Autor: López de Pablo Alises, Francisco. 
 Fracasó la intentona. 
 Tres horas del asedio     
 
 Ya.    24/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Tres horas del asedio

Eran las seis y cuarto de la tarde, apenas concluido el debate, cuando se

iniciaba la votación que iba a investir presidente al candidato, Calvo-Sotelo;

habíamos salido a dictar una crónica a un pasillo del lateral derecho del

hemiciclo

Cuando oímos unos gritos en la escalera que da acceso al primer piso. En el

rellano de la misma vimos un guardia civil que nos apuntaba con una metralleta y

nos gritaba: ¡Al suelo! ¡Al suelo! Sin pensarlo, nos arrojamos de bruces contra

la puerta que daba acceso a la tribuna de prensa mientras el guardia civil

disparaba a nuestras espaldas. Reflexionando después/ dedujimos que habría

disparado al techo por los restos de cascotes que observamos´ en la «alfombra.

Inmediatamente, unos veinte o treinta guardias civiles ocuparon el pasillo y

bloquearon nuestro acceso al hemiciclo, donde simultáneamente habíamos escuchado

dos ráfagas de metralleta que dieron en la bóveda de cristal y en algunas de las

pinturas del techo del hemiciclo.

Los guardias civiles, unos doscientos de la Agrupación de Tráfico con sede en la

calle Príncipe de Viana, habían entrado en el palacio desarmando a los policías

de paisano que guardan la seguridad de la Cámara. Irrumpieron en el hemiciclo

alrededor de veinte o treinta con los disparos hacia el techo, intimidatorios y

gritando también: ¡Al suelo! ¡Al suelo! Los diputados, desde el Gobierno al

presidente de la Cámara, y todos los presentes, se tiraron debajo de los

escaños; los periodistas,- los fotógrafos y el público en sus respectivas

tribunas. Eran las seis treinta y cinco y no se movía una mosca. El silencio era

total, sólo los guardias civiles recomendaban calma. Por nuestra parte, sin

podernos mover del pasillo, no nos permitían acceder de nuevo al hemiciclo hasta

pasados unos momentos en que pudimos hacerlo y ocupar nuestro puesto en la

tribuna. Los diputados ya se habían incorporado y ocupaban sus respectivos

escaños con las manos en el escaño delantero. Al poco rato un capitán subió

hasta la tribuna del presidente y dijo que permanecieran todos en sus puestos,

que no pasaría nada, que estuvieran tranquilos. Un joven de paisano, con zamarra

de guardia civil, bastante nervioso, parecía ser el que llevaba la voz cantante.

Numerosos guardias civiles ocuparon las tribunas del hemiciclo. Tres de ellos se

pusieron detrás de los diputados comunistas Carrillo y Solé Barbera. Este tenía

las manos elevadas a la altura de

los hombros, Carrillo permanecía quieto, sin mover un músculo. Felipe González

miraba fijamente a Suárez.

La tensión y los nervios de los primeros momentos comenzaron a reflejarse en las

tribunas cuando una señora cayó desmayada y varios taquígrafos tuvieron que ser

evacuados. Un guardia civil pidió la presencia del médico oficial de la Cámara,

doctor Petinto, de ochenta y dos años, quien no pudo acceder a la tribuna por

encontrarse bloqueada una de las puertas. Otro guardia desde el hemiciclo dijo

que el diputado canario Sagaseta necesitaba asistencia médica: El diputado

socialista Donato Fuejo se ofreció para prestar asistencia al señor Sagaseta,

que al parecer sangraba como consecuencia de uno de .los cascotes que habían

caído tras los disparos al techo, que dañaron algunas de las pinturas que

adornan la bóveda del hemiciclo.

