Autor: Urbano, Pilar. 
   El Parlamento, encañonado     
 
 ABC.    24/02/1981.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

MARTES 24-2-81

NACIONAL

ABC77

Hilo directo

El Parlamento, encañonado

Eran las 6,21 de la tarde. La voz del secretario del Congreso, Víctor Carrascal,

iba desgranando los nombres de los diputados. Se votaba la investidura de

Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno. Al llegar al diputado Núñez

Encabo se produjo la «toma del Parlamento» por la Guardia Civil.

Yo estaba allí. Me disponía a telefonear a ABC para anunciar que el nuevo

presidente celebraría en breve una rueda de Prensa. Al llegar a la cabina, en el

salón de carillones oímos gritos y tiros. Veo correr a la gente. Varios

oficiales y números de la Guardia Civil, blandiendo pistolas y metralletas,

disparan al aire y ordenan que «todos se echen al suelo».La gente obedece.

Entro en la cabina. Desde aquí puedo ver mi alrededor; y al fondo, en el monitor

de TV, lo que está ocurriendo en el hemiciclo. Suenan disparos y una ráfaga

larga de metralleta. La gente ha enmudecido y sólo se oyen las voces apresuradas

y nerviosas de los guardias civiles: «¡Al suelol ¡Todo el mundo al suelo... y no

pasará nada!» Cae a mi lado un cascote del techo. Marco el teléfono de ABC. Un

guardia civil me conmina a colgar y a tumbarme. Le digo que no «Tengo que

escribir todo lo que está aquí pasando... soy periodista.» Reacciona a los pocos

segundos, sin dejar de encañonarme: «Escriba, pero no se mueva... Y cuente todo,

¡que se sepa bien) Si es usted objetiva tendrá que decir que no ha habido un

solo muerto, ni un herido, ni una violencia...» Y en una insólita situación, en

la que nadie sabe exactamente qué sucede ni qué ya a suceder, yo redacto para

ustedes, lectores, estas líneas desconcertantes, de primerísima impresión.

En el hemiciclo todos los diputados han sido obligados, a punta de arma, a

echarse al suelo, en el estrecho espacio que separa cada fila de escaños. Sólo

Suárez, Calvo-Sotelo y Pérez-Llorca siguen sentados.

Gutiérrez Mellado se resiste, le planta cara a un guardia civil. Grita éste:

«¡Ahora mismo va a llegar .el teniente general...!" «¡Aquí ,el, único teniente

general soy yo!», responde, a voz en cuello Gutiérrez Mellado. El guardia civil

le sujeta por la corbata y le coloca una pistola en el cuello. Llega a

zarandearle, pero no le derriba. Fuera, a los policías de escolta de los

ministros se les cachea, tumbados en el suelo, y se les desarma. «¿Qué hacéis?

¿Qué está pasando? Soy policía...» «Pues si eres policía, ya puedes saber lo que

pasa... Dame tu pistola... ¡Ya han muerto demasiados compañeros nuestros!»

A las 6,33 se oye por el monitor de TV una voz, que creo identificar con la del

teniente coronel Tejero.

Luego sabré que es él quien manda la operación de «asalto al Parlamento»:

«Buenas tardes. No va a ocurrir nada. Pero vamos a esperar a que venga la

autoridad militar competente y diga qué medidas se han de tomar. Ello

determinará lo que vaya a ocurrir. Pero no va a pasarles nada. Estén tranquilos.

Puede ser cuestión de un cuarto de hora, media hora o tres cuartos...» Ni una

palabra más, ni una explicación más.

En el hemiciclo sólo se veían ios respaldos rojos de los asientos y el banco

azul. Ni una cabeza, ni un solo cuerpo. Todos en el suelo. La tribuna

presidencial, tomada por una.treintena de guardias civiles armados.

Otros tantos, diseminados por las zonas altas del graderío y las tribunas. Van

llegando refuerzos, tricornios y teresianas verdes, que toman posiciones por las

demás dependencias. Al presidente Suárez le instan a salir. Se resiste. «Soy el

presidente del Gobierno.» «Salga usted, señor Suárez, por favor...» «Así, sí.» Y

le conducen a un despacho. A Landelino Lavilla, que sigue y seguirá todo el

tiempo en su sillón del alto estrado, le encañanan dos guardias civiles. A

medida que los diputados son cacheados, van tomando asiento. «¡Con las manos

delante, en la barandilla! ¡Así!»

A las siete menos veinte sigue la tensión y la espera. Parece que llega algún

alto mando de la Guardia Civil. Desde donde estoy no puedo verlo. El hombre que

me tiene encañonada me invita a irma: «Usted, como no es diputada, puede irse.»

«Prefiero quedarme... —le digo— si luego he de poder contarlo.»

Cortan en ese momento la emisión de circuito cerrado de televisión.

