Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
 Pequeños relatos. 
 El Rey     
 
 ABC.    25/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

OPINIÓN

MIÉRCOLES 25-2-81

Pequeños relatos

El Rey

Hay que reconocer que la elección del momento —Gobierno y Congreso reunidos en

su totalidad— y e) instante de llevar a cabo la acción, la votación de

Investidura, hacían suponer una meditación acertada para ese acontecimiento

histórico. La incógnita era el volumen de la conspiración y la asistencia

militar a ese golpe. El acompañamiento, aunque fuera a título de prevención, por

parte de la´Capitanía General de Valencia, era un indicio favorable de que

aquella acción sorprendente no era solitaria. Pero unas horas después aparecía

la figura del Rey por las pantallas de televisión, vestido de capitán genera! de

las Fuerzas Armadas, escogía su sitio constituctónal y dirigía como Jefe del

Estado una acción para defender la Constitución y ta democracia. Quien había

traído la democracia en 1976 se apresuraba a defenderla en 1981. Quedaba

solamente la última incógnita, y que no era otra que el comportamiento de las

Fuerzas Armadas con el Rey. Esto se despejaría muy pronto. El Ejército, en sus

tres Armas, no secundaba la acción del teniente coronel Tejero, o de quien

estuviera detrás de esa acción.

El pueblo español estaba solamente expectante: se metió en casa y se dispuso a

enterarse de lo que pasaba por la radio y la televisión. Las fuerzas políticas

renunciaban a la calle, y éste era un caso insólito en nuestro siglo y medio de

turbulencias civiles y militares. Solamente el Rey era la clave de todo. En el

supuesto de que e! Monarca hubiera elegido el otro camino, habría tenido

exactamente a su lado a las Fuerzas Armadas. Se envanecen ahora algunos

políticos de haber traído la democracia como alternativa al régimen anterior.

Históricamente no es exacto, aunque las fuerzas políticas democráticas

ejercieran alguna presión considerable en este asunto. Quien realizaba,

inteligentemente y sagazmente, el cambio era el Rey. Ahora, cinco años después,

y con todos los líderes y representantes políticos encerrados y secuestrados en

el propio Congreso, el mantenedor de la democracia y el liberador de sus

mandatarios ha sido también el Rey.

Resulta que al Rey le obedecen las Fuerzas Armadas, que el pueblo no es ya

aventurero de motines o de causas de uno u otro signo; y que lo más débil de

nuestra situación son sus políticos, en un lamentable estado de desavenencia

interior, que estaba produciendo en tos debates últimos todos tos esfuerzos

inimaginables para restar la asistencia necesaria a un Gobierno que, como se ha

probado al final, no debe mostrar una investidura en precario, cuando se

aglomeran sobre el pa/s los problemas y las circunstancias graves. Parece,

afortunadamente, que su nerviosismo habitual ha tenido la contrapartida

encomiable de su tranquilidad en el secuestro.

Hay que reconocer, por otro lado, y objetivamente, algunas cosas: que los

asaltantes no han ejercido violencia de sangre y han sido —dentro de lo que cabe

en estos casos— correctos. Y que los señores Suárez, Gutiérrez Mellado y

Carrillo fueron ejemplares en sus comportamientos iniciales, con sobra de

diginidad y valor. Estuvieron en sus puestos dignamente. Los demás fueron

necesariamente obedientes.

Más adelante hubo también otros comportamientos estimulantes de seriedad

personal, en función de las obligaciones de sus dignidades.

Pero el protagonista, el Rey. La Corona es la institución más fuerte de la

democracia. El 23 de febrero de 1981 registrará este nombre a efectos de los que

quieran ser cronistas e historiadores de estos años.

Emilio ROMERO.

 

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