Autor: Soriano Vázquez, Lucio. 
 Testimonio de un fotógrafo de YA. 
 Yo estaba en las Cortes     
 
 Ya.    24/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Testimonio de un fotógrafo de YA

«Yo estaba en las Cortes»

«En principio pasé miedo, después sentí el fracaso» • «Cuando me abrieron la

máquina y me quitaron el carrete, sentí que me desnudaban»

«Mi experiencia ha sido terrible. Yo estaba cumpliendo con mi obligación, con

esa sagrada obligación que tenemos los periodistas de vivir la noticia. Como en

tantas ocasiones, me dispuse a cubrir el servicio gráfico de ´las´ Cortes; en

esta ocasión se trataba de la investidura del candidato don Leopoldo Calvo-

Sotelo. A las cuatro menos diez entraba en el Palacio de las Cortes, con tiempo

suficiente para pasar el acostumbrado control. Nuestro control no es rutinario,

pese a lo que crean muchos lectores. Nos conocen, pero siempre pasamos por la

Policía, que nos saluda, pero al mismo tiempo nos registra la mochila donde

llevamos las máquinas, los carretes y todos aquellos adminículos propios de

nuestra profesión. Ya estamos acostumbrados y no nos molesta; es más, muchas

veces gastamos bromas con los agentes.

Una vez dentro del hemiciclo, me situé en el pasillo de tránsito obligado para

todos los diputados.

Naturalmente, aprovechamos para hacer las primeras placas; es el momento mas

tranquilo, ya que después, cuando comienzan las sesiones, tenemos que estar muy

rápidos de reflejos para captar cualquier gesto, cualquier postura, cualquier

ademán. Antes de comenzar la sesión ya estaba yo en el punto asignado para los

redactores gráficos. Me disponía a plasmar todas las intervenciones de los

distintos parlamentarios. Había consumido un carrete que fue enviado al

periódico para ir adelantando la información. Recuerdo que eran aproximadamente

las seis de la tarde, seguía la musiquilla del secretario nombrando a los

distintos diputados, y éstos, a su vez, dando su voto. Habrían pasado unos

veinte minutos más cuando algo me llamó la atención. No es usual que se

interrumpa una votación, y observé que el secretario se cortaba a la hora de

pronunciar el siguiente nombre. Preparé la máquina. Allí podía haber anécdota

mas que suceso, ya que pensé que se había encasquillado con un apellido raro, y

siempre es noticia dentro del burrimiento- general que supone una votación.

Cuando veo entrar a un tropel de guardias civiles, por ambas puertas del

hemiciclo. Él secretario seguía callado y yo observé

los movimientos que se producían. Todo fue muy rápido. Un guardia civil subió a

la presidencia.

Un guardia civil, que después supimos se trataba del teniente coronel Tejero, y

vi como con su pistola amenazaba al presidente de la Cámara. Rápidamente pensé

que se trataba de un comando de Eta militar.

La ocasión era la más pintiparada para disparar mi máquina. No lo dudé. Apretaba

el disparador tratando de coger todos los detalles, cuando de pronto escuchamos

un vozarrón que nos conminaba tirarnos al suelo. ¡Paca-mora! Se oyeron ráfagas

de metralleta. Yo, hubo un momento que no sabía de qué iba aquello. Pero observé

que a mi alrededor´ todos se tiraban al suelo rápidamente. Por mimetismo, por no

sé qué, yo también estaba tumbado, pero aún estando encima de algún compañero,

traté de disparar la máquina, de captar el documento. Creo que hice dos o tres

disparos. En el fondo, aunque amedrentado, yo estaba muy orgulloso y contento.

Tenía, eso pensaba, unas fotos extraordinarias, unos documentos impresionantes.

Claramente escuchaba las órdenes que continuamente nos daban:

«Que nadie se mueva...» «Aquí no paga nada, pero que nadie se mueva» ¡Paca-mora!

Estuvimos como unos doce minutos con la nariz pegada al suelo. Estaba muy

incómodo, a pesar de que seguía encima de la espalda de un compañero. Nadie

hablaba, todos obedecíamos y apenas nos movíamos como no fuera para respirar

hondo. Otra orden nos llegó claramente. «Pueden levantarse y sentarse poniendo

las manos encima del pupitre. Nosotros, los fotógrafos de prensa, no tenemos

pupitre, por lo que intuitivamente nos sentamos poniendo las manos muy a la

vista. El tiempo pasaba lentamente. No puedo decir exactamente cuánto tiempo

estuvimos en esa posición..., una hora, hora y media, no sé. Algunos diputados

se movían, iban a los servicios. A mi espalda había un sargento de la

Benemérita. Yo lo adivinaba más que lo veía.

Por la escalerilla subió otro número que se dirigió hacia nosotros reclamando

los carretes de la máquina. Abrí la mía y se lo entregué precisamente al

sargento que estaba detrás de mí. Lo mismo hicieron el resto de los compañeros.

Aún me quedaba la máquina en mi poder, pero a continuación nos mandaron bajar

hacia el pasillo de salida. Aún llevaba yo mi .máquina y mi mochila. Otro

guardia civil nos dijo con voz muy clara que teníamos que dejar la máquina y la

mochila, es decir, todo el equipo. Aún estuvimos un buen rato.

Nos dijeron que íbamos a salir, pero que no nos preocupáramos, que ni la máquina

ni" el material sufriría deterioro. Alrededor de las diez menos cuarto

decidieron que abandonáramos. el palacio de las Cortes. Yo dije que si me podía

llevar la máquina, puesto que el carrete ya se lo había entregado al sargento.

¡Paca-mora! Me dijeron que no. Que la máquina se quedaba allí. Que no nos

preocupáramos, que el material no solamente no se deterioraría sino que tampoco

se perdería.

Me fui .derecho al periódico a confesar mi fracaso al director. Digo mí fracaso

porque aún no esto y repuesto de no haber podido sacar los documentos que filmé.

En el periódico me han consolado, en el periódico me han comprendido, pero a

pesar de ello sigo pensando que pude haber guardado los carretes si me hubiera

dado tiempo a sacarlos de la máquina.

He pasado miedo. Lo reconozco. Cuando nos mandaron tirarnos al suelo y escuché

la ráfaga de tiros que se sucedieron temí, lo peor. Después estuve más

tranquilo, aunque no dejé de pensar nunca en las fotos impresionadas y que no he

podido sacar.

Cuando ya estaba expoliado, quise ir a los servicios, pedí el correspondiente

permiso y me autorizaron. En la puerta de entrada había un guardia civil con la

metralleta en la mano. En el interior había otro guardia civil con otra

metralleta. Dentro estaba el diputado socialista Gregorio Peces-Barba. ¡Paca-

mora! No nos hablamos, solamente intercambié una mirada con él en la que sin

decirnos nada nos decíamos muchas cosas.

Es una nueva experiencia que agregar a mi dilatada vida profesional. Una de las

más trágicas y emotivas.

Ya ha pasado.»

Lucio SORIANO

 

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