Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La Monarquía de España     
 
 ABC.    14/11/1975.  Páginas: 2. Párrafos: 21. 

LA MONARQUIA DE ESPAÑA

HAY que terminar. O, mejor, hay que coronar. Y esta serie de artículos lo hace con la más importante de

las reformas políticas: el establecimiento efectivo de la Monarquía de España.

Sorprenderá, incluso escandalizará a alguno, el aplicar a este asunto la palabra reforma. Y, sin embargo,

yo la encuentro muy adecuada. La verdad es que nuestro país, con breves interregnos (entre los que se

han de incluir nuestras dos breves y malhadadas Repúblicas), ha sido siempre una Monarquía de un tipo o

de otro; hemos tenido muchas, y de muchas clases, y no reinó igual Felipe II que Carlos III, ni Fernando

VII igual que Alfonso XIII. Lo que hemos tenido en las últimas décadas ha sido también una Monarquía

de tipo extraordinario y no hereditario, pero una Monarquía.

Y ahora se trata de establecer con firmeza (superados ya los juegos de palabras : instaurar, restaurar,

reinstaurar, etcétera), por vía de reforma, una Monarquía más institucionalizada; es decir, con reglas de

juego, en parte tomadas del pasado y en parte nuevas, que determinan (dentro de límites ciertamente muy

anchos) la extensión de sus poderes, su relación con los demás órganos del Estado y las normas

necesarias y de sustitución temporal.

Estamos ante una cuestión de proporciones gigantescas y de gran trascendencia. Precisamente por ello

había que eludir la tendencia de algunos comentaristas a un exceso de elaboración jurídica previa, a una

excesiva definición de algo que, por naturaleza, es más bien lo contrario; es el área del Estado en que, por

residir las últimas reservas de la gobernación, ha de respetarse algo de misterio y mucho de generalidad.

No me propongo, pues, caer en lo mismo que rechazo; pero sí deseo explicar a muchos españoles que

encuentran difícil de entender la función de la «Monarquía en e1 mundo actual como la concebimos los

que somos monárquicos por convicción, más que por emoción o, si se quiere, por debilidad.

Yo la entiendo, en primer lugar, como una forma de Estado más que como una forma de Gobierno. En

Europa, la forma de Estado monárquica ha sido plenamente compatible con diversas versiones del

Gobierno representativo y democrático; ha quitado tensiones, frecuentes en América, de las que se libran

mal los regímenes presidencialistas; ha enlazado muy bien con las tradiciones militares; ha permitido una

flexible interpretación de las particularidades regionales. Ha proporcionado un buen símbolo de la unidad

nacional, y facilitado las sucesiones, haciéndolas coincidir con el cambio generacional. Da muy bien la

dimensión básica de las dos coordenadas de un Gobierno legítimo: seguridad en la justicia y cambio en la

esperanza.

En segundo lugar, la concibo como una instancia suprema en los grandes arbitrajes nacionales. La Corona

es por esencia un órgano arbitral, moderador de tensiones y pacificador por vocación. Puede serlo porque

está constitucional y prácticamente por encima de los intereses, de las personalidades y de los grupos; no

es el candidato de un partido que vence a otros. Por ello puede interpretar, representar y promover el

interés general. En cuanto se identificase con grupos, camarillas, ideologías o personalidades, dejaría de

poder cumplir su papel más importante : seria parte y no podría ser juez.

En tercer lugar, la Monarquía es un motor de justicia social y de reformas siempre vivas. La Monarquía

prevaleció sobre los poderes feudales en la Edad Media, porque el pueblo vio en ella el escudo contra los

abusos. Testigo, nuestro teatro clásico: en «Fuenteovejuna», el pueblo, sublevado contra los abusos del

comendador de una Orden Militar, ofrece al Rey hacer al pueblo de realengo como señor natural; en «El

mejor alcalde, el Rey», le pide que yaya a hacer directamente justicia criminal a la remota Galicia ; y Don

Fernando el Católico hubo de dictar, en el Monasterio de Guadalupe, la famosa sentencia arbitral que

puso fin, en Cataluña, a los abusos de los señores catalanes contra los payeses de remensa. Una

Monarquía popular es tan posible hoy como ayer, si con hechos se lo propone.

La Monarquía, en fin, es algo abierto y lleno de posibilidades, porque en realidad no se restaura, sino que

ha de renacer, es decir, de cobrar nueva vida. En el acierto de los primeros titulares de la Corona, y en el

aliento popular que sin duda ha de recibir, residen enormes posibilidades de que se convierta en polo de

atracción de grandes esperanzas y fuertes lealtades.

Así entiendo, y creo que entendemos muchos, la Monarquía de España.

Veamos ahora lo que de ningún modo puede ser la Monarquía. No puede ser la bandera de un grupo

parcial que intente apoyarse en ella para lograr sus fines. Cuando hemos podido ver a un Príncipe

extranjero apoyarse en lo que fue la gloriosa bandera de la tradición para intentar un pacto con las fuerzas

más subversivas de la extrema izquierda, o al Partido Comunista español proclamar su apoyo a una

persona de gran real, está claro a qué extremos tragicómicos pueden llevar ciertas actitudes. Es obvio que

nadie tiene que ver con el servicio a España ni a la institución monárquica.

