Autor: Trías Fargas, Ramón. 
   Por favor, ¡no somos separatistas!     
 
 ABC.    13/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. VIERNES, 13 DE MAYO DE 1977.

POR FAVOR, ¡NO SOMOS SEPARATISTAS!

Por Ramón TRIAS FARGAS

EN los ajetreos de la campaña electoral, Que ya está iniciada se dicen muchas cosas, a veces mal dichas y

casi siempre peor entendidas. Desde el punto de vista de mis opiniones acerca de Cataluña me interesa

enormemente aclarar las cosas frente, precisamente, a los españoles no catalanes. Por ello le he rosado al

director de A B C que me ofreciera su hospitalidad y publicara las líneas que a continuación se insertan.

Ante todo, tengo mucho gusto en manifestar de nuevo que no soy separatista y que creo que la gran masa

de los catalanes no es separatista. Y sobre todo creo necesario afirmar que si no somos separatistas es por

motivos de honda preocupación humana más que par motivos interesados. He dicho varias veces que la

cuestión de los mercados españoles con ser importante no es decisiva. Cataluña podría resolver este

problema por su cuenta. Nosotros queremos ser solidarios de una España democrática, moderna y justa,

porque sentimos la necesidad de fraternizar de una manera emotiva y cordial con e1 pueblo castellano,

con el pueblo andaluz y con todos los demás. Sólo unos cuantos tenderos catalanes conciben España

como un mercado para sus productos. Y, cosa curiosa, algunas gentes fuera de Cataluña aceptan

complacidas esta versión. A lo mejor piensan que todo lo que se puede arreglar con dinero tiene fácil

solución. Los primeros cobran por su adhesión a España y los segundos pagan por retener a Cataluña.

Triste cambalache el de esta compraventa da fidelidad. Afortunadamente, la mayoría dentro y fuera de

Cataluña quiere adecentar nuestras relaciones elevándolas a la categoría de pacto fraternal, altruista y

constructivo. No nos rebajemos a nosotros mismos. Es cierto qu« Cataluña ´quiere recuperar una parte de

lo que paga por la cuenta fiscal. Pero debe saberse que la industria catalana se está descapitalizando en

relación con la media española. Debe saberse, también, que si: ese dinero no les podemos crear puestos de

trabajo a los que se incorporan cada año, sea cual sea su origen geográfico, a la población activa del

Principado. Pero obsérvese que estos motivos de sobrevivencia más que de cicatería, no son nada peculiar

de Cataluña. El reparto del dinero fiscal es objeto de negociaciones y transacciones entre todos los niveles

de Gobierno, y entré todos los sectores económicos y entre todas las clases sociales a lo largo ya lo ancho

del Globo terráqueo, sin que nadie se asuste. Por lo demás, Cataluña quiere contribuir económicamente a

mejorar las regiones menos desarrolladas de España. Es cierto que en la periferia se desconfía de la

burocracia estatal a la hora de enfocar éste y otros problemas de la cosa pública. Pero tampoco por este

lado se justifica que nos rasguemos las vestiduras. La desconfianza que los catalanes puedan reservar a

los burócratas no hace más que seguir la línea mundial de rebeldía ante la centralización y léviathanismo

del Estado moderno. En Cataluña ni se dice ni se hace nada que cualquier ciudadano francés, inglés o

americano no sea capaz de entender. Lo que realmente pide Cataluña es una auténtica descentralización

de las funciones y soberanía del Estado, y la pide porque esta manera de operar administrativa y

políticamente es más eficiente que .aquélla que propone concentrar el mando en un solo punto geográfico.

Cataluña no pide nada que no quiera para el resto del país. La descentralización es .algo necesario que

nos-va a beneficiar a todos. Cuanto más descentralizada la gestión de la cosa pública, más eficaz será la

misma. Y «last bút not least», cuanto más se acerque el Poder a la base y a la periferia, que es donde está

el pueblo, mejor quedará garantizada la verdadera democracia. Yo sería un hombre de León y

propugnaría, también, la descentralización. Porque es más eficaz, porque es más democrática, porque es

más humana. Ahora bien, la descentralización puede expresarse a través de dos vías político-jurídicas. El

Estado unitario que negocia con las distintes zonas del país un sistema de autonomías para cada región, es

una manera. Es el camino italiano y es el sistema que se empezó a poner en marcha cuando Ja segunda

República española. Otra fórmula es la del federalismo, que a mí, personalmente, me parece más moderna

y más eficaz y, sobre todo, más automáticamente general. No es el momento de cantar las glorias de ese

mecanismo. Oigamos solamente que funciona bien en muchos países. Digamos, también, que aunque en

España fracasó durante la primera República, .aquella situación de incultura política no tiene por qué

reproducirse. Y, finalmente, quisiera recordar que la etapa del federalismo dualista o centrífugo, por el

que los Estados federados y el Estado federal seguían caminos separados con tendencia a separarse más,

está hoy totalmente superada. Me parece que fue poco antes de la última guerra mundial que Harold Laski

pudo decir que el federalismo había dejado de existir. No era exacto. Lo que había dejado de existir es ése

federalismo competitivo, que acabamos de describir, que ha, sido sustituido con renovado vigor "por el

federalismo cooperativo. Este nuevo enfoque parte de la base de que el Estado debe prestar unos servicios

públicos determinados y que debe dividir sus poderes y soberanía, repartiéndolos entre los miembros de

la federación de tal manera que se alcance una mayor eficacia y una más honda justicia. Es verdad que

muchos catalanes hablan de nacionalismo catalán. Si decidimos no acalorarnos podremos comprobar que

técnicamente pueden hacerlo. Pero si a pesar de todo aceptan cualquiera de las dos fórmulas jurídicas

expuestas y, sobre todo, adelantan sus propuestas razonada, amistosa y pacíficamente, lo mejor es

cooperar en la búsqueda de soluciones constructivas. Máxime si los catalanes llegan a cualquier solución

que constituye una España de todos, basada en la libertad de todos, con los brazos abiertos.

Cualquiera de las fórmulas antes expuestas —autonomismo - federalismo— satisfaría, pues, a Cataluña.

También le conviene, cualquiera de ellas, á España. No creo que deban rechazarse simplemente para

darles un disgusto a los catalanes. Y hablando de disgustos, me lo llevaría irreparable si nadie estrechara

la mano que tan sinceramente tiendo » todos desde esta página.—R. T. F.

 

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