Autor: Tuñón de Lara, Manuel. 
   Dos siglos de Ejército y sociedad españoles/1     
 
 El País.    20/03/1981.  Página: 9,10. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

Dos siglos de Ejército y sociedad españoles /1

MANUEL TUÑON DE LARA

Sin conocer el protagonismo castrense es inútil cualquier intento de

comprensicn.de la historia contemporánea de España (siglos XIX y XX). Ese

protagonismo ha creado, a través de muchas generaciones, un estado,

«ideológico», acentuado en el último medio siglo por una guerra civil y una

dictadura totalitaria apoyándose en el Ejército.

Nuestra guerra de independencia (más hecha por milicias y guerrillas que por

fuerzas regulares) supuso, empero, un remozamiento del Ejército; en 1812 se

suprimió la prueba de nobleza, aunque.de hecho, buena parte de oficiales no eran

ya nobles en las postrimerías del siglo XV111. Aquel Ejército con mayoría de

mandos de origen burgués y popular no era muy grato a Fernando VII, que en

agosto de 1823 llegó a cerrar las academias militares y prefería, sin duda, los

voluntarios realistas. Doce años más tarde, la muy específica revolución

burguesa española liberó las tierras, pero no a los campesinos; la

desvinculación favoreció a los antiguos señores —convertidos en propietarios

burgueses— y la guerra carlista unió en el mismo bando, el constitucional

liberal, a esos terratenientes y a aquellos militares maltratados por el

absolutismo fernandino y enviados en pésimas condiciones a la imposible aventura

de contener el desmoronamiento del imperio español en América. Todavía estaban

por hacer un verdadero Estado burgués y unos partidos políticos auténticamente

representativos. ¿Tiene algo de extraño Ja pasión de muchos caudillos militares

por intervenir en política? A veces, llenaban un vacio. El militar no intervenía

en política en nombre del Ejército; a lo sumo, se servía de sus recursos

militares para ponerlos al servicio de su grupo o de sus ideas políticas:

Espartero, O´Donnell, Narváez y Prim son hombres políticos; son también

militares, pero no militaristas.

(. lertamente, esas prácticas van creando una mentalidad y hay también pequeñas

guerras de carácter colonial (Santo Domingo, África, Pacífico,) vanos intentos

de colmar frustraciones. Luego el sexenio revolucionario, donde se suceden y

yuxtaponen guerra en Cuba, guerra carlista, cantonalismo, presencia de la

Internacional obrera, luchas campesinas, indisciplina en el Ejército, afectando

todo profundamente a los valores establecidos en la mayoría de las Fuerzas

Armadas. Cánovas y los alfonsinos aprovecharán ese estado de ánimo para

conseguir la Restauración, pero es justo hacer constar que Pavía no quería eso;

Pavía quería terminar con el federalismo y se equivocó acabando con el régimen

(buena lección para algunos de hoy que no sean mal pensados); convocó a los

partidos y no quiso formar un gobierno militar; nada de parecido con la.

bochornosa zafiedad del 23 de febrero y la frasecita, «por supuesto, militar».

Alguien dijo que la Restauración reanudaba la historia de España; si algo

reanudaba era el poder de los terratenientes —que tampoco había estado amenazado

durante el sexenio— y sellaba el bloque de la alta burguesía, agraria y la de

negocios, llamado a tener larga vida. Todo iba bien y Cánovas no necesitaba del

Ejército para su política. Pero advertía en 1890: «El Ejército será por largo

plazo, quizá para siempre, robusto sostén del orden social y un invencible dique

de las tentativas ilegales del proletariado, que no logrará por la violencia

otras cosas que derramar inútilmente su sangre».

Cánovas era claro y no se andaba por las ramas: si había una huelga, enviaba el

Ejército y declaraba el estado de guerra; ese Ejército que faenaba en la cosecha

de la campiña jerezana para romper la huelga del verano de 1883. (Claro que

había excepciones y, por ejemplo, el laudo del general Loma, cuando la huelga

general de Bilbao de 1890, atenderá la mayoría de las reivindicaciones obreras).

