Autor: Urbano, Pilar. 
   La noche de las metralletas largas     
 
 ABC.    25/02/1981.  Página: 15-16. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

MIÉRCOLES 25-2-81

NACIONAL

Hilo directo

La noche de las metralletas largas

«Teniente coronel Tejero, yo soy el que doy las órdenes en esta Cámara. Y se

saldrá del siguiente modo:

primero, los diputados; después, el Gobierno, y, por último, la Mesa del

Congreso.» Landelino Lavilla había recuperado su autoridad. El rostro tenso, los

ojos enrojecidos por el insomnio y llanto, porque en algún momento de la noche,

y en su despacho, desde donde pudo telefonear a su mujer, había Horado de rabia

y de emociones encontradas. Era mediodía. El «golpe» había fracasado. España,

alerta y conmovida, pero serena, vivía con emoción los últimos minutos de una

atroz pesadilla que mantuvo en vela a todos ios españoles. Y el Rey el primero.

Habfa sido la larga noche del desafío de unas pistolas, de la arrogancia de unos

tricornios. Noche del miedo y la incertidumbre. Noche de los sollozos y los

nervios. Noche de la espera tensa y de los rezos íntimos. Noche de las reuniones

apresuradas, entre los altos mandos militares, chequeando la situación en las

distintas regiones. Noche de las estrategias urgentes sobre una mesa del hotel

Palace, entre Aramburu, Laina y Saénz de Santamaría. Noche de las llamadas

telefónicas, de Zarzuela a las Capitanías Generales.

Noche del Parlamento secuestrado. Noche de las familias desasosegadas. Noche en

que Televisión Española emitía estúpidas películas de Bob Hope y de chimpancés.

Noche de un demente, ebrio de humillaciones, con mano dura. Noche, y qué larga

noche, de las metralletas negras encañonando la paz de todos. Y la larga noche

se, desgranó minuto a minuto... Se apaga el friso semicircular de los focos

altos.

La Cámara queda en triste penumbra. Varios guardias civiles revientan con

navajas las tapicerías de unas sillas y van apilando en la mesa de taquígrafos

unos montones de estopa y crin. Tejero dice a los diputados: «Si se apaga la

luz, que nadie se mueva... Se disparará contra quien intente algo sospechoso.»

«Va a prender una hoguera, ahí en el centro...» «Va a quemar la Constitución.»

«¡Este hombre está locol... ¡Quiere quemar el Parlamento!» La diputada Carmen

Solano grita desde su escaño: «(Nos quieren quemar a todos!» Cunde el miedo.

Tejero y sus oficiales han ido escanciando noticias alarmantes de falsos

levantamientos militares. Los diputados llegan a creer que «las Regiones

Militares II, III y IV apoyan a Milán del Bosch» y que este teniente genera! «es

ya el nuevo jefe del Gobierno en media España»: .«¡Es la dictadura!», se comenta

de escaño en escaño. Pero en los grádenos de UCD hay tres pequeños transistores

de bolsillo: los de Abril Martorell, Jules Guimón y Francisco de la Torre.

Ellos, a hurtadillas de sus «vigilantes», consiguen de cuando en cuando

comunicación de lo que sucede afuera. Corre la voz, en sigilo, de que va a

hablar el Rey. A Bandrés se lo han llevado fuera del hemiciclo. Ansiedad en

todos. «Este hombre es clave ahora para que en el País Vasco no se arme...»

Regresa al cabo de una hora larga. También a Blas Piñar le sacan a los pasillos

dos o tres veces. Está demudado, aunque sereno. No habla con nadie. Se consumen

cigarrilos a centenares. El ambiente físico de la sala va cargándose, a medida

que transcurren las horas.

No hay más refrigerio que agua y azucarillos. Entra un sargento pidiendo un par

de abrigos para Rodríguez Sahagún y Gutiérrez Mellado, que aún permanecen

aislados de los demás, en un despacho.

Herrero de Miñón y Attard ceden sus gabanes. Suárez está retenido y sólo en la

salita que sirve habitualmente para retén de los ujieres, junto al hemiciclo. En

distintos momentos, de noche a madrugada, se han sentido indispuestos algunos

"de los «secuestrados»; Francisco Vázquez, Rodríguez Alcaide, Esperabé, Pérez

Puga, Gabriel Cisneros..., aunque mis noticias serán que «se trató de un

simulacro de lipotimia, para que Gaby pudiese salir como enlace informativo y

dirigirse al Ministerio del Interior, porque se esperaba dentro la actuación de

los GEOS... y podía armarse la parda a tiros». Van llegando, ululantes, las

ambulancias. Aún por la mañana podré ver el cuerpo desmayado del diputado de

UCD, García Margallo. Es el imperio de la taquicardia, la tensión y la

insuficiencia respiratoria.

Tres de la madrugada. Leopoldo Calvo-Sotelo habla con el teniente X... Se ofrece

como rehén por la libertad de todo el Congreso. «¿Se da usted cuenta de la

gravedad de !o que están haciendo...? ¿De la responsabilidad que contraen,

secundando este intento?» El temple de los asaltantes empieza a resquebrajarse.

El refuerzo militar no llega. Tejero fuma ansioso, paseando. Hay guardias

civiles que dicen en confidencia a algunos diputados: «Yo he venido aquí sin

saber de qué iba la cosa», «yo obedecía a mi superior inmediato, subí al autobús

y... a donde me llevaran», «a mí me dijeron que había que reprimir a un comando

de ETA que estaba en el Congreso...» Otros daban sus nombres e identidad para

que se supiese que «no secundaban el asalto».