Suárez intenta hablar

Asegurada en principio la calma, .hubo un momento en que Suárez dijo que como

presidente del Gobierno quería ver al responsable, a lo que le respondieron que

se quedara quieto en su sitio y no creara problemas. Por fin dejaron salir a

Suárez y al poco rato volvió, después de que hubiera reclamado el trato y la

dignidad que merecía su cargo de presidente del Gobierno en funciones. Poco

después entra el teniente coronel Tejero, quien desde la tribuna -del presidente

vuelve a recomendar calma. Hacia las siete menos diez desalojan de la tribuna

central de invitados al presidente del Senado, Cecilio Valverde, y varias

personalidades de embajadas extranjeras que estaban eh la tribuna diplomática,

ninguna de ellas con rango de embajador. Poco después entra en el hemiciclo el

presidente del Consejo de Estado, Antonio Jiménez Blanco, quien se sienta en la

escalera junto a los diputados, con signos evidentes de solidaridad. Para ese

momento los periodistas ya habíamos conocido que en el momento de la entrada en

el hemiciclo el teniente general Gutiérrez Mellado había pedido a los guardias

civiles que se comportaran, a lo que se le respondió apuntándole al cuello con

una pistola y diciéndole que se sentara.

El teniente coronel Tejero entró en el hemiciclo pistola en mano y salid después

de recomendar calma para desde el despacho del presidente del Congreso llamar,

al parecer, al capitán general de Valencia, teniente general Miláns del Bosch.

En ese momento vuelven a sacar a los periodistas de Radio Nacional de España de

la «pecera» desde la cual retransmiten en directo los plenos y les piden a los

cámaras de Tv que vuelvan los objetivos hacia el interior de las tribunas.

En ese momento las cámaras habían ya dejado de transmitir, aunque en Prado del

Rey seguro que grabaron en directo el momento de la entrada en el hemiciclo y

cuando los diputados, atendiendo a las órdenes que les conminaban a tirarse al

suelo, se amontonaron unos sobre otros detrás de los escaños. Pasa el tiempo y

los guardias, ya más tranquilos, más dueños de sí mismos, aunque algunos con los

fusiles apuntando a los escaños, empiezan a relajarse y aceptan incluso la

lumbre que algún periodista les da para encender sus cigarrillos.

Todo el mundo, en voz baja, se pregunta ¿qué pasa fuera? Eran hacia las siete y

cinco cuando vuelve Suárez, que se incorpora a su escaño. Los guardias civiles

hablan con quienes les preguntan, aunque no dan ninguna información. Empiezan ya

a facilitar la salida de los periodistas ~a los pasillos e incluso de algún

diputado que pide ir al servicio. Los líderes parlamentarios están quietos en

sus escaños. Carrillo con una metralleta a un metro de su cabeza pone las manos

en el escaño delantero. López Reimundo las eleva a la altura de sus hombros,

Felipe sigue mirando fijo a Suárez. El candidato a la presidencia cruza las

suyas. El ministro del Interior se tapa la cabeza; Fraga está tranquilo y a Blas

Pinar se le observa incómodo.

A las 7,07" el joven guardia civil de paisano con una zamarra, metralleta en

mano se lleva a Suárez. En ese momento vuelve el presidente del Senado a la

tribuna acompañado del vicepresidente López.Henares. Sale un momento Modesto

Fraile, vicepresidente primero del Congreso. También Blas Pinar desde su escaño,

algunos diputados empiezan a fumar e incluso a desplegar un periódico con el que

disimular los nervios. Los fotógrafos siguen en su jaula agolpados unos encima

de otros y sólo se oyen toses. Sigue el tenso silencio. Los periodistas nos

miramos linos a otros. Hay quien quiere conectar un transistor, pero

inmediatamente se lo requisan. Otro guardia les pide los carretes a los

fotógrafos. Un escolta de Suárez se sienta junto a él antes de que se lo

llevaran y responde con malos modos a uno de los guardias que le manda callar y

estarse quieto. Poco después de que se llevaran a Suárez el mismo escolta de

paisano de la guardia presidencial se dirige al ministro del Interior y le da

alguna información. En ese momento se comenta que al entrar Tejero en el

hemiciclo, gritó ¡Viva España, por fin!

Empieza ya a notarse la tensión hacia las 8,30, en que toda la Cámara se ha

convertido en los rehenes del golpe, aunque llegan pocas noticias de la calle.