La Monarquía no puede suponer tampoco, en la actualidad, una definición de carácter reaccionario, o a la

antigua, en ninguna clase de aspectos de la, vida social. Expresiones tales como la alianza entre el altar y

el trono; o la Monarquía palaciega, con cortesanos y camarillas; o una vinculación a la «high life» o el

«jet set», están totalmente fuera de una consideración seria.

Mucho menos puede ser la Corona un símbolo del predominio de las clases económicamente más

poderosas y de sus intereses.

La Familia Real ha de ser, lisa y llanamente, el gran símbolo de la gran familia española. Todos deben

sentirse físicamente representados en ella. Los hombres y las mujeres que trabajan duramente deben ver

allí una dedicación incansable y sacrificada. Los pueblos distantes del centro deben tener ocasión de

contemplar a menudo sus visitas y su interés humano. Las personas que llevan la difícil vida del

intelectual, llena de contradicciones y crisis de conciencia, han de encontrar allí comprensión y

mecenazgo. Jóvenes y viejos, mujeres y hombres, han de verse reflejados en sus afanes, en las alegrías y

tristezas de una familia que como tal representa a las demás, dando una medida de naturalidad y

compasión en medio de la inevitable frialdad de la administración. Impulsora de grandes proyectos en las

ciencias y en las artes; en contacto personal con los grandes dirigentes mundiales; en discreta presencia

universal, respetando la función de los demás, pero acumulando experiencia y consejo, la Corona puede

prestar servicios únicos a la normalización del país y a la flexibilización de sus actitudes ante el cambio.

Hablemos claro. El Rey de España tiene, aquí y ahora, una gran oportunidad y también una gran

responsabilidad histórica. Es la de hacer compatible la continuidad necesaria con las reformas inevitables

y abrir el camino a una paz civil definitiva. El instinto profundo del país lo ha comprendido asi. Los

partidarios del inmovilismo pretendieron, en su día, que la solución estaba en la Regencia, y ahora

quieren una Monarquía sin reforma que no pueda ser el centro del sistema, ni encontrará cómo desarrollar

sus posibilidades innatas. Los partidarios de la ruptura, del cambio total y súbito, también se han vuelto

de espaldas a la convocatoria nacional, de concordia y fraternidad, que abre el reinado de Don Juan

Carlos de Borbón. Por nuestra parte, los partidarios de la continuidad con reforma confiamos sin reservas

en el Rey de España. Sin duda, al pensar en él, la gran figura española que nos ha regido en los últimos

años dio una alta medida de su responsabilidad ante la Historia. Y acertó plenamente.

Ninguna empresa de largo aliento histórico se logra sin una base institucional en que apoyarla y sin la

convicción en un gran número de personas de que sirviéndola se van a crear nuevas oportunidades. La

Monarquía debe dar a muy amplios sectores la confianza en que lo ya logrado por el país, en cuanto

supone orden, sentido de la autoridad, desarrollo de los recursos económicos, se va a ver confirmado y

continuado; pero también de que ello será compatible con nuevas dosis de justicia, con nuevos avances

sociales, con actitudes ejemplares de los de arriba. En ese equilibrio, en esa síntesis, estará su éxito, y

desde ahora la esperanza que inspira.

A los que prefieran no correr ningún riesgo, encerrándose en su cascarón; y a los que deseen exponerlo

todo a la ruleta rusa de una improvisación, les debería hacer meditar la posibilidad de una evolución

ordenada, pero real; prudente, pero sin pausa, segura y audaz a la vez.

Como estos mismos días recordaba el gran economista liberal Von Hayek, ninguna forma de Gobierno

puede ser ilimatada. También la democracia ha de aceptar limitaciones. Los anhelos de reforma han de

aceptar asimismo la necesidad de marchar a un paso que para no tener pausas ni contramarchas no fuerce

las prisas. Una fórmula mixta de Gobierno, con la Corona como moderador, se adapta muy bien a

nuestras circunstancias de país en trance de desarrollo económico, social y político.

Nuestros autores clásicos de la Edad de Oro española sabían contraponer a la visión platónica del

Gobierno de los filósofos la experiencia histórica del Gobierno equilibrado de base mixta y coronación

monárquica. A los sueños radicales de la nueva izquierda, cuya Platón es Marx, como a los sueños

reaccionarios de quienes desearían volver el reloj al antiguo Régimen (con Inquisición y todo), hay que

oponer con seriedad, firmeza y esperanza una Monarquía a la vez reformada y reformista.

A una España llena de energía y de impulsos le va a venir muy bien un Rey joven, qué se ha criado en

ella y con ella. Un Rey valiente, lo que va a hacer mucha falta. Un Rey sin compromisos previos con

personas ni con grupos. Un Rey que sabe bien que su destino personal y el de su casa está unido

hondamente al de un país consciente también de que será decisivo su éxito para el bien de todos.

A esa Monarquía me apunto, sin reservas, y confío en que lo hagan muy amplios sectores del país. Y

espero en que Don Juan Carlos de Borbón sea, con la ayuda de Dios, el ancla firme que dé seguridad al

navio del Estado en medio de las tormentas que le esperan en estos tiempos revueltos.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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