Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La reforma social     
 
 ABC.     Página: 3,5. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

LA REFORMA SOCIAL

DEBO reconocer, que el epígrafe de este artículo es menos preciso que el de otros, por razones obvias. La

reforma social, en un sentido amplio, comprende la totalidad de las reformas. Y aun en un sentido más

estricto, pocos aceptarían hoy el reducir la «cuestión social», como en el siglo XIX, a las relaciones entre

empresarios y trabajadores; hoy el número de relaciones sociales relevantes que de un modo u otro están

en crisis (mayor o menor) es más extenso: por ejemplo, las relaciones entre las personas de distinto sexo o

de diferente generación, o el binomio ciudad-campo, y así sucesivamente.

De un modo general diremos que en las sociedades actuales los cambios en el entorno técnico y en el

sistema económico han conmovido, hasta sus cimientos, las formas de vida tradicionales de la sociedad, y

que en medio de tensiones e interrogantes múltiples y profundas se están creando nuevos equilibrios y

fórmulas que en la mayoría de los casos aún no han podido consolidarse en costumbres e instituciones

aceptadas. Es menester, por lo tanto, mantener una actitud a la vez comprensiva y flexible, por una parte,

y prudente, por otra, para reducir las tensiones, mantener al máximo la paz social y al mismo tiempo

permitir los reajustes necesarios.

El hombre y la mujer de hoy desarrollan su vida social fundamentalmente en tres escenarios: la familia, el

lugar de trabajo y la calle (expresión bien castiza, con la que (designaremos toldo lo (demás).

La familia, la casa, han perdido indudablemente importancia. Mucha gente lo lamenta, pero el hecho está

conectado de modo ineludible con la extensión que han tomado los otros sectores. Como consecuencia de

ello, la institución familiar y las normas, costumbres y tradiciones que la regulan se encuentran en una

seria crisis. No es algo totalmente nuevo en la historia; algo similar ocurrió al final del mundo antiguo;

pero la profundidad de la crisis familiar actual, sobre todo en las grandes ciudades, es un fenómeno

espectacular y sin precedentes. Las relaciones entre mujeres y hombres, entre padres e hijos se han

alterado profundamente. Hay que enfrentarse claramente con esta nueva situación, en que la gente se casa

antes, vive muchos más años, se entiende peor y la mujer ya no para, en casa; y en que los hijos se

emancipan antes intelectualmente, necesitan ayuda para su educación durante más tiempo y lo aprenden

casi todo fuera de casa. Las normas actuales de nuestro Derecho familiar y sucesorio, aún modificadas,

contemplan más bien la familia tradicional basada en alguna propiedad agrícola y con unas relaciones

internas muy diferentes. Más pronto o más tarde habrá que acometer estos (temas con serenidad, pero con

todas las consecuencias; inclusive en lo relativo al sistema, tramitación y consecuencias de la disolución

del vinculo familiar.

El lugar de trabajo es ahora algo más importante que nunca: hace aún poco tiempo, la pregunta

importante que se hacía sobre una persona era sobre su sangre, sobre su familia; ahora es sobre su

ocupación, que es el elemento más determinante de su posición social.

Aquí nos encontramos con la tradicional «cuestión social», es decir, con la competencia por las

ocupaciones más prestigiadas, influyentes, cómodas y mejor pagadas, en un mercado en el que todo lo

bueno es limitado, y en el que juegan no soló la propia capacidad, sino todos los factores que derivan de

la riqueza heredada, de las relaciones familiares, etc.

Todos los grandes teóricos de la política y los estadistas de éxito han comprendido que sin un mínimo de

racionalidad y de justicia en la distribución de las ocupaciones y de los beneficios que éstos procuran,

ia.sociedad pierde coherencia y fuerza, y crea tensiones internas que la pueden llevar al desastre. Y

grandes conservadores, como Federico el Grande, Disraeli y Bismark figuran entre quienes mejor lo han

entendido.

