Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Un objetivo nacional     
 
 ABC.    30/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

UN OBJETIVO NACIONAL

ASI como no hay paraísos terrenales, ni tierras prometidas en el mundo de la realidad social, un pueblo

no puede vivir sin grandes objetivos nacionales, en torno a los cuales se pueda calibrar si los pasos

siempre difíciles de la vida política van en la dirección deseada o no. No es buen piloto el que

permanentemente navega a la defensiva y a la vista de la costa, sino el que sabe seguir un rumbo decidido

hacia un puerto que valga la pena.

Y ello es más necesario que nunca en tiempos de mar gruesa y de tempestades; hay que saber salir de

ellas de modo decidido, y siempre volviendo al rumbo.

Un país debe tener y exigir conductores que no se limiten a decirle que los demás son peores, que los

tiempos son malos y que las calderas no dan más de sí. Una nación debe pedir una definición clara de

objetivos, una promesa clara de alcanzarlos en un plazo y a un precio razonable, y una explicación

aceptable de cómo se van a repartir los gastos y los beneficios.

Y allá voy, en corto y por derecho. Entiendo que los objetivos a los que nuestra España puede y debe

aspirar en este momento importante de su Historia son los siguientes:

El primero, y principal, es evitar cualquier tipo de situación que vuelva a enfrentar a los hombres, a los

grupos, a las regiones de España en enfrentamientos negativos y fratricidas. Y no me refiero solamente al

nivel terrible de una guerra civil. La geografía, la Historia, los intereses más elementales nos invitan a

entendernos; sólo nuestros enemigos pueden desear lo contrario. Ello nos obliga a todos a renuncias y

sacrificios, como ocurre en todo entendimiento. Ello impone a los hombres que ejerzan la responsabilidad

del poder una enorme firmeza, una gran capacidad de convocatoria, una gran disposición al diálogo y una

gran imaginación. Y, por supuesto, al que se empeña a pesar de todo en romper hay que ponerle (como

sea) en la imposibilidad de conseguirlo.

Es obvio que esto exige una clara actitud de reconciliación, basada en medidas suficientes y también en

un claro entendimiento que las reglas de juego que se vayan estableciendo para una vida pública cada vez

más ancha, más transparente y más próxima a las vidas y a los intereses de todos (en la región, en la

ciudad, en la profesión, en la empresa, en la escuela) van a ser realmente respetados por todos.

En segundo lugar, tenemos que tomar la decisión terminante de completar, de aquí a fin de siglo (otra

generación) el esfuerzo ya iniciado de convertirnos en un moderno país, dominador de la industria y de la

técnica. Podemos y debemos hacerlo. No tenemos derecho a perder ni lo ya conseguido ni el tiempo que

nos urge. Tenemos que renunciar a todo lo que nos impida completar nuestros transportes, nuestras

industrias de base, nuestros laboratorios de investigación. Tenemos que arrimar todos el hombro,

empezando por los de arriba. Ser administrador o director gerente de una sociedad no debe ser algo

envidiable, sino meritorio. Y ser un productor de España debe ser un título de honor y de exigencia.

Ello nos lleva a un tercer punto. No lograremos lo dicho en los dos primeros apartados si seguimos siendo

un país clasista. No podemos seguir con el lujo de que haya «ellos» y «nosotros». No creo en la igualdad

entre los hombres, ni en origen ni en destino. Pero creo mucho menos aún en una sociedad en que las

familias defiendan a sus miembros inútiles; en la que ser listo consista en ganar mucho y rendir poco; en

la que haya dos pesos y dos medidas para el esfuerzo, para las necesidades y las recompensas. Y no nos

engañemos; eso es lo que tenemos ahora, y lo que la mayoría de nuestro pueblo (uno de los menos

corrompidos del mundo) no acepta, ni aceptará.

Y vaya por delante que tampoco reconozco a nadie una patente privilegiada de justicia social; he vivido

demasiado, y en demasiados sitios y circunstancias, para picar en las etiquetas. Pero los líderes de la

nación deben proponer claramente el objetivo de una sociedad modernizada no sólo en lo técnico y

económico, sino también en lo social. Los instrumentos educativos, de servicios sociales y, por supuesto,

fiscales, deben utilizarse a fondo para ello. Mi ideal, naturalmente, está tan lejos de una sociedad de

señoritos tecnócratas como de aquella en que los burócratas totalitarios manejan a una grey de proletarios.

Sigue centradla en la visión de una sociedad de clases medidas, que comprenda a la inmensa mayoría de

líos españoles, con gran estímulo a la iniciativa y protección «al ahorro y a la inversión; pero en serio y

con exigencias claras para todos.

En cuarto lugar, España, nuestra gran España, no puede ser ella misma más que formando parte, con

pleno derecho, como socio principal, del mundo que la rodea. Se habla a menudo de no hacer

concesiones. ¿Qué mayor concesión y humillación que el aislamiento, con todas las mutilaciones que

comporta? Y, por supuesto, nadie espere tampoco regalos ni propinas; se trata, sencillamente, de asumir

seriamente nuestro papel en el mundo.

También es .claro que este objetivo nos sitúa, de modo necesario, en otro orden de cuestiones. Sea éste el

quinto y (por hoy) último punto de nuestra meditación.

No nos engañemos. Hay también un problema de libertad, de libertades. No es un problema nuevo. Es un

problema eterno en la sociedad humana. No es fácil de definir, como ya observó Montesquieu. Libertad

para los madrileños del siglo XVIII era poder usar la capa larga y el sombrero ancho; Carlos III y sus

tecnócratas italianos querían suprimirlos en nombre del progreso. Libertad para algunos es llevar el pelo

largo, para otros el cortárselo. Pero una cosa es cierta: hay períodos de descompresión, en que todo el

mundo reclama más libertad, en que los más coinciden en afirmar que «ya está bien». Es algo como una

marea, como una crecida; algo que no puede ser negado, pero sí encauzado o canalizado. Hoy estamos en

uno de esos momentos; el agua puede ir a muy diversos molinos, como se ha visto en Portugal. Pero

imaginemos por un momento que las últimas elecciones las hubiera organizado Marcelo Caetano: ¿no

hubiera sido mucho mejor?

Y concluyo provisionalmente. Veo todas estas cosas como parte de un gran designio nacional, y lo creo

posible. Y espero que nadie se sorprenda si de buena fe añado que en todo ello veo el camino para hacer a

España verdaderamente una, grande y libre. Una, en una sociedad en la que todos, más seguros de realizar

nuestra idea de España y de nuestra parte de ella, la sirviéramos mejor. Grande, porque más rica, más

fuerte y más cooperativa. Libre, en fin, porque siéndolo hacia adentro, potenciaría también más su

libertad exterior de decisión.

He aquí una tarea importante para levantar ilusiones y para recoger tantas fuerzas dispersas y a veces

desesperadas.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

< Volver