Autor: Ayerra, Ramón. 
   El honor     
 
 Diario 16.    27/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

RAMÓN AYERRA

Abogado

El honor

«Ha surgido un nuevo concepto del honor´. El acuñado por quienes vejando a

parlamentarios y sacando tropas a la calle esgrimen éste desde el trullo cuando

alguien afea su comportamiento. Se arrepientan, se corrijan, cono.»

Cuando yo era un jovencito de corto, el honor tenía varios significados, pero

todos ellos bien precisos y decantados por el tiempo.

Para empezar, recuerdo el que aludía al virgo de las damitas, o sea que si la

cachonduela delurno follaba a destiempo o, aun sin consecuencias de tripón, se

percataba de ello el mocerío, ya iba bien servida. Oh, tiempos crueles, había

perdido la prenda dorada, el honor.

Ayyy, el honor, que me lo han roba-doooooo, gritaba entre anisetes el borrachuzo

de turno, cuando lo más que pasaba es que a su hija le habían echado un buen

polvo.

Otro reducto deJ honor estaca en la frente, esto es, la posibilidad de entrar

por una puerta sin dañar el dintel con la cornamenta. Asomaba la gaita don

Jenaro en el casino y el personal se achuchaba con escándalo, «pero dónde cono

irá ese desgraciado, con lo que lleva en la frente», y es que su señora se la

pecaba con un mayorista de frutos secos, y él, en el guindo.

Una variante muy degenerada la constituía el capítulo de los cornudos de oro,

esto es, quienes estaban al tanto del desbrave de sus jacas en alcobas de

ocasión y a un tanticuantí la descarga, llevaban la cruz con buenas tragaderas y

de ello comían, bebían, le pegaban a la rica faria y a las labores de la casa

Osborne.

Luego estaba la peseta. Ay, la peseta. Qué trance más duro, Señor, este de la

peseta. El joven oficial que se largaba con la caja, el empleado que se

enamoriscaba de una zorra descorcho-na y la cubría de oro ajeno, el socio que le

hacía una pirula a su compadre, el que desgranaba su neura a golpe de naipe. O

séase, guarrear con la pastí; zara en detrimento de otros.

Cesto sin asas

Y, por último, estaba el negociado de los militares. El honor aquí ocupaba un

lugar destacadísimo. Un militar sin honor, para entendernos, era como un .cesto

sin asas, un elefante sin orejas, un irlandés dado a la zarzaparrilla.

Si con ocasión de un combate, el apuesto milite se lo hacía por la pata abajo y

daba el culo al enemigo, si vendía a éste papelorios secretos —y más aún si

contenían dibujines de espoletas, trincheras y demás— o armas —como se atribuye

al «heroico» abuelo de un político de hoy, y al que, según Gerald Brenan, Primo

de Rivera levantó de un pistoletazo la tapa de los sesos—, un militar que

hiciese mofa y befa de banderas, graduaciones y mariscalías, que ejerciese de

rufián, de alcahuete, de consentido, un militar de este corte carecía de honor,

se le venía al suelo, como a un tonto la baba.

Mas hoy, en esta conejera ocurrente, «grasiosa», que es nuestra sociedad, y por

boca de una minoría castrense, ha surgido un nuevo concepto del honor.

Se callen

Un sorprendente y nuevo concepto del honor, sí. El acuñado por quienes vejando a

parlamentarios, zarandeando a superiores, conspirando a lo «turbio mulo Mola»,

engañando, sacando tropas a la calle, giñándose en todo aquello que constituye

su razón de ser, y en cuyo acatamiento reside precisamente su gloria y su

servidumbre, y en consecuencia su honor, esgrimen luego éste desde el trullo

cuando alguien afea su comportamiento, y bajo términos que reputan no lo

suficientemente exquisitos.

Así, con pasmo, quienes creernos en pocas cosas, y entre estas pocas en el

sentido común, hemos asistido en la prensa a un espectáculo insólito, el de la

generalizada invocación de su honor mancillado por parte de quien, como las

putas el virgo, lo perdieron en su día, y largan luego anatemas, y amenazan con

juicios y querellas en defensa de un objeto supuestamente escarnecido, pero

inexistente.

Ralea de traidores, miserable patulea. Basta ya de comedia barata, de circo y de

gansadas. Se arrepientan, se callen, se corrijan, cono.

 

< Volver