Miedo e incertidumbre en el hemiciclo. 
 La esperanza llegó al amanecer     
 
 El País.    26/02/1981.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

20/NACIONAL

POLÍTICA

EL PAÍS, jueves 26 de febrero de 1981

La noche en que se secuestró la voluntad popular

Cuarentay ocho horas despuésdeproducirse el intento de golpe de Estado, un

equipo de redactores de EL PAÍS ha intentado reconstruir algunos aspectos del

dramático episodio a través de protagonistas destacados. En el Congreso Pío

Cabanillas penseque aquella era «la noche de los cuchillos largos»

El Gobierno paralelo de los secretarios de Estado y subsecretarios preparaba con

gran preocupación un asalto al cargo de fuerzas especiales, al palacio del

Congreso de los Diputados, a pesar de que se corría el riesgo de una masacre. En

Valencia, el gobernador civil se sintió prisionero del poder militar.

Miedo e íncertidumhre en el hemiciclo

La esperanza llegó al amanecer

Un intenso y emocionado aplauso al teniente general Gutiérrez Mellado, ayer en

el hemiciclo, y la serenidad y la alegría reflejada en los rostros de los

diputados han puesto el punto final a la trágica noche del lunes. Una larga

noche de dieciocho horas, donde la sorpresa dio paso al" miedo, el miedo a la

confusión, la confusión a la angustia, a la desesperanza; después, el ánimo,

fugaces noticias alentadoras iban circulando entre susurros; más tarde, otras

que parecían contradecirlas: de nuevo el desaliento, y así, entremezcladas,

todas las sensaciones que pueden sentir unas personas que saben que pueden

matarlos, o tal vez no, pero que durante muchas horas estuvieron convencidos de

que en España había terminado la democracia.

Primero fue un ruido, como de explosión, la votación se interrumpe, un ujier

sube corriendo por unas escaleras y el ministro en funciones para las Relaciones

con la Comunidad Europea, Eduardo Punset, le coge de una manga; «¿Qué pasa, qué

es ese ruido?». Casi sin pararse, el conserje tartamudea: «Unos hombres, acaban

de entrar unos hombres armados, pegando tiros». Punset piensa: «Serán civiles

entonces». Pero no. De pronto brillan los tricornios, irrumpen los uniformes,

las pistolas, las metralletas y los fusiles. Todo e! mundo al sueto, menos

Adolfo Suárez él seguía siendo el presidente), el teniente general Gutiérrez

Mellado, la máxima autoridad militar de la Cámara, y Santiago Carrillo. ¿Por qué

Carrillo, que además contaba con el agravante de ser comunista? Sus compañeros

de escaño, Jordi Solé Tura y Eulalia Vintró, ya agachados, le tiran de la

chaqueta, de !os pantalones: «Baja, baja, no seas loco Santiago». Y él:

«Dejadme, no pienso moverme». Después, cuando ya ha pasado todo. Carrillo

explicó su actitud a EL PAÍS: «Podrá parecer una chulería, pero no lo es. Yo no

tuve miedo, son muchos años de experiencia política.., Hace ya mucho tiempo que

estaba moralmente preparado para una cosa como esta».

Cuando les ordenaron sentarse. algunos aparecieron misteriosamente en filas

bastante más atrás de donde estaban en un principio. Fue un instinto de

autodefensa. Rodríguez Alcaide se alejó lo más posible «y no atravesé la pared

porque no poseo ese don. que si no.,.». Fernando Abril y Javier Moscoso también

se levantaron al fondo de la sala. Abril, parapetado detrás de una colum„ na.

Así, cuando le llegó el pequeño transistor de Julen Guimón a Paco de la Torre,

éste pensó inmediatamente que él más proferido era Fernando Abril, y a él

entregó el valiosísimo aparatito, el único que en esos momentos les permitió

repetirse unos a otros, cuando el teniente coronel Tejero anunciaba que Milans

del Bosch era el nuevo presidente del Gobierno, mentira, eslá mintiendo, lo dice

la cadena SER. Así, cuando comenzaron los viajes al cuarto de baño, Femando

Abril dejaba caer por donde pasaba un leve susurro: «No tienen el control de la

situación. Valencia es un caso aislado. Ya ha hablado el Rey.