Pero, ¿qué decir de la eficacia del Ejército para el desempeño de sus verdaderas

funciones? Nada consiguieron ni la ley de reclutamiento y reemplazo de 1885, ni

los intentos de reforma de Cassola en 1887, ni !a reforma de L. Domínguez en

1893. Ese mismo año, el incidente bélico con Marruecos en la zona de Melilla

puso al desnudo el deplorable estado de organización de las Fuerzas Armadas. En

esas condiciones se aborda en 1895 lo que al principio se toma como una guerra

colonial y termina siendo una guerra desigual contra la potencia imperialista

más joven y ávida de dominio.

A la derrota de Cuba y Filipinas sucede un hondo pesimismo. Se produce un

fenómeno que no es particular de España: los militares derrotados creen que han

sido traicionados, que los «políticos» los han abandonado; les resulta casi

imposible reconocer la triste y desigual correlación de fuerzas que ha llevado

al desastre. (Sólo el almirante Cervera tuvo la lucidez de comprenderlo.) Vino

entonces un repliegue sobre sí mismo; el militarismo había comenzado. Más

exactamente había comenzado aquel día de marzo de 1895 en que los jóvenes

oficiales de la guarnición de Madrid asaltaron las redacciones de El Resumen y

El Globo sin ser desautorizados por el capitán general, provocando así la

dimisión de Sagasta.

La derrota del 98, el talante del joven monarca que sube al trono en 1902, la

fuerte conflictividad social y catalana aumentarán la irritabilidad de la

mayoría de los militares y su complejo de aislamiento. Vendrá el asalto a los

periódicos de Barcelona y la imposición, en 1906, de la ley de Jurisdicciones,

por la-cual el Ejército es juez y parte si se siente o estima atacado. A partir

de entonces se ahondaría el foso entre militares y civiles.

En julio de 1909, los incidentes militares del Barranco del Lobo y del Gurugú

casi se convierten en catástrofe (murió el general Pintos y dos tenientes

coroneles; tuvimos 2.235 bajas). Ante la ineficacia del aparato militar, Maura

movilizó reservistas; la protesta popular fue vigorosa y en Barcelona degeneró

en la Semana Trágica. ¿Quién convencería a los oficiales que combatían en

Melilla de que los españoles que decían que no había que ir a Marruecos no eran

la anti-España?

Por fin, el acuerdo firmado con Francia en noviembre de 1912 permitió tener un

protectorado español en Marruecos; éste gravó pesadamente al erario español,

pero canalizó esfuerzos e" ilusiones del Ejército. En 1913, España tiene allí

65.000 hombres en pie de guerra; la penetración pacífica se convierte, primero,

en guerra larvada, y luego, abierta. La tipología castrense española bifurcará

pronto en el militar «africanista» y el «peninsular» (que a partir de 1917 suele

ser el «juntero»). Marruecos contribuye a aislar más al militar de la sociedad

civil, a darle la exaltación del peligro constante, pero también la tendencia a

los métodos expeditivos propios del hombre que vive haciendo la guerra, la

mentalidad despectiva hacia la retaguardia, la tendencia a asimilar un sentido

fácil del patriotismo con cierto colonialismo, la práctica de mandar sin ser

discutido (o de obedecer), de vivir, en suma, en una sociedad bélica organizada

verticalmente, donde la discusión y el respeto a la mayoría no tienen cabida

posible. Catorce años de guerra de Marruecos serán un duro lastre para el

Ejército y para la sociedad de España.

