., un 28,5% del

total».

Durante cuarenta años, el Ejército se transformó, pero endógenamente,

nutriéndose en su propio medio; en aspectos como los enlaces matrimoniales,

Busquéts ha señalado que el índice de endogamia es superior al 50%; ese Ejército

no ha combatido sino en raros incidentes como el de Ifni, y su ideología, más

bien sumaria y preferentemente conservadora, ha estado sometida a una presión

constante y unilateral de connotaciones fascistas. Insistimos en que, Sin

embargo, no puede hablarse en términos de homogeneidad de todos los componentes

de las Fuerzas

Armadas; no puede decirse lo precedente de todos los diplomados de Estado Mayor

ni de los que han cursado estudios universitarios, etcétera. Nos estamos

refiriendo a una mentalidad que, dadas las condicionantes históricas de los

últimos cuarenta años, bien pudiera ser dominante o mayoritaria. Es decir; hoy

podría estudiarse una tipología del militar de carrera que fuese desde aquel

que, movido por impulsos irracionales, con una escala de valores muy simple,

rechaza toda democracia, hasta el que, en el extremo opuesto,Considera que el

Ejército es una emanación más de la soberanía popular. Nos referimos ahora al

tipo dominante o mayoritario, que es —digámoslo claro— el que sigue receloso

ante la Constitución, el que acata por disciplina, pero en el fondo no sabe aún

a qué carta quedarse. Intentemos un modelo —evidentemente reducido— de

sus´pautas de comportamiento: Primero. Como dice Pierre Vilar, «desde 1868-1873,

el Ejército se encuentra empujado cada vez más hacia el orden: orden moral y

orden social». El orden no es sólo el del cuartel ni el de la calle; es la

inmutabilidad de relaciones de producción, el inmovilismo délas pautas morales.

Fácil es comprender que, de esa manera, el militar es instrumentalizado

involuntariamente por el bloque socialmente dominante, interesado siempre en

reproducir la misma ideología, base indispensable para reproducir el sistema de

producción y apropiación de bienes. Ese horror al desorden le hace confundir,

por ejemplo, la autonomía de una nacionalidad o región con las violencias de

unas minorías, le hace profesar una particular idea de «la familia cristiana»

(la mujer en casa, mucho ir a misa, dicha en latín, naturalmente, etcétera,

aunque al marido se le permitan otras «libertades»), aunque jamás se acuerde de

los Evangelios como pauta en su vida cotidiana; este tipo de hombre cuando, por

ejemplo, tiene un problema generacional con sus hijos se cree que «es cosa de la

democracia», porque ignora que es la crisis de toda una civilización. Su

religión es la de Trento, su idea del honor —por la que es capaz de dar la vida—

es la de Calderón, y la de patria es mucho más territorial que comunitaria

(residuo ideológico de la relación feudal de dominio, anterior a la nación). Por

eso confunde con frecuencia nación y Estado. Este tipo de mentalidades, poco

propicias al análisis riguroso, tiene tendencia a la hipostatización, es decir,

a tomarla parte por el todo y apropiarse para esa parte, con carácter de

monopolio, las funciones de la totalidad. De ahí procede esa tendencia casi

irrefrenable a «salvar España» en cuanto ve contrariados sus intereses o sus

opiniones, y a no respetar sufi-

cientemente el criterio de los demás.

En resumen, este conjunto de representaciones mentales está sobre todo

condicionado: a) por la misma naturaleza y funcionamiento del aparato militar

tal como ha sido concebido hasta ahora; b) por la ideología recibida de carácter

de guerra civil, de «España y anti-España». Pensemos en los tipos de enseñanza

recibidos (de donde la ciencia histórica está ausente), en que Franco decía que

se había perdido Cuba por un pacto con los masones, que se iba a Marruecos para

abrir pueblos a la civilización, etcétera, y el desconocimiento de lo que fue,

de verdad, el reinado de Isabel y Fernando, les ha llevado a confundir la unidad

de España con una uniformidad que jamás existió. Y c) el condicionamiento de su

entorno sociológico, el corte con la sociedad civil, sobre todo con los medios

populares, la tendencia a replegarse sobre si mismos, etcétera.

Este militar no obra de mala fe, no es golpista ni fascista, pero es fácil presa

de quienes le halagany le hacen creer que todos los males son... «culpa de la

democracia». A ese militar hay que convencerle de que la democracia no es Jo que

él cree, sino un estilo de convivencia, de ética y de patriotismo auténtico en

el que puede cuadrar muy bien.

Conviene, sin embargo, distinguir; una cosa es ese militar que merece su puesto

y otra es que, por ejemplo, el que fue jefe de los servicios secretos de Carrero

Blanco sea mantenido por la democracia comojefe de E. M. de la más potente

división, a merced de la cual se halla la capital de España. Esto último se

parece mucho al delito de no asistencia a personas en peligro de muerte.

¿Qué hacer, pues? Otorgar una confianza sincera y vigilante a los militares que

no son golpistas, pero sin caer en claudicaciones que, a la larga, no arreglan

nada. Recuerdo que el artículo 18 de la Constitución de 1876 decía: «La potestad

de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey», expresando así un pacto o

transacción entre la Corona y la representación popular. Hoy, según nuestra

Constitución, España es una monarquía parlamentaria y «la soberanía nacional

reside en el pueblo, del que emanan los poderes del Estado». Sería inadmisible

que ahora, cuando pueblo y Corona están integrados en la democracia, hubiese un

artículo no escrito, pero vigente, que recortase por «la razón de la fuerza» el

ejercicio de esa soberanía nacional. En alguna publicación se ha hablado ya de

revisar la Constitución como condición para que no haya un segundo golpe. Y esto

es inadmisible. Que todos respeten la Constitución y tengan la seguridad de que

el pueblo español no sólo los respetará, sino que los apreciará como cosa suya.

Manuel Tunan de Lara, historiador español y catedrático de Historia

Contemporánea dé España en la Universidad francesa de Pau, es autor de varios

libros, entre ellos la Historia de España.

 

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