La diputada Carmen Solano comentaba: «Fernando ha debido de volverse loco, ¿de

dónde puede sacar tantos datos? Desvaría, seguro que se los inventa, pobre

Fernando...». Horas después. Abril se descuidó un. momento, puso el volumen

demasiado alto y se oyeron las campanillas de Radio Nacional que anuncian los

programas informativos, la diputada Solana respiraba, aliviada: «¡Ah. ahora lo

entiendo todo: qué bicho este Fernando!».

Claro que en otras filas del Congreso el sistema de comunicación funcionó mucho

mejor. Fernando Abril ponía cara de cansadísimo, se derrumbaba sobre el respaldo

de la silla de enfrente y cruzaba las manos a la altura del cuello, debajo,

perfectamente oculto, el pequeño transistor. Después, un murmullo a su compañero

Moscoso; éste, al de su lado, y así sucesivamente, bajaba la noticia hasta

Leopoldo Calvo Sotelo. éste era el encargado de transmitirlo a todos los

ocupantes del banco azul, y los ministros de la segunda fila se lo cuchicheaban

a los socialistas; éstos, a los comunistas, y ahí paraba la transmisión, por

imperativos de la sata: topaban con la pared. Los que ocupaban el hueco de la

parte de la derecha, hacia arriba, se enteraban mucho peor, o sencillamente no

se enteraban. No se podía hacer más: los secuestradores les habían prohibido

hablar, escribir y hasta leer, aunque algunos no hicieron caso.

Rodríguez Alcaide, antes de sufrir la lipotimia, se leyó un libro entero, otro

tanto hizo Múgica, y los ministros Punset y Pío Cabanillas releyeron lo único

que tenían a mano: un manual de la Constitución. Cuando ya se sabían de memoria

todos los artículos, especialmente aquellos que hablan de la inviolabilidad de

los parlamentarios, Pío se entretuvo en hacer un laborioso y complicado dibujo

abstracto, que se lo dedicó a su compañero de banco: «Para Eduardo, en recuerdo

de la noche de los cuchillos largos. Dos de la madrugada. Veinticuatro de

febrero de 1981».

"¿Dónde está Letamendía?"

Los primeros momentos fueron los peores. Cuando estaban todavía en el suelo, un

guardia civil se acercó a Rodríguez Alcaide y le preguntó: «¿Dónde se sientan

Solchaga, Bandrés y Letamendía?».

«Los dos primeros no lo sé, porque cada día se sientan en un sitio», mintió, «y

Letamendia no suele venir mucho por aquí». Ya incorporados! este mismo guardia

civil señaló con el dedo a Carrillo y le comentó: «Ahora empieza un largo

viaje». En medio de un tenso silencio, transcurrida aproximadamente media hora,

se llevaron a Felipe González, a Alfonso Guerra, a Rodríguez Sahagún, a

Gutiérrez Mellado, a Santiago Carrillo y a Adolfo Suárez. «Sígame», fue la orden

escueta. Y de allí a la sala de los relojes, excepto Suárez, que quedó aislado.

Se les prohibió hablar entre ellos.

Todo el mundo estaba crispado en aquella dichosa sala que marcaba el tiempo. No

sabían nada, nada del resto del hemiciclo, nada de lo que estaba ocurriendo en

España. «Eso fue lo más torturante». A las doce de la noche recibieron la

primera visita de Tejero; la otra, a las cuatro de la madrugada. En ninguna de

las dos cruzaron palabras, «sólo una mirada de odio hacia nosotros», recuerda el

dirigente comunista.

En el hemiciclo, los diputados se quedaron paralizados cuando vieron que se

llevaban a los líderes. Las opiniones se dividieron: «Van a matarlos», pensaban

algunos, Oíros, más optimistas, creían que iban a negociar con ellos el

desenlace final.