Sin duda, hay militares muy inteligentes, pero no es precisamente la estrategia

científica, sino todo lo contrario, lo que lleva al desastre de Annual, con

aquellos 12.896 españoles tendidos en los campos del Rif. Mientras tanto, en la

Península, las Juntas Militares de Defensa (que al nacer asemejaban a un

movimiento de reivindicación corporatista) derribaban con sus ultímalos dos

gobiernos en un solo año y los militares se crispaban contra huelguistas de

campos y ciudades (el Ejército es utilizado en funciones de represión social en

1917 y ocupa militarmente la provincia-de Córdoba en la primavera de 1919; el

Ejército, en connivencia con la patronal, manda más que nadie en Barcelona,

puesto que Milans del Bosch, capitán general de Cataluña, reexpide, manu

militan, para Madrid al gobernador civil Carlos Montañés, y al jefe superiorde

Policía, Gerardo Doval, causando la dimisión de Romanones ante esta injerencia

del poder de hecho militar en esferas ajenas a su competencia. Y otro general,

Martínez Anido, horroriza a la opinión (aunque es aplaudido por la patronal) con

sus métodos represivos como gqbernador civil. Muchos militares discreparían de

esas actitudes, pero el foso se abría entre «junteros» y «africanos».

Estos también se irritaron cuando el expediente Picasso y la comisión

parlamentaria de responsabilídades levantaron una junta del velo que cubría

muchas anomalías marroquíes.

El 13 de septiembre de 1923 triunfaba el pronunciamiento de Primo de Rivera, con

curiosas complicidades que parecían elevarlo a la categoría de golpe de Estado;

ante la indiferencia de la opinión, hastiada por el seudoparlamentarismo de

caciques y bligarcas, Primo da carpetazo a las responsabilidades.

Sin embargo, la dictadura militar no era la dictadura de todo el Ejército; éste

era menos homogéneo que nunca. Primo de Rivera chocó con los africanistas

(Sanjurjo, Franco, etcétera), pero se plegó a ellos, y gracias a la alianza con

Francia —producida como rebote de un error táctico de Abdel-Krim— se apuntó la

gran baza de terminar victoriosamente la guerra de Marruecos. Pero el Ejército,

más dividido que nunca; la conspiración de la noche de San Juan contará con

militares de relieve, el.conflicto de los artilleros será uno de los factores

que den al traste con la dictadura, y el Consejo Supremo de Guerra y Marina

condenará a ésta implícitamente, al absolver a Sánchez Guerra en 1929. Muchos

militares pensaban ya en la República; los alzamientos de Jaca y Cuatro Vientos

fueron prueba de ello.

La República abrileña, que, tantas ilusiones despertó, recogió adhesiones de

muchos militares y actitudes expectantes de otros. En cambio, la mayor parte de

los «africanos», a quienes su propia praxis había inoculado una ideología

antiliberal, desconfiaron desde el primer momento, incluso los que conservaron

altos puestos, como Goded. Pronto vinieron las reformas de Azaña, hábilmente

utilizadas por la derecha para indisponer al Ejército con el nuevo régimen. Se

creaba, además, un nuevo clima en el que el militar se sentía menos considerado

que antes, y por ello tendía a replegarse más en los cuartos de banderas.

Cuando los 258 generales en activo quedan en 88, y los 21.996 oficiales en

9.099, las capitanías generales se convierten en comandancias de división

orgánica, etcétera, son muchos tos militares que se estiman agredidos.

No vamos a hacer aquíy ahora la historia de la República ni de la

instrumentalización de la mayoría del Ejército por las clases económicamente

dominantes (sobre todo los terratenientes), que no cejaron hasta recuperar todas

las palancas de poder que tenían en 1930, sin reparar en medios para ello.

Tampoco nos detendremos en la división de los militares al empezar la contienda

(hoy está probado que fue una mayoría de militares, pero no la totalidad ni el

Ejército como tal quien se alzó contra la República.

Cuando terminó la guerra se había producido la natural inflación de puestos

militares; el militar fue exaltado al primer plano de la sociedad y los que

accidentalmente se habían incorporado a la profesión castrense quedaron en buena

parte en el Ejército; baste con decir que todavía en 1965 había 3.864 jefes y

oficiales procedentes de los «provisionales».

Manuel Tuñón de Lara, historiador español y catedrático de Historia

Contemporánea de España en la Universidad francesa de Pau, es autor de varios

libros, entre ellos la Historia de España.

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