Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   No hay tierra prometida     
 
 ABC.    16/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

NO HAY TIERRA PROMETIDA

LOS Estados Unidos de América acaban de iniciar la celebración del segundo centenario de su

independencia. Pocas veces en la historia de la Humanidad un acontecimiento conmemorativo se presta a

tantas consideraciones útiles para el presente; por la importancia de lo ocurrido, por lo ejemplar y

relevante para el resto del mundo, y porque lo reciente y rápido del desarrollo nos permite comprenderlo

sin cambio de perspectiva.

Hace doscientos años, el mapa de América era completamente diferente del actual. Brasil era una colonia

portuguesa; Canadá, una colonia británica, recién conquistada a Francia, que estaba también en Haití y en

otras islas; España estaba en el momento de la máxima extensión de su imperio americano, que aparte del

actual Méjico, Centroamérica y Sudaméríca (menos Brasil y las Guayanas) comprendía las Floridas, la

Luisiana (que había dejado de ser francesa), Nuevo Méjico y otras extensas zonas del Oeste, y nuestros

franciscanos estaban fundando misiones por toda California.

Los colonos que se van a hacer independientes de la Corona británica controlaban un arco de la costa

oriental (hasta el norte de Florida) y llegaban, con más o menos ocupación efectiva, a ocupar a lo sumo

una décima parte del territorio actual de la Unión. Contando a los esclavos negros (numerosos en las

plantaciones del Sur), no llegaban a cinco millones de habitantes. Si uno de ellos hubiera intentado llegar

a San Francisco (una misión franciscana, fundada poco antes por fray Junípero Serra) hubiera tardado, a

caballo, casi ochenta días; pero no hubiera podido llegar, porque los sioux o los comanches habrían

cobrado su cabellera a medio camino.

Lo que luego pasó allí, en los dos últimos siglos, constituye ciertamente motivo de legítimo orgullo para

los americanos y de admiración para los demás. Los americanos han creado, en poco tiempo, el sistema

económico más grande y eficiente del mundo; un sistema social que, sin ser perfecto, ha dado un margen

no conocido antes de libertad para «perseguir la felicidad» (como dice la Constitución de los Estados

Unidos) y de movilidad social; un sistema político que ha hecho compatible una gran flexibilidad y

descentralización del poder, compatible con un colosal poderío militar, que ha dado a América una

situación de superpotencia mundial.

Y, sin embargo..., la América del bicentenario se enfrenta con problemas formidables y, lo que es más,

con una profunda crisis moral. Los que hemos recorrido a fondo el país, en los últimos años, más allá de

Nueva York y de Washington, lo sabemos bien.

Hay que conocer la Florida, llena de cubanos; haber estado en Dallas, a los pocos, meses del asesinato de

Kennedy» o en Houston, rodeado de petróleo y de astronautas; llegar al San Luis sublevado

por la muerte trágica de Lutero King, y que ya había olvidado el vuelo fantástico de Lindberg; ver los

problemas del alcalde Daley para mantener el orden en Chicago ; o haber llegado al «campus» de

Berkeley en 1964, cuando estaba a punto de estallar la rebelión universitaria, y discutir allí la situación

con el profesor Lipset (que tendría que irse de la Universidad, pero escribió un libro importante al

respecto) ; y haber pasado por tantas otras experiencias de cinco viajes por la gran nación para darse

cuenta de la profundidad de la crisis.

Porque es una crisis moral y filosófica. Los americanos aceptaron la teología calvinista de la «tierra

prometida», que secularizaron para convertirla en un «destino manifiesto», luego trivializado en un

«sueño americano». Creyeron de buena fe en ser el pueblo elegido, que por primera vez realizaría un

ideal, humano sin las limitaciones de la naturaleza y de la historia.

Todo parecía confirmarlo: una tierra virgen (de la que bastaba eliminar, como mosquitos, a los indios),

unos recursos mineros y agrícolas fantásticos, una situación geopolítica sin rivales que pudiera compensar

el poder americano.

Pero se llegó a la última frontera, y el país hubo de enfrentarse con los problemas normales de la vida

social. Hay un momento en que no puede tomar la carreta e ir más al Oeste. Y entonces resulta que, en

cualquier sociedad, hay negros difíciles de .integrar (en otros sitios los negros no tienen color, pero

también los hay). Resulta que hay jóvenes que toman drogas, y padres que beben, y madres que se

divorcian. Resulta que no basta con destruir a bombazos el poder militar de Alemania y de Japón para

establecer sin más un nuevo orden en la Europa central o en el Sudeste asiático. Resulta, en fin, que en

este mundo no hay tierra prometida; que, como dijo nuestro Argensola, la tierra no es «el centro de las

almas».

Yo estoy persuadido de que América saldrá renovada y más templada de sus últimas y difíciles

experiencias. Pero píenso en la importancia de su ejemplo para todos los demás pueblos y, por supuesto,

para nosotros también.

También nosotros tuvimos nuestro momento de gloria, nuestro cénit imperial, nuestra tentación de pensar

que «Dios se había vuelto español». También nosotros tuvimos nuestros tristes desengaños; y quizá

demasiado tiempo de mirar hacia atrás, de buscar los modelos en el pasado, en vez de mirar

decididamente hacia adelante.

Ya sé que algunos dirán que aún quedan nuevas utopías por explorar. Yo lo dudo. No puedo decir que

conozca Rusia o China como conozco América, pero lo dudo. En todo caso, de esto hablaremos otro día;

y los que hablen dentro de dos siglos, aún hablarán mejor.

Yo creo que es bueno saber que no hay tierra prometida. Era ese un mito de hombres que vivían en un

mundo aún no explorado a fondo y cuyas promesas valía la pena explorar. Pero no hay rincones

desconocidos. Los satélites espaciales, además, lo escudriñan y fotografían todo desde arriba. Aquel de la

tierra prometida era el sueño de unos hombres, de un tiempo. Hace, sin embargo, sólo algunos años un

presidente de los Estados Unidos de América propuso a su país construir una nueva frontera. Se ve que el

corazón del hombre no tiene remedio y no se cansa en la busca de un mundo mejor para poder vivir mejor

en el sentido total de esa frase. El futuro está siempre abierto y nos convoca para nuevos y desconocidos

retos.

Saber que no hay tierra prometida no autoriza ni debe llevarnos a deducir la conclusión pesimista de

cierta derecha incorregible; ni a renunciar a las ilusiones, ni a dejar de pelear por la justicia. Bien al

contrario. Nos hace saber que toda conquista es difícil; que no hay éxitos sin esfuerzo y sin sacrificio; que

la autocomplacencia sin comprensión ni compasión hacia los demás ni dura ni vale nada.

Hay que atravesar un largo desierto para merecer un oasis; hay que mirar el futuro con una esperanza que

nace de la fe y de la caridad, más que de la suficiencia; hay que tener el valor de enfrentarse con la verdad

y de decirla.

La verdad es que la vida de los hombres sobre la tierra es difícil; que hay que inventarla de nuevo en cada

generación; que no vale aferrarse a lo que fue bueno para nuestros abuelos, y tampoco a lo que es bueno

para los chinos, y menos aún a lo que nos dicen lo será en este o aquel cenáculo. Lo que sí hay que hacer

es pelear cada día para que haya más puestos de trabajo, más escuelas, más caminos, más comunicación,

más oportunidades, más libertad, más imaginación y también más maravillosa aventura humana.

Sabiendo que sin riesgo no hay merecimiento, y que «al vencer sin peligro se triunfa sin gloria».

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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