Ante el pasmo de todos, Tierno Galván duerme. Rosón se mueve con agilidad,

hablando a solas con diversos suboficiales. También Martín Villa va y viene,

inquieto. Calvo-Sotelo y Pérez-Llorca aparecen dignos e impasibles en todo

momento. Hablan entre sí. Se les oye comentar que «la investidura quizá quede

congelada..., el Rey arbitrará, porque la situación ha cambiado mucho en pocas

horas». Diputados centristas y socialistas opinan lo contrario: «Es preciso que

se convoque un Pleno inmediatamente..., en cuanto esta pesadilla acabe...,

incluso sin salir de aquí», «...,y reanudar la votación por donde nos quedamos»,

«e! país no puede estar sin Gobierne una hora más...» Solchaga comenta «la

necesidad de defender entre todos la democracia, con una mayoría tortísima, que

respalde a Leopoldo, previo un Gobierno amplio pactado..., porque es tarea de

todos la ruptura democrática en el aparato del Estado».

Roca, muy conmocionado, dirá: «Los catalanes votaremos sí al candidato Calvo-

Solelo.» Pero aún el horizonte es incierto, y enfrente hostigan las negras

embocaduras de las metralletas. Fernández Ordóñez está desasosegado. En el

momento de mayor «climax» dirá: «Si no nos matan a todos como a conejos..., yo

me voy de este país..., al extranjero... ¡No quiero saber nada de esta

política!»

Un diputado escribe una tarjeta de despedida. La he tenido en mis manos: «Si

algo me pasara, que todos perdonen el ma! que involuntariamente pude causar.

¡Viva España!» Es el centrista salmantino Alberto Estella, que a eso de las ocho

de la mañana se arranca del cuello su cadena de oro de la que pende una

crucecita y la oprime en la mano..., hasta el momento de la liberación.

Fernández Ordóñez llevaba en el bolsillo de la chaqueta el cese de Suárez como

presidente del Gobierno, para que se publicase en el «Boletín Oficial del

Estado». Al ocurrir el asalto, lo rompió. Rosón conservó los pedazos como

«recuerdo para la Historia».

Aún iban a producirse dos incidentes tensísimos de madrugada. Cuando Osear

Alzaga increpó a los guardias civiles llamándoles «terroristas». Un diputado de

escaño vecino me contaría después: «Me sentí ametrallado. Desde todos los puntos

de la Cámara los soldados montaron sus armas y apuntaron hacia nosotros.» Y

cuando Fraga decidió que se iba: «¡Quiero salir de aquí, porque esto es un

atentado contra la democracia! Estamos aquí retenidos por un grupo de hombres

que actúan como forajidos y en contra de las ordenanzas... Esto no favorece al

Rey ni a España ni a la Guardia Civil,..» Se le conmina a volver a su sitio.

Fraga ha descendido por las escalerillas, hasta el rellano alfombrado, y dice !a

frase histórica de «prefiero morir con honra que vivir con vilipendio». Todas

las metralletas le encañonan. Es un momento muy peligroso. Los «civiles» están

nerviosos y desfondados. Saben que el desenlace se aproxima.

Entonces, Alvarez de Miranda baja también de su escaño, desabrochando la

chaqueta y mostrando el pecho, como blanco de las armas que apuntan, mientras

grita: «¡Dispárenme a mí! (Dispárenme a mí!»

Hay diputados que sollozan en silencio. Creen (legado el final. Otros gritan:

«¡Viva España!» «¡Viva la democracia!» Es un tumulto de voces, brazos alzados y

puños amenazantes en los grádenos. Fraga abandona el hemiciclo. Hablaba solas

con Tejero. Le insta a «dialogar con el general Armada». Tejero terqueaba en su

«yo no hablo nada más que con Miláns del Bosch...»

«Cuando vi que salían las diputados pensé: "Esto se ha acabado para todos

nosotros", explican Escuredo y Faura. La comunista Pilar Brabo y la socialista

María Izquierdo se negaron rotundamente a abandonar el Congreso.» Dentro, los

asaltantes han disminuido: unos se han entregado a la Policía Nacional, otros

han salido por una ventana deponiendo las annas. Las inmediaciones del Congreso

están rodeadas por fuerte contingente de la Guardia Civil. Los generales

Aramburu y Santamaría pactan con Tejero una rendición no vergonzante «en El

Pardo, escoltado y sin fotógrafos..., y asumo toda la responsabilidad de los

hechos», ha dicho Tejero. El teniente X... llora, apoyado en una pared. Entran

en el hemiciclo, serios, ojerosos y demacrados, Suárez, Gutiérrez Mellado,

Sahagún, Carrillo, Felipe González y Guerra.

Ocupan sus puestos. Fraga se acerca a Bandrés y le dice: «Bien sabe usted que

no le tengo ninguna simpatía, ni creo que se la llegue a tener nunca. Pero por

nada del mundo hubiese yo permitido que aquí le pusieran a usted una mano

encima.».Y los dos hombres, visceralmente adversarios, se miran en emocionado

silencio. Son las doce menos cuatro minutos del mediodía. En medio de un

imponente silencio de gran carga dramática se inicia la salida. Fuera luce un

radiante sol. Quinientos periodistas registramos el momento. La paz, la

libertad, la democracia..., han podido quedar acribilladas en una mala noche. Y

España ha estado en vilo.—Pilar URBANO.

 

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