Otra cosa que sabemos es que, mientras en una sociedad puramente agraria el tema tenía muy mala

solución, incluso tendía a agravarse con el crecimiento de la población, en las sociedades que se

industrializan existen muchas más posibilidades de crear puestos de trabajo interesantes para mucha gente

y de producir una mayor nivelación de oportunidades y de remuneraciones.

España ha podido realizar un gran avance en este terreno en los últimos años. Utilizando mejor sus

recursos inactivos: los mineros, con una mejor explotación; los agrarios, por la misma causa (en este

terreno queda mucho por hacer); los turísticos, en los que ha logrado ponerse a la cabeza; los humanos,

con un mejor entrenamiento y llevándolos a las zonas industriales, utilizando las nuevas técnicas (aquí,

con una excesiva dependencia del exterior); y partiendo (de las mismas necesidades de la reconstrucción

del país, después de la guerra, nuestro país ha realizado, sin duda, un espectacular despegue económico,

que ha tenido inmediatas consecuencias sociales favorables. Pero, naturalmente, estamos muy lejos de las

mismas metas que justamente hemos proclamado en materia de justicia social.

En los próximos años habrá que acometer, con renovado ímpetu, un programa de reformas sociales.

Están, en verdad, en la mente de todos. Yo las veo, ante todo, pomo el restab 1 e c i m iento de los

equilibrios profundos en una sociedad que ha pasado por cambios, tan rápidos. Hay que reequilibrar la

distribución de oportunidades, de contribuciones al acervo común, de incentivos, de medios de acción.

Hay que reequilibrar, por ejemplo, las tres formas de propiedad tradicionales en España: la individual, la

comunal y la pública (indudablemente desequilibradas en favor de la primera a lo largo de los siglos XIX

y XX). Hay que reequilibrar las relaciones entre el campo y la ciudad; entre las empresas grandes y

pequeñas; entre las empresas financieras y las que dependen de ellas.

Hay, sobre todo, que reequilibrar el sector de las relaciones laborales. Ello quiere decir, naturalmente,

reforzar la personalidad e independencia de las organizaciones sindicales, lo que permitirá también

aumentar su responsabilidad. Ello quiere decir una tendencia progresiva a la participación del trabajador

en la empresa a todos los niveles. Si uno pasa la mayor parte de su vida activa en un puesto de trabajo,

uno no puede ser un elemento externo a la empresa, es uno parte de ella, con todas las consecuencias.

Por supuesto que también las de lealtad y productividad; pero también las de participación. Un camino

progresivo lleva en todas partes hacia la cogestión y hacia la democracia industrial. Nosotros tenemos que

recorrerlo sin imprudencias, pero también sin miedo.

Además de la casa y de la oficina o la fábrica vivimos en la calle. Es decir, en ese mundo complejo del

ocio, del «hobby», de la diversión, de las relaciones sociales, ríe la tasca, etc. Es aquí, probablemente,

donde el campo es más amplio y más confuso, pero no podemos dejar de tenerlo en cuenta. Las batallas

más feroces de algunas sociedades se dan ahora en la calle, entre bandas de jóvenes que se golpean

mutuamente con cadenas de bicicleta; o entre grupos de drogados, que hacen la competencia a ver quién

destruye antes su propia alma; o simplemente entre automovilistas que chocan unos contra otros.

Hay que ordenar este aspecto de una vida que, potenciada por tantas técnicas nuevas, puede también

encontrar en ellas su catástrofe.

Hay que salvar la naturaleza. No quiero repetir tópicos. Voy sólo a citar a Cervantes, cuando pone en

boca de Don Quijote, en Sierra Morena, esta bella frase: «¿Para qué quiero yo tomar trabajo ahora de...

dar pesadumbre a estos árboles, que no me han hecho mal alguno, ni tengo porqué enturbiar «1 agua clara

de estos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana?» No se puede decir mejor.

