Autor: Blanco Vila, Luis. 
   Testigo, contra el suelo, en el palacio de las Cortes     
 
 Ya.    24/02/1981.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

INTENTO DE GOLPE DE ESTADO

Testigo, contra el suelo, en el palacio de las Cortes

Era la última audiencia que condía el presidente en funciones, a fondo del bar,

a la izquierda, Adolfo Suarez y el teniente general Gutiérrez Mellado «envernan

en voz baja. El periodista. Que "lleva dos semanas tratando de abordar al que

dentro de unos minutos va a dejar de ser préndente, del Gobierno ,e acerco.

Adolfo Suarez se levanta, cortil y sonriente, como siempre. Es la ultima

audiencia

comenta. Es verdad El periodista le pide que siente, pero el no hace caso. El

teniente general asistio un poco Ajeno, a la conversación. Hablamos del viaje,

de los disgustos que Adolfo Suarez ha tenido en los últimos tiempos, de su

negativa a hacer declaraciones. En mucho tiempo no diré nada,.

Alguien avisa, unos minutos mas tarde, de que han terminada las intervenciónes

de los portavoces en la explicación de voto. Rodríguez Sahegún, presidente de

Ucd. ha sido, corno siempre., optimista, Suarez y Gutiérrez Mellado se levantan

y se encaminas al hemiciclo. La despedida en el borde del pasillo, casi frente a

la puerta que conduce a los escaños. Ha comenzado la votación y se van cantando

los votos. Uno de los últimos que que escucharon claramente — recantado por el

escrutador— es el de Guillermo Medina, diputado de Ucd y periodista. Afirmativo.

El informador sale al pasillo. Ya no queda gran cosa que hacer en las Cortes y

se ha decidido a salir a la carrera de San Jerónimo, De pronto, el maremágnum;

gritos de al suelo, rostros que se vuelven crispados por la sorpresa. El

períodista da un salto hacia atrás y se mete en uno de los salones —el de los

pasos perdidos—, Coiao caer todos el fantasma de eta—pese a los verdes

uniformes— ha rondado enseguida su imaginación. Al suelo —todos se derrumban

boca aba jo—tumbados —todos tumbados—; las manos delantes — las manos delante,

naturalmente—. La secretario de Estado ha encontrado una puerta abierta, detrás

de la cual se ha refugiado, tumbado como todos. El periodista, que está a dos

pasos—tambien tumbado, con el abrigo al lado y los codos contra el- suelo—,

contempla las juncas pantorrillas del alto cargo. Tendrá algo más de media hora

de contemplación.

Unos segundos después —son las seis y veinte de la tarde comienzan a sonar los

disparos en el hemiciclo. Los gritos resuenan contra el techo y se abroncan con

el ruido de los disparos. Sobre las cabezas se deslizan los cañones de las

metralletas. La centralita, a unos pasos, ha sido uno de los primeros objetivos.

Fue cuando se entendió que algo inesperado estaba sucediendo; que ai habla Eta

por mediode las fuerzas de seguridad habían reaccionado « tiempo. Naturalmente

tampoco esta versión iba a aguantar mucho tiempo en pie Lo justo para que

apareciera el teniente coronel Tejero. Alguien de los ocupantes lo reclamaba a

grítos

—Tejero, que verga Tejero. Tiene al habla valencia.

Y el teniente coronel apareció en sepida, con sus grandes bigotes temblorosos.

Tomo el teléfono y hablo agritos Sin novedad, mi general, sin novedad. Ninguna

novedad.

La voz recia, era al mismo tiempo temblorosa.

Se a tomado el edifico sin novedad. Ninguna novedad.

Fue el momento en que se clarifico la situación, por mas que las miradas

resultaban incredulas.

¡Viva España, coño!

Asi termino la conversación con Valencia

Era Milans del Bosch, según comentaban los mismos guardias civiles.

Mientras, en el hemiciclo, las cosas habían rodado tan deprisa como en el salón

de los pasos perdidos. Un personaje que no se identifícó, sentado entre el

secretario de Estado y el periodista, hablaba de muertos y heridos. Y comentaba

con el hombre de la metralleta que le habia tocado en suerte: «No he traído la

pistola. vea —y enseñaba la cartuchera vacia—; si no, estaba pegando tiros con

ustedes». El guardia civil, un poco mosca, lo registro. Despues, le toco el

turno a los demás. Los nervios de los ocupantes eran tan extremos que tubo

momentos de. auténtico peligro, el menos

En el hemiciclo, mientras tanto, los diputados, pillados por sorpresa como

todos, ni siquiera habian tenida tiempo para ponerse en pie. Rodriguez Sahagún

estaba sentado en la escalera, charlando con Suarez y allí siguió, pero ahora

mudo. La televisión, en circuito cerrado, daba a los echados en tiene una vision

panorámica bastante completa, aunque lejana. Los disparos se repitieron a

intervalos.

con gritos no exentos de «tacos». Los funcionarios de policía de vigilancia

habian sido desarmados. Por el momento sólo la Guardia Civil —algunos oficiales,

con metralleta en la derecha y pistola en la izquierda— patrullaba por el

Congreso. Un poco mis tarde aparecieron algunos miembros de la Policía Nacional.

