Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La reforma económica     
 
 ABC.     Página: 3,5. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

LA REFORMA ECONÓMICA

ALGUN ilustre economista ha dicho últimamente que los políticos no nos interesamos, por la economía.

La declaración me ha sorprendido, porque justamente el reproche que pudiera haberse hecho a la mayoría

de los políticos españoles de los últimos años sería más bien lo contrario, el haber hablado casi

exclusivamente de economía, de la coyuntura, del desarrollo y de la planificación; y de haber citado

demasiadas estadísticas e informes de la O. E. C. D., olvidando que el gran principio sigue siendo «dadme

una buena política, y os daré buenas finanzas».

Manuel Torres Martínez, aquel economista que además de saber mucha teoría tenía mucho sentido

común, sorprendió a los alumnos de un Colegio Mayor diciéndoles, hace más de veinte años, que debían

recordar que las centrales eléctricas y las fábricas pueden ser voladas y que, por lo mismo, no sólo toda

economía es economía política, sino que (frente a lo que pensaba Marx, y como muy bien entendieron

Lenin y Marx) la política ejerce primado sobre la economía.

Ahora bien, es menester muy poco esfuerzo para ratificar que la economía es uno de los sectores claves

que definen y sostienen un orden político, y que todo Estado ha de tener una clara y eficiente política

económica.

Sentado esto, y dejando para un próximo artículo las implicaciones sociales más importantes, quiero decir

de una vez para todas, dos cosas. La primeria es que estoy persuadido de que el modelo económico de los

países occidentales industrializados, basado en la libre iniciativa, sin perjuicio de un fuerte sector público

y de la política comercial y fiscal del Estado es, en su conjunto, claramente superior en eficiencia y en

satisfacción efectiva de las necesidades y deseos de la mayoría de los ciudadanos a las economías con

planificación centralizada total o casi total del sistema económico.

Esto no supone afirmar ni que el otro sistema no sea viable, pues a la vista está su funcionamiento real en

los países del Este de Europa, en China y en otros lugares, ni siquiera que, en algunos casos, pueda (en

virtud de circunstancias especiales) ser el más rápido para sacar a un país primitivo del subdesarrollo; ni

tampoco negar que en circunstancias excepcionales (como en caso de guerra) ambos sistemas no se

aproximen bastante. Quiere decir simplemente, lo que es obvio y fácil de comprobar: desde el punto de

vista económico, el sistema americano es más eficiente que el ruso, y el alemán más que el chino, y así

sucesivamente; y, en circunstancias normales, sus ciudadanos (en gran mayoría) viven mejor, con menos

sacrificios y con mayor capacidad de consumo.

La segunda afirmación es tan importante, y por lo mismo debe ser tan terminante como la primera. Y es

ésta: no pueden justificarse, en base a la defensa de la libre iniciativa, una serie de situaciones de

monopolio y de privilegio, que han ido surgiendo en la fase actual del capitalismo, con su tendencia a la

concentración industrial y financiera, y al enorme poder que ha puesto en las manos de sus dirigentes.

Los que no suscriben la primera afirmación son la izquierda, si esta palabra tiene algún sentido en el

(plano económico. Los que rehuyen la segunda son la derecha, en el mismo sentido. Los que postulamos

ambas creo yo que bien podemos definirnos como un centro bien incómodo; que rechaza, el fácil halago

demagógico y encuentra la natural desconfianza en una serie de sectores que podrían hacernos la vida

(pública y privada) mucho más fácil y más cómoda. Pero en esto, como en todo, hay que decidirse: o se

hace lo que se debe o se debe lo que se hace.

A partir de las dos afirmaciones (superioridad de la economía de mercado y necesidad de reformas para lo

que sea verdaderamente y acepte un servicio social) sale todo un plan de reformas del sistema económico

que, como es lógico, no cabe resumir, ni aun de dejar en los breves términos de un artículo.

Digamos, sin embargo, algunas ideas básicas, recordando que, como ha dicho Galbraith, las reformas

dependen del diagnóstico: pero el poder para realizarlas depende de la capacidad de influir sobre las

creencias creando una convicción generalizada de su necesidad y conveniencia.

Empecemos, pues, por decir que no se trata tanto de inventar algo nuevo, sirio precisamente de aceptar la

experiencia por la que han pasado ya otros países (sobre todo a partir de la gran crisis económico-social

de los años 30). Nadie me dirá, por ejemplo, que Estados Unidos o Alemania o incluso Suecia sean malos

ejemplos de funcionamiento de un sistema económico libre.

Lo primero que hace falta es justamente una mayor exigencia de libertad y de su correlativo, que es la

responsabilidad. Eso quiere decir que si ha de existir un mercado que regule la actividad económica ha de

ser un mercado de verdad, un mercado con un cierto equilibrio de poderes, con competencia real sin más

manipulación que la indispensable. La Bolsa ha de ser un verdadero mercado abierto de valores; las reglas

de juego de todas las instituciones económicas han de ser a base de una gran apertura y publicidad; y,

por otra parte, los errores y fracasos deben tener su sanción y no debe servir ningún pretexto

para usar los caudales públicos para taparlos.

En segundo lugar, todas las empresas han de reconocer la plenitud de sus responsabilidades jurídicas,

fiscales, sociales y de toda índole. Ha llegado el momento de terminar de una vez, y sin contemplaciones,

con una actitud que permita declaraciones falsas, dobles contabilidades, memorias inexactas, proyectos

que no tengan en cuenta la contaminación u otros daños a la naturaleza, sobres no contabilizados y otras

picarescas. Hablemos claro. Habrá quien diga que esto es la revolución. Muchos españoles pensamos que

es el precio mínimo que hay que pagar para evitarla y para poder andar con la cabeza alta.