Hay que salvar la calidad y el estilo de la vida social. En los últimos años, como suele ocurrir en las

épocas de transición, las viejas maneras y estilos han desaparecido y no han surgido aún las nuevas, como

se aprecia en las formas artísticas y en la moda. Una sociedad no puede vivir sin normas de cortesía y de

elegancia, sin modos de tratar, negociar y cortejar correctos que se diferencien de la barbarie. Con suma

prudencia, y sin mirar hacia atrás, y por el único camino viable, que es la conducta ejemplar de las

personas que las demás gentes observan y tienden a imitar, hay que empezar este difícil camino una vez

más; porque el tejido social es como la tela de Penélope, pero no se puede parar de tejer.

Hay que establecer unos criterios claros y adecuados de éxito social. Alejo de Vanegas dijo, hace tres

siglos, que los cuatro pecados del español eran el exceso de gasto en el ornato externo, el desprecio del

trabajo, la manía de los linajes y la ignorancia, con desprecio del saber. Sus palabras no han perdido

actualidad; seguimos ambicionando poder, honores y riqueza por el camino de la aventura más que del

esfuerzo continuado; pensamos más en ostentar que en crear y ahorrar. La sociedad debería respaldar con

su sanción más la obra bien hecha que el éxito improvisado, casi siempre a costa de otros. Habría

entonces menos escándalos financieros, más seriedad.

Nos hemos lanzado alegremente a la sociedad de consumo, y ciertamente en ello hay elementos muy

positivos. Pero hay que poner los pies en la tierra y volver a ordenar el sentido del gasto ostentoso y

superfluo. Hacen falta más bienes públicos (parques sindicales, jardines de la infancia, ciudades de

vacaciones) y menos emulación en grandes yates y brillantes de los gordos. Hace falta, en fin, que en la

calle, como en el lugar de trabajo, y en la casa pongamos orden, compostura, sentido común y decencia.

Y, por supuesto, de todo ello hay que hablar con sencillez y humildad (y, por supuesto también, yo el

primero), sin fariseísmo ni hipocresía. Sin envidias ni resentimientos. Tenemos que ponernos todos a la

obra, difícil e importante, de recrear una ética social a la altura de nuestro tiempo.

Si fuésemos capaces de hacerlo sobre bases voluntarias, sería mejor y más eficaz que lograrlo sobre

criterios de imposición autoritaria y burocrática. Mas, por supuesto, la ley ha de intervenir. Sobre todo, la

ley fiscal y la política presupuestaria; y no hay ley de este tipo que pueda evitar, al final, un tipo u otro de

sanción penal seria.

Se trata de una tarea difícil. Como insuperablemente recordó Menéndez Pidal, el español ha sido siempre,

en general, más cuidadoso de la moral privada que de la pública; ha sido escrupuloso (sobre todo, al

juzgar a los demás) en las cuestiones de ética individual y familiar más que en las de ética social. Y

recordó también cómo en el remado de tos Reyes Católicos, Isabel y Fernando, se encuentran los efectos

prodigiosos de un esfuerzo sostenido por conseguir una alta eficiencia de seriedad, de culpabilidad

pública, de servicio al bien común. Todo ello, bajo el ejemplo indiscutido de los propios Reyes. Mucho

deseo que nuestros próximos Reyes acierten a crear una atmósfera semejante.

Alguno pensará tal vez que estoy haciendo divagaciones idealistas, en vez de entrar claramente en tal o

cuál problema de Derecho social. No lo creo así. Los grandes problemas sociales no son cuestiones de

estómago, sino de alma, de conciencia colectiva, de una justicia social que vale en los reglamentos porque

está antes en los espíritus.

Ella nos llevará a una España de hombres y mujeres que no se sientan humillados por el favor, sino

defendidos por la ley; una ley que les haga verdaderos ciudadanos, capaces de andar por düquter con la

cabeza alta. Sólo esos defienden una sociedad en la que tienen parte.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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