Lo que está en juego     
 
 ABC.    25/02/1982.  Página: 2-3. Páginas: 2. Párrafos: 21. 

Lo que está en juego

Ahora, cuando empieza a alejarse la pesadilla —esas dieciséis horas que

parecieron durar largos días—, ha llegado para los españolee la hora de la

reflexión común. Porque, evidentemente, nos equivocaríamos todos creyendo que lo

ocurrido en el Parlamento es simplemente la aventura de un exaltado, que ahora

nos permitiera lavarnos a todos las manos.

El «golpe del 23 de febrero" ha sido mucho más, que una anécdota. No es

necesario regresar a la contemplación de su gravedad: ante el mundo nos ha

robado buena parte del prestigio de pueblo serio y demócrata que habíamos

logrado acumular en unos años; ante la conciencia nacional, ha servido para

mostrar una honda grieta, en cuyo fondo siguen estando vivos todos los fantasmas

que creíamos enterrados.

Olvidemos ya todo lo que de novelesco ha tenido la aventura del teniente coronel

Tejero. Pero hagamos dos afirmaciones que sólo cerrando los ojos pueden hoy

ignorarse: La democracia no está construida. La Constitución no está

consolidada. Evidentemente, cuando un grupo de guardias, dirigidos por un

arrebatado, puede acercarnos al desastre, es que no son tan sólidos los pilares

de nuestra democracia. Y cuando hay muchos cientos de miles de españoles que,

sin dar en absoluto la razón a los procedimientos de los golpistas, piensan que

hay que conseguir un orden público más sólido y hablar menos de Constitución,

cuando incluso un alto porcentaje de esos preocupados parece estar dispuesto a

renunciar ¡nada menos que a la libertad! para conseguir tranquilidad y trabajo,

es probable que hayamos construido una Constitución más o menos perfecta, pero

que, simultáneamente, no hayamos conseguido convertirla en. carne viva de toda

la nación.

Por ello, porque los dos valores fundamentales de nuestra convivencia:

democracia y Constitución, siguen estando en peligro, parece que habría llegado

la hora de someter a hondo examen lo que en la amarga coyuntura de ayer funcionó

y lo que ayer se demostró inestable.

Funcionó, en primer lugar, la persona y la función del Rey. Casi nos daría pudor

subrayar esto si el consenso nacional en torno a esa afirmación no se hubiera

mostrado tan rotundo. No hace aún quince días vimos al Rey soportando impávido

en Guernica la agresión desconsiderada de un grupo de fanáticos. Y admiramos

todos su magnífica serenidad. Pero aquello no era nada comparado con la

encrucijada a que ayer se le sometió, Esta vez no se trataba de aguantar unos

insultos. Esta vez había que actuar, tomar el timón, conducir con firme mano

hacia la- obediencia muchas voluntades. Y lo hizo con el pulso y la medida que

cada vez caracterizan más claramente toda su real empresa. El día que la

Historia nos descubra todos los hilos subterráneos que ayer se movieron en

España la tendremos que proclamar que literalmente fue el Rey quien ayer salva

la. democracia y la Constitución. Imaginarse lo que ayer habría sido de España

sin su suprema intervención es algo que simplemente horroriza.

Funcionó, en segundo lugar, la obediencia de los más altos jefes del Ejército al

cumplir todos al pie de la letra lo que ordenaba su jefe supremo y lo que señala

al Ejército la Constitución. Y el valor de esta obediencia es doble —

subrayémoslo—, puesto que en algunos de ellos surgió esa obediencia «contra

corriente» de su ideología y de su corazón. Ignorar que grupos dignísimos de la,

milicia tienen en carne viva las heridas de tantos y tantos muertos al servicio

de la comunidad sería peor que ingratitud. Pedir permanentemente el heroísmo a

un grupo humano que ha de soportar que se juegue con su honor y se arriesgue su

vicia es probablemente pedir a ese grupo un valor inhumano, es decir, algo que

está siempre a riesgo de quebrarse y que podría llegar a poner en peligro esa

magnífica obediencia de los mejores.

¿Y el pueblo? Hagamos también el elogio de su calma. Salvo los pequeños

grupúsculos enloquecidos del "Tejero, mátalos», la comunidad no se lanzó a

aventuras absurdas y supo —en parte probablemente por el miedo colectivo, en

parte también por la honda sabiduría de un pueblo que ya sabe lo que se juega

con la violencia— guardar una laudable serenidad y seguir con apasionado interés

la suerte de la Patria.

Es evidente que habrá que exigir responsabilidades de lo ocurrido a todos los

responsables de la gran locura, estén donde estén, sean quienes sean, sin

limitarse, una vez más, a las soluciones tranquilizadoras, a buscar chivos

expiatorios en los más audaces, sin llegar hasta lo último de los culpables.

Habrá que preguntarse por la raíz de todos los fallos que ayer aparecieron al

descubierto: la mediocridad de unos servicios de información que no supieron

prever algo tan grave; los defectos de protección de una institución que reunía

nada menos que al Gobierno entero y a todos los representantes de la nación.

Habrá que revisar la torpeza y precipitación con que toda la nación trató la

historia de «Galaxia» que estaba en el origen de lo ocurrido ayer. Y no bastará

con preguntar por lo simbólico de unas penas impuestas por una intentona tan

grave, tendremos que preguntarnos todos —empezando por los periodistaa— con qué

objetividad

juzgamos aquel caso que muchos presentaron como una añagaza del presidente

Suárez para darse importancia.

Pero el examen deberá ir en mayor profundidad. Lo ocurrido ayer en el

Parlamento, ¿no tendrá que influir,forzosamente en el nuevo Gobierno y en el

futuro modo de gobernar? ¿Podrá seguir simplemente la sesión de investidura como

si su interrupción se debiera a una simple indisposición del candidato o de los

parlamentarios?

No estamos pidiendo aquí retrasos en la sesión de investidura. El país no puede

hoy permitirse un nuevo periodo sin Gobierno.

Pero es evidente que «algo» tendrá que variar en esa investidura. Si se

confirmase —como anuncian algunos rumores— el cambio de voto de varios grupos

parlamentarios, habríamos dado un primer paso para demostrar al país que hay

cosas y horas en que algunos valores deben pasar por encima de las mismas

opiniones de grupo.

Mas es claro que no se trata sólo de un gesto de apoyo y unidad simbólicos. Ese

gesto tendría que abrir paso a un pacto de colaboración en algunos valores

fundaméntalos.

Es claro que son grandes las diferencias que separan a un hombre de derechas y a

otro de izquierdas. Pero esta diferencia palidece al lado de la diferencia que

separa a quienes están dispuestos a cumplir la Constitución y a los que aspiran

a pulverizarla.

Este valor de defensa de la democracia y la Constitución debería primar sobre

todos. Y sería necesario sacar las conclusiones de esa primacía. No se puede

seguir jugando frivolamente en el tema del orden público. No se pueden poner ni

de lejos en juego valores como el honor nacional. No se puede seguir llenando el

Parlamento de ambigüedades que pueden haber dado, no razan . pero sí pretexto o

disculpa a algunos desequilibrados.

Hace tres días el problema era si Calvo Sotelo llegaría al fin de la

legislatura. Ayer hemos visto que hay antes otro problema: el que la democracia

llegue a ese final.

 

< Volver