En tercer lugar es necesario aceptar un sector público importante para atender a las zonas de nuevo

desarrollo, que exigen rentabilidades difíciles al principio o procesos experimentales; y para atender de

varios modos al interés público, sobre todo en temas relacionados con la seguridad. Pero ese sector ha de

ser un sector ejemplar; es decir, exigente consigo mismo. Exigente en el control económico de sus

empresas; exigente en su política de personal, sobre todo el dirigente; y exigente en no aceptar los

muertos que le quiera transmitir, en su propio interés, el sector privado.

En cuarto lugar, la empresa privada ha de aceptar su adaptación a los criterios institucionales del mundo

actual. Cuando el concepto tradicional de la autoridad se revisa en la familia, en las comunidades

religiosas, en el Estado y hasta en los ejércitos, no puede ser la empresa la única institución que se acoja

al derecho de los quírites romanos. Eso quiere decir que hacia dentro, y hacia fuera, han de dar más

información, porque el secreto tradicional en la acción administrativa y gerencial se acepta cada vez

menos y, además, resulta contraproducente para las propias empresas. Y hace falta dar una razonable y

justa participación al personal, pues hoy, para gobernar en paz las complejas sociedades actuales, es

necesario a todos los niveles informar, concertar, delegar, descentralizar y dar participación real.

En quinto lugar, es obvio que la economía de un país no sólo comprende los sectores de la gran Banca y

la gran industria, sino otros que tienen características muy diferentes. Hace falta una acción decidida en

defensa inteligente de la pequeña y mediana empresa, y de la empresa cooperativa (de buena fe) o que

adopte cualquier otra forma de autogestión.

Aún más importante es la consideración del sector agrario. La palabra reforma agraria quizá haya perdido

actualidad, reducida a una cuestión (que, por lo demás, en modo alguno hay que olvidar) de redistribución

de. la tierra. No siendo ya el único gran recurso económico, la tierra pesa menos en el conjunto; pero sería

absurdo olvidar que siempre será lo más permanente, lo más escaso y lo más vulnerable. Una reforma

agraria ha de plantearse problemas de enorme dificultad: desde las formas de tenencia de la tierra a un

nuevo planteamiento técnico de los cultivos, al planteamiento de los objetivos (con las lógicas garantías a

los productores de precios y de almacenamiento) y de defensa de la naturaleza. En mi opinión, éste es un

tema capital, sobre todo en nuestro país, en que coexisten en un mismo territorio formas prehistóricas de

cultivo y de ganadería con empresas que ya están en el siglo XXI. Es algo que exigirá una legislación

valiente y no sólo un Ministerio de Agricultura, sino una potente organización nacional, regional y

comarcal, que llegue efectivamente a los últimos niveles, que devuelva la ilusión a tantos hombres y

tantos pueblos magníficos de nuestro viejo solar.

Séptimo: hay que planear o planificar de verdad y con sentido común. El Estado debe controlar el gasto

público de modo efectivo, y, a través de éste y otros instrumentos, controlar de verdad la inflación y la

deflación. Con inflación todo es engañoso, incluso la programación de las inversiones públicas. Debe

además el Estado coordinar los sectores y suplir los deficitarios con política correctiva y dineros públicos.

Y debe, por supuesto, promover el desarrolló, pero desmitificándolo y poniendo este concepto en su

verdadero lugar. Los aumentos en los precios de la energía han hecho pensar a algunos que el desarrollo

ya no es técnicamente posible; y los impactos negativos de un desarrollo descontrolado han hecho decir al

Club de Roma que, además, no es deseable. Lo que sí hay que decir es que el desarrollo a ultranza ni es

una panacea ni funciona sin riesgos; y que hay que serenar la desestabilización urbanística, la inflación

administrativa y jurídica y otros resultados negativos, a la vez que se debe valorar la reacción que ya se ha

producido en las bases (sindicales, colegios profesionales, consumidores) frente a unos (procedimientos

demasiado tecnocráticos.

Finalmente (lo último, pero no lo menos importante) hay que recordar que hoy, más que nunca, ninguna

sociedad puede vivir sola y aislada, ni menos pretender tratar a los demás solamente en función de los

más inmediatos y egoístas intereses. Del mismo modo que ya no es posible plantear una relación colonial

con otro país, tampoco es posible relacionarse con él con arreglo a ideas puramente mercantilistas y

olvidando que el mundo no podrá vivir en paz si una parte grande de él vive en la miseria y en el odio. El

Tercer Mundo está ahí, y ya nos ha enseñado lo que puede ser una actitud de represalias en cuanto a las

materias primas. Ya no queda mucho tiempo para pensar cuáles han de ser las bases de un nuevo orden

internacional más justo; y todos debemos estar preparados para contribuir a él, incluso con sacrificios

importantes. Nuevas normas, nuevas instituciones, nuevos mercados de materias primas y de capitales,

nuevas responsabildades para las sociedades multinacionales y, sobre todo, nuevo espíritu de

cooperación.

Los países de clase media como el nuestro pueden tener una voz interesante que citar a esta respecto entre

los supergrandes y los superpobres. Sólo podrán ejercerla si empiezan por poner su propia casa en orden y

por establecer en ella una mayor justicia social.

Pero de esto hablaremos otro día. No hay reparto justo si no hay bastante que repartir; y todos tenemos

una responsabilidad en consolidar lo ya logrado en cuanto a crecimiento económico y en sentar las bases

para seguir hacia adelante.

Manuel FRAGA IRIBARNE

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