Incluso un coronel, si al periodista no le fallaron los ojos o las puntas de las

estrellas en aquel momento.

Viendo al secretario de Estado clavado contra el rincón de la puerta abierta, el

periodista se consolaba pensando que las balas podían esculpir su silueta contra

el mármol de La pared. Canudo de la misma postura, sin esconder en ningún

momento las manos, el periodista se puso a leer .El nuevo lunes.. Vaya por Dios

con el títulito del Media hora mas tarde permiten a los tumbados sentarse , no

pasa nada, siéntense y estén tranquilos Pero las metralletas siguen apuntando

con su pitorro fino y opaco. ¡Oiga —dice el periodista al guardia—, retire eso

que las armas las carga el diablo.» El guardia, entre fomente y ofendido, dijo

que era un profesional y que sabía la que hacia. Poco después, un poco mas

trasquilo, acarició su arma y comento: «¡Qué bonita es, El periodista tuvo humor

para, decirle: Esa de Manolo Escobar"

Un invitado pregunto cuándo terminaba aquel rollo: «No creo que esto sea un

rollo —repuso un teniente—, y cuándo acaba no lo se. Poco despues pregunto el

mili tar- .¿Usted quien es? El periodista dijo que esa que era periodista. Con

cierto temor apuntó: «Y demócrata.. El oficial contesto: Pues va dados

Cuando las cosas parecían mas (Continúa en pagina siguiente )

Testigo, contra el suelo, en el palacio de las Cortes

(Viene de la pagina anterior; tranquilos, Algunos se atrevieron • circulur,

circunspectamente, por los pasillos. Se esperaba a un alto ruando militar. «No

puede ser Milans. dijo alguien. «Será Aramburu Topete, insinuó otro, dando a

entender que las cosas no estaban nada claras. Antonio Jiménez Blanco,

presidente del Consejo de Estado, acababa de entrar con dificultades. «Iba por

la avenida de América cuando me enteré por )a radio. No me dejaba entrar, pero

les he dicho que tenía que estar con mi gente. «¿Qué sabes de la Zarzuela»

.Parece que no hay novedad . .¿Y Madrid?. .Salvo en los alrededores, todo

tranquilo Por lo menos yo no he observado nada especial •

Rodríguez Sahagún ha conseguido salir al pasillo y contempla, lívido, el

panorama ael pasillo tomado materialmente por la Guardia Civil. Nadie hace el

saludo militar al todavía ministro de Defensa en funciones, femando Abril tiene

róenos suerte y no consigue salir del hemiciclo. Asoma la caceta por la puerta,

detenido por loa vigilantes, y llama a Antonio Jiménez Blanco, con el que cambia

brevísimas palabras. Después, entra de nuevo Las tribunas de la prensa han

quedado vacías. Todos los periodistas han sido desalojados y enviados abajo.

Sólo quedan algunos números de la Guardia Civil con sus armas apuntando al

hemiciclo. Dentro del mismo hay una tensa tranquilidad Rosa Posada,

que estaba frente al aparato de televisión en compañía de Ignacio Aguirre, ha

pedido permito para ir al servicio y ha regresado con la misma lividez en el

rostro que se pierde entre sus rubios cabellos.

Mercedes Royo, la esposa del ministro José Luís Alvarez, pedía a los periodistas

que llamaran a tu casa y que dijeran que estaban bien. Pero no hubo escenas de

panico. Por lo menos, no se produjeron manifestaciones en tal sentido.

Cuando los líderes de los partidos Ucd — Suárez y Rodriguez Sahagún—, Psoe —

Felipe González y Alfonso Guerra— y del Partido Comunista —Carrillo— fueron

sacados del hemiciclo, el períodista tuvo el valor de preguntar al teniente por

qué lo hacia. (Supongo que para parlamentar», contestó. Pero la lectura del

«bando, del general Milana del Bosch no permitía demasiados parlamento..

Por fin, el periodista abandonó el Palacio de las Cortes sin mayores

dificultades. Fuerzas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional acordonaban

las inmediaciones. Sobre la Carrera de San Jerónimo, hacia Sol, una

manifestación gritaba. «Libertad.» El periodista tuvo que dejar el coche donde

estaba. Camino del periódico —a pie hasta superada la Cibeles— pudo oír a un

muchacho que decía a otro. «Vamos para allá Hay que hacer presión» ¿Más todavía?

Luis BLANCO VILA

 

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