Se nos recomienda que podemos circular por los pasillos, pero no asomarnos a las

ventanas. Se nos dice que la calle está tomada. Empieza la confraternización

entre periodistas y los guardias civiles asaltantes. Muy pocos quieren hablar,

pero la mayoría están tan preocupados como el que más. Algunos cuentan que les

montaron en un autobús a las dos y les tuvieron movilizados. Pero que hasta las

cinco no les llevaron hacia el centro. La orden que recibieron los 200 primeros

guardias civiles de la Agrupación de Tráfico que entraron los primeros al

asalto, fue la de ocupar el hemiciclo causando las menores bajas posibles.

En realidad, la sorpresa fue total y lograron entrar en el momento en que todos

los diputados, periodistas y público se encontraban en el hemiciclo, y en los

pasillos por los que accedieron a la Cámara apenas había gente, salvo los

servicios de seguridad, que resultaron los primeros sorprendidos. Hacia las 8.30

los guardias civiles que no estaban ocupando los pasillos o el hemiciclo

comenzaron a preguntarse qué nacían allí, aunque recibían órdenes de algunos

tenientes o capitanes de la Guardia Civil que acataban con prontitud. Se veía

que la mayoría de los guardias civiles desconocían en absoluto el alcance de la

operación. Sólo unos cuantos, aparte de los jefes militares y del teniente´ que

había anunciado que pronto se leería un comunicado de la «autoridad militar

competente» parecían saber de qué iba.

El teniente coronel Tejero, después de utilizar el despacho del presidente y una

vez que los principales líderes parlamentarios fueron desalojados del hemiciclo,

se paseaba por los pasillos recomendando calma con (bastante tranquilidad. En el

bar, en principio, periodistas, personal de la Cámara y guardias civiles, hacia

las 8,30 pudieron tomar alguna bebida, pero a partir de ese momento lo

reservaron para la Guardia Civil. El bar de la quinta planta del edificio nuevo

había sido clausurado. Loa camareros estaban agotando las existencias. Se dio

orden de no servir bebidas alcohólicas que en principio habían empezado a tomar

algunos de los guardias. Bastantes de ellos estaban nerviosos y preocupados y

pugnaban con los ´periodistas para encontrar un teléfono de línea directa con el

que calmar a sus familias.

La mayor parte de los despachos de la Cámara fueron cerrados salvo los del

presidente y el salón de ministros. Muchos funcionarios todavía estaban hacia

las 9,30, cuando junto con´ los periodistas fuimos conminados a salir del

edificio, Se nos- permitió tomar el coche que teníamos aparcado en las

inmediaciones y salir de los alrededores sin ningún problema. Frente a Neptuno,

circundando la plaza, unos 200 ó.300 jóvenes gritaban de vez en cuando:

«¡libertad!, ¡libertad!, sin que la Policía hiciera nada para impedirlo salvo

mantenerlos a prudente distancia. A lo largo de la avenida del Generalísimo y

por las calles adyacentes de nuestro trayecto hasta el periódico se observaba

una circulación normal, aunque menos densa que en otros días.-La gente iba

preocupada con las radios encendidas y en los semáforos los automovilistas

abrían sus ventanillas y se comunicaban´ las noticias.

La Policía Municipal y Nacional patrullaba con bastante normalidad, pero a lo

largo del paseo de la Castellana no se observaba ninguna guardia especial ni

destacamento de Policía o del Ejército. Los Ministerios estaban cerrados y

vigilados por la Guardia Civil, como es habitual.

Poco antes de salir del Congreso los guardias civiles que no estaban de servicio

en el hemiciclo conversaban libremente con los periodistas y trataban de

inquirir la naturaleza de la acción en la que se habían visto envueltos como

protagonistas. A la Cámara empezaron a llegar las primeras noticias de la calle

y algunos periodistas, por señas, desde la tribuna pública, comunicaban a los

miembros del Gobierno, quienes, como los demás diputados, seguían en sus

escaños.

 

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