El silencio es denso y grueso. Podría rebanarse. Oigo a un capitán que dice:

«¿Ya vienen los "geos"? ¿Y la unidad acorazada?» Me arriesgo a pedir

información. Veo al teniente coronel Tejero con una pistola en su mano derecha:

«Señor Tejero, ¿puede decirme qué es esto?» «Ya lo ve. La Guardia Civil.»

«Pero,.¿al."mando de.quién?»..^La" Guardia C¡viI...»,-«Peró, ¿quién la manda?»,

Y Tejero alza la voz, nervioso: «Le he dicho que ya lo ve: es la Guardia Civil.»

Tengo la impresión de que no se desea declarar la identidad de quién hace cabeza

en el «golpe». Y así será durante todo el tiempo que dure el encierro.

Permiten la salida de los invitados, policías secretas, funcionarios y

periodistas que deseen abandonar el palacio de San Jerónimo. Transcurren

lentamente los minutos. Rodríguez Sahagún ha salido del hemiciclo, al pasillo.

Tejero ordena a un sargento: «El ministro de la Defensa, ¡que vaya para

adentro!» Y es obligado, verbalmente, a regresar a su sitio. Todavía los

diputados y los periodistas podemos movernos por el recinto con cierta libertad.

A las siete treinta y cinco se nos conduce a las tribunas altas. «Y ya no hay

permisos de salir para nadie, ni para ir a los lavabos.» Se redobla 1a dotación

dentro del hemiciclo.

Entran-cuatro guardias civiles y se dirigen a Gutiérrez Mellado: «Acompáñenos.»

Sale con ellos. Después llegan hasta el escaño de Felipe González. Basta un

gesto. Felipe sale escoltado. Supongo que a un despacho de la planta baja. Al

pasar junto al barandal de escaños de UCD, el presidente del Consejo de Estado,

Antonio Jiménez Blanco, que, no siendo diputado ya, estaba en la sesión como

invitado, sentado en» la escalerilla, le tiende la mano. Se despiden mirándose

en silencio. El climax de tensión es máximo.

Son las once menos veinte. Carrillo está crispado. Enciende otro cigarrillo.

Bandrés, • con una bufanda al cuello y las "manos juntas, como orante, calla

pensativo. Múgica lee. Fraga está relajado. Piñar, expectante. Rosón fuma

nervioso. Leopoldo CalvoSotelo, muy serio, sin perder su compostura. Nadie

habla. Vuelven tos que se´ llevaron a Felipe-y reclaman ahora a Rodriguez

Sahagún y .a´Alfonso Guerra .Desciende lá-éscalerilla, sin sacar tas* mános de-

los bolsillos; Y también Jiménez Blanco le tiende la" suya" en despedida. El

último en ser llamado, minutos después, es Carrillo. Son las ocho menos diez.

Nadie sabe exactamente qué está sucediendo. Alguien a mi lado musita: «Están

todos con el general Prieto». Pero no puedo dar por buena ni por mala la

información Porque lo cierto es que no se nos ha dado explicación ninguna, desde

hace dos horas. Oímos entonces unos gritos, en los pasillos, de «viva la

democracia», contradichos por algún guardia civil que replica: «¡Ni democracia

ni leches...; ya han muerto bastantes compañeros nuestros!» Aún llega, sordo y

lejano, un «¡por nuestro Rey! iViva!» Un cabo de la Guardia Civil me contestará:

«Podría ser», cuando le pregunto: «¿Se quedan aquí los diputados como rehenes?»

El reloj de la Cámara marca las nueve. Han sido unas horas tensas,

desconcertantes, dramáticas, porque aun cuando no supiéramos a qué obedecía todo

lo que estábamos viviendo, sí éramos capaces de algo gravísimo que podía

resultar irreversible: el Parlamento estaba tomado, el Gobierno humillado, la

democracia secuestrada. Un suboficial, desde el podio de los oradores, nos lee

un télex del comunicado oficial de Miláns del Bosch: Valencia ha sido tomada por

la autoridad militar. También las emisoras de Radio Castellón y Radio Valencia.

Y las instalaciones de Televisión Española en Prado del Rey... En ese momento

decido que tengo que salir de allí como sea. Finjo un súbito malestar y consigo

ganar la calle.

Fuera ya, se me acercan un capitán y un teniente de la Policía Nacional:

«¿Estaba usted ahí dentro? ¿Qué ha sucedido? ¿Ha habido algún muerto, algún

herido?» «No. Todos estaban bien. Pero... ¿acaso ustedes no saben...?» «No

sabemos nada, nada de nada.»

Esta crónica no tiene más valor que el testifical y puntual de unos hechos

confusos de los que, en este punto y hora, desconozco el desenlace. Son las diez

y veinte de la noche. He vivido un episodio duro, de atropello humillante, que

desearía no haber tenido que contar jamás—Pilar URBANO.

 

< Volver