Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
 Escenas parlamentarias. 
 Un tricornio en el hemiciclo     
 
 ABC.    25/02/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Escenas parlamentarias

Un tricornio en el hemiciclo

El caballo de Pavía ha dado una nueva balotada por el campo de nuestra historia.

La figura del teniente coronel Tejero, erguido junto a la mesa del presidente

del Congreso, embravecido detrás de sus negros y fieros bigotes, y descargando

su pistola contra la cúpula del templo de las leyes, ha pasado ya a los

repetidos anales de la vida política de este país, hecha de sueños de libertad,

de intentonas, de golpes y de sobresaltos. En el museo de la congoja política de

España hay una nueva pieza. El caballo de Pavía. El espadón de Loja. Los

uniformes de la sanjurada. Las proclamas de don Miguel. El tricornio de Tejero.

Está visto que, aquí, la democracia sólo puede ser una democracia a sustos. Los

políticos que en nuestro país han protagonizado los sueños de libertad y la

fundación de la democracia casi siempre se han presentado a la escena con las

manos caídas y vacías, y a veces el vacío lo tienen también en la cabeza. Luego,

siempre llega alguien que intenta ponerles manos arriba y mandarles a casa,

cesantes y mudos, con ellas en el bolsillo de la levita. Y así venimos dando

tumbos desde hace dos siglos, dando vivas unas veces a las cadenas y otras a la

revolución.

Esta vez el caballo de Pavía nos ha dado un susto. O un relincho de aviso. Sus

señorías no se han arrojado por las ventanas del palacio de la Carrera de San

Jerónimo como en los grabados de 1874. Se han limitado a permanecer unos minutos

bajo el asiento de sus escaños y a soportar con entereza y con tres o cuatro

lipotimias dieciocho horas de secuestro, de libertad herida, de Constitución

vulnerada, de lesa democracia. El espejo mágico de la televisión nos ha mostrado

ese espectáculo tragicómico del hemiciclo desierto, como en las sesiones más

solemnes del tedio parlamentario. No parecía sino que hubiese pedido la palabra

don Fernando Abril Martorell. Las cámaras de televisión, testigos elocuentes e

implacables, guardaban para la historia, para la grande y para la mínima

historia, el arrojo del teniente general Gutiérrez Mellado cuando se iba hacia

el teniente coronel Tejero para desarmarle y reducirle. Al tableteo —sí, no sí—

de los votos para la investidura sucedió el tableteo de los disparos.

Felizmente, la bóveda del palacio fue la única que sufrió fusilamiento. El

hemiciclo se limpió de cabezas, como si la ráfaga las hubiese cortado. Los

padres de la patria recibían el bautismo de fuego y las leyes sufrían la

humillación de las armas.

Hubo un momento en que sólo la cabeza del presidente del Gobierno —presidente en

el último trance, presidente de última voluntad en la cabecera del banco azul—

se recortaba sobre el respaldo del escaño. Don Adolfo Suárez permanecía sentado

serenamente en su pupitre mientras observaba el ametrallamiento del aire: ese

aire de la Cámara quizá poblado de viejos y tristes fantasmas, tan invulnerables

a los tiros como a los discursos. Borrosamente, se podía distinguir el rostro

del señor Calvo-Sotelo —presidente. en urnas y casi derribado antes de nacer—,

tan inescrutable como si estuviese a punto de contestar un discurso del señor

Carrillo o de no contestar un discurso del señor Fraga. Luz, había poca, y los

taquígrafos se aplastaban hacia el suelo.

Esta es la anécdota. En la angustia de los españoles era seguramente en aquellos

momentos más serena de todas las peripecias semejantes que nos ha traído la

Historia. Durante la noche del 23 de febrero el personaje del drama que mejor se

libró de los tics históricos fue el pueblo de España. El Gobierno estaba

cautivo. Los diputados, también. El poder ejecutivo y el poder legislativo

permanecían prisioneros y encañonados. Los tanques y las máquinas militares

paseaban las calles de Valencia. El pueblo español se sentó ante el aparato de

televisión esperando que hablara el Rey. El Rey habló poco casi lo preciso para

que todos escucháramos lo que todos queríamos escuchar. Y España, tras escuchar

al Rey, se acostó casi tranquilamente, con ganas de que la mañana siguiente

fuese la de un día que sólo trajera paz y trabajo.

Yo no sé —¿quién lo podría saber a estas horas con tanta Certidumbre como para

escribirlo?— si el teniente coronel Tejero es un demente iluminado de

patriotismo, con manía de redención, o es un personaje en busca de autor. No sé

si es, sencillamente, ese personaje, esa visita que no toca el timbre de nuestra

casa para penetrar en el drama de la Historia, pero que aparece en la escena

política como empujado por la fuerza del sino. No sé si es un fantasma del

pasado o pretendía ser un heraldo del futuro. Pero, en todo caso, ha demostrado

algo nuevo en estos pagos: que los españoles no estamos por la labor de volver a

las andadas. Y que no creemos que la mejor manera de empezar a arreglar de una

vez nuestros problemas políticos —que son muchos y graves— sea la de descargar

la pistola sobre la Constitución y la de irrumpir, tocado de tricornio, en el

hemiciclo del Congreso de los Diputados.

La democracia española avanza, como siempre, por un vía crucis, por un calvario

cuyos dolores ya conocemos, ya hemos conocido demasiadas veces. Nos encontramos

acosados de males. Pero quisiéramos intentar, de una vez para siempre, a

librarnos de ellos por nosotros mismos. Alguna vez tendremos que dejar de echar

a pelear las armas y las leyes. Sólo hace falta que los españoles armados tengan

paciencia de no sacar las armas y que los españoles que nos gobiernan y que

hacen las leyes tengan el propósito de hacerlas cumplir. Así de difícil y así de

sencillo.

Quizá lo mejor que podríamos hacer en estos días, después del desenlace, es leer

la historia. Allí está todo. Todo lo de ayer, todo lo de hoy y todo lo que puede

sobrevenir mañana. Algunos sucesos y algunas actitudes, algunas palabras y

algunos desatinos parecen calcados. Bastaría con cambiar las caras y los

apellidos para identificar a muchos personajes de nuestra más desgraciada

historia.

El teniente coronel Tejero, entrando pistola en mano en el Parlamento, es uno

de los personajes repetidos. En él y por él, la historia se duplica y se repite.

Pero no sólo es él quien repite la historia. No sólo es él quien se mueve por la

escena política española con palabras y gestos que parecen dictados desde viejos

capítulos, como personajes movidos por el hado de las tragedias. Si acertáramos

a escribir, de verdad, una historia nueva y no aprendida, el hecho de

encontrarnos un tricornio en el hemiciclo sería solamente una pintoresca

sorpresa, casi una pesadilla para entretener el aburrimiento normal de la

democracia. A lo mejor, a estas horas don Leopoldo Calvo-Sotelo está ya

preparando un largo discurso de obras para contestar el breve discurso de tiros

y órdenes del teniente coronel Tejero. Señores diputados: continúa la votación.

Por esta vez, les hemos salvado la democracia.—Jaime CAMPMANY.

 

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