Mientras tanto, Leopoldo Calvo Sotelo y Pérez-Ltorca permanecieron casi toda la

noche inmóviles. Sólo este último pidió su abrigo, y Leopoldo, cuando los

asaltantes comenzaron a destrozar las sillas, les dijo: «No deberían romper

ustedes estas sillas. Tienen mucho valor artístico». Este fue el momento en que

muchos diputados se quedaron sin saliva.

Muchos seguían pensando en sus familias: ¿encontrará trabajo mi mujer si me

matan?, o recordaban sus cuentas bancarias para ver cuánto tiempo podrían seguir

viviendo bien sus hijos.

Todos recuerdan con especial cariño a Carmen Echabe. una , médica que se

encontraba entre los invitados, y con toda firmeza se negó a salir. Fue ella

quien administró colirio a Landelino Lavilla, hizo.llegar los dos optalidones

que ingirió el teniente.general Gutiérrez Mellado, .las numerosas aspirinas que

tomaron los demás y los tonificantesy pastillas para el dolor de estómago. «No

sólo fue nuestra camarera, azafata, médica y aguadora,sino también una

valiosísima espía», dijo el ucedista Santiago Rodríguez Miranda: «Consiguió

salir a la calle a por medicinas y colarnos información». Hasta las cuatro de la

mañana aguantaron sin moverse cavilando el desenlace: ¿un golpe militar

incruento como el de Turquía? ¿Una masacre como en Chile..., o un final feliz?

La verdad es que muy pocos creían en esta última posibilidad. Sin embargo, había

algunos datos esperanzadores: los asaltantes iban perdiendo altanería; uno de

ellos, cuando e! ministro Rosón pidió tabaco, le preguntó amablemente: «¿De qué

marca prefiere?». Un sargento entró con la edición especial de EL PAÍS bajo el

brazo. Javier Solana pudo leer los titulares y transmitírselos a los otros. Algo

del golpe militar estaba fallando. Y entonces comenzó la campaña de

desmoralización: los diputados comenzaron a pedir permiso para ir al lavabo.

«Todas las veces que pudimos», decía Fernando Abril. Era la única manera de

moverse, transmitirse información e intentar convencer a los guardias civiles de

que aquello que estaban haciendo era una barbaridad. «A algunos tuvimos que

explicarles lo que era un delito de sedición», manifestó Rodríguez Miranda.

Otros constataron que muchos habían sido engañados.

Francisco Fernández Ordóñez coincidió eh e! lavabo con Javier Moscoso: «Es la

primera vez que meo con una metralleta apuntándome», le dijo. Moscoso le

comentó: «Habrá que retocar la ley cíe Divorcio, ¿eh, Paco?». «No me seas

gilipollas, Javier». «Bueno, no te pongas así, te lo decía para que levantes un

poco el ánimo».

Sobre las 21,30horas dijeron que iban a traer bocadillos y los diputados

iniciaron la huelga de hambre.

Aún hubo dos momentos especialmente tensos: cuando entró la policía-militar y

comprobaron que se aliaban con los secuestradores y cuando ordenaron salir a las

mujeres. «Estos tíos son tan ma-chistas que seguro que las dejan .salir para

matarnos ahora a todos».

Después, Fraga estallaría (en parte, según comentaban ayer algunos diputados de

UCD y del PSOE, porque, a[ ser el único líder de partido al que no se habían

llevado, más de uno empezó a sospechar).

Alvarez de Miranda y Caveç ro se abrirían la chaqueta: «Disparen si quieren», y

los de las filas de atrás comenzaron a gritar: «Libertad, libertad», hasta

convertirse en un grito unísono,

Cuando la pesadilla te.rminó, Calvo Sotelo le´dijo a Simón Sánchez Montero:

«Aunque no me creas, he pensado en vosotros más que en nadie, porque erais los

que corríais más peligro». Adolfo Suárez, sonriente pero insistiendo en que no

haría declaraciones a la Prensa «hasta el año que viene», comentaba sarcástico:

«Soló me falta una cosa por vivir: una manifestación de curas y la quema de las

iglesias».

 

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