Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
 Adolfo Suárez, a sus colaboradores. 
 No sé-me dijo un guardia-: yo estaba comiendo y me ordenaron que subiera a un autobús     
 
 ABC.    25/02/1981.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Adolfo Suárez, a sus colaboradores

NACIONAL

«No sé —me dijo un guardia—: yo estaba comiendo y me ordenaron que subiera a un

autobús»

MADRID (Lorenzo López Sancho). A las 13,35 consigo contacto con la Moncloa.

Alberto Aza, jefe del Gabinete del presidente del Gobierno, responde a mi

llamada.

—Un momento —me pide—, llega el presidente.

Oigo una salva de aplausos que recoge mi teléfono. Vuelve Aza.

—¿Quiénes aplaudían?

—Los ministros y secretarios que ya han llegado. El presidente regresa ahora de

la Zarzuela.

—¿Dónde has estado durante esta noche?

—Con el equipo que se formó en el Ministerio del Interior —me cuenta—. Un gran

equipo de magníficos profesionales del Ministerio bajo la dirección enérgica,

segura, tranquila de Paco Laina, el director general de Seguridad del Estado,

que ha sido el eje admirable de la acción coordinada al ser sustituido, por

orden del Rey, el Gobierno, en aquel momento prisionero en el Palacio de las

Cortes. Laina ha demostrado tener una talla excepcional de hombre de Estado.

Toma decisiones con aplomo y rapidez, se ha mostrado impermeable al barullo

confuso de proposiciones e ideas que en algunos momentos le rodeaban y ha

actuado de un modo perfecto, en contacto permanente con la Zarzuela, con los

mandos militares, en una actitud de autoridad y firmeza impresionantes.

—Cuéntame las cosas por orden —le pido.

—Estaba en las Cortes cuando se produjo la irrupción de los guardias civiles.

Pensé, en el primer momento, si sería un comando de la ETA. Algunos de los

invasores me obligaron a tirarme al suelo en el despacho de Landelino Lavilla,

en el que se hallaban ya otras personas. Poco después entró allí un teniente

joven, alto, de bigote fino, que asumía un aspecto tranquilizador. Había tres

inspectores de Policía muy asustados. Nos dejaron bajo la vigilancia de un cabo,

de aspecto muy rudo, provisto de. una metralleta, que nos conminó duramente: «Se

acabó el hablar por teléfono.» Poco después apareció en el despacho un muchacho

de paisano, armado con una metralleta, parecía muy nervioso y se fue.

—La sensación era de que todo´ estaba muy desorganizado. Poco después nos

permitieron levantarnos y pasear. Había un gran desbarajuste y una

desuniformidad evidente; junto a guardias uniformados actuaban tipos con atavíos

pintorescos que iban y venían.

—¿Pudiste hablar con el presidente?

—No me dejaron pasar al hemiciclo. Un guardia me preguntó si era diputado o qué

era. «Yo le dije, soy funcionario. Funcionario de la Presidencia.» El teniente

me miró con una mirada muy especial. «A ver dijo poco después a algunos de los

ocupantes—, los funcionarios pueden marcharse.» «¿Pueden o tienen que

marcharse?, pregunté. «Tienen que marcharse», me contestó.

—Entonces —continúa Alberto Aza— pude asomarme al hemiciclo. Habían desaparecido

ya el teniente general Gutiérrez Mellado, Adolfo Suárez y los otros. No sabía

qué había sido de ellos. Entonces se hizo saber a los diputados y a cuantos

estábamos por allí que al alzamiento de Miláns del Bosch se habían sumado otras

Capitanías Generales. Se produjo una enorme tensión, pero algo después se leyó

el comunicado de Miláns del Bosch; «menos mal», pensé. El alivio no duró, ya que

entonces se nos advirtió .que si se apagaban las luces se daría orden de

disparar.

El tiempo —prosigue— se deslizaba pesadamente. Sonaron órdenes de que los

civiles, no miembros del Gobierno o el Parlamento,se podían marchar. Se

insistió: «Se tenían que marchar.» Hubo como una especie de flotamiento y pude

ver a unos tenientes que andaban de acá para allá como si no supieran bien qué

tenían que hacer. Pude hablar con varios guardias. Alguno, a mis preguntas de

que si sabían para qué habían sido puestos en movimiento, me contestó: «No sé.

Estaba comiendo en casa y me dieron orden de que subiera a un autobús. Y eso

hice.»

Al fin —continúa Aza— salimos a la calle. Antes, por dos veces, al obedecer la

orden de salir y tratar de hacerlo, me habían cortado el paso las patrullas de

control y aun al decirles que era funcionario me habían echado atrás. Era

evidente que no había coordinación ni órdenes claras.

—¿Qué hiciste cuando al fin te hicieron salir?

—Las calles estaban casi desiertas, aunque eran poco más de las diez de la

noche. Me fui al Ministerio del Interior. En el intenso trabajo que allí se

desarrollaba, serenamente regido por Laina, se obtenía alguna información de lo

que estaba sucediendo dentro de las Cortes. Los ocupantes se estaban desinflando

arcomprobar que el tiempo pasaba y que nadie se sumaba al movimiento subversivo.

Por otra parte, los diputados tenían noticias de lo que pasaba fuera gracias á

una pequeña radio portátil que tenía el diputado por Málaga, Paco Torres,´ y que

los´guardias no habían descubierto.-. La intoxicación que se trataba de hacer

con noticias de que ya había un Gobierno militar establecido no ..lograba su

efecto gracias a ese mínimo receptor.

—¿Pudiste ver, hablar, con Adolfo Suárez?

—No. Supe que al hacer resistencia lo habían encerrado en el cuartito que tienen

los ujieres para llevar agua a los diputados y que allí lo tenían vigilado.

Carmen Echave, miembro de UCD, había conseguido camuflarse y circulaba con

habilidad. Durante aquellas horas pudo llevar al presidente, que estaba, según

me dijo, sereno e indignado, algunos cafés y pitillos. A medida que pasaban las

horas, la impresión de que el Rey tenía la lealtad y el apoyo de las Fuerzas

Armadas, de los partidos políticos y del pueblo, se acrecentaba. Cuando Miláns

del Bosch hizo saber que anulaba el Bando de Guerra comprendimos que se acercaba

el final. Lo demás ya es sabido. Ahora, como has oído por el teléfono, Suárez,

acogido con aplausos, va a reunir al Consejo de Ministros. Todo ha sido una

enorme y dramática locura, una noche terrible, pero la gran prueba de que la

Democracia es firme y que el Rey es una gran figura histórica capaz de mantener

con entereza la Constitución y la Corona.

MIÉRCOLES 25-2-81

 

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