Autor: Fusi, Juan Pablo. 
   De Sanjurjo a Franco     
 
 Diario 16.    09/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

JUAN PABLO FUSI

Historiador y coautor de «De la dictadura a la democracia»

De Sanjurjo a Franco

El historiador Juan Pablo Fusi analiza en este artículo cómo la «sanjurjada» fue

el precedente del alzamiento del 18 de julio y explica qué hay que hacer para

que no prospere la «tejerada».

Casi desde el momento en que se vio que el intento de golpe de Estado del

teniente coronel Tejero fracasaba, se estableció un paralelismo directo entre

los sucesos del pasado 23 de febrero y los que tuvieron lugar el 10 de agosto de

1932 protagonizados por el general Sanjurjo. La idea es que el frustrado conato

golpista de Tejero sea a la actual experiencia democrática española lo que la

«sanjurjada» fue a la II República: simplemente un primer ensayo en el camino

hacia la instauración de un régimen militar y autoritario. También el general

Sanjurjo, como ahora el teniente coronel Tejero, fracasó; pero a su gesto

siguió, cuatro años después, un levantamiento militar en toda regla.

Evidentemente, la constatación de las diferencias entre la España de hoy y la de

1936 basta para que muchos piensen en la imposibilidad de una repetición de los

hechos. Pero la duda permanece. Y permanece fundamentalmente por una razón:

porque existe la convicción generalizada de que el Ejército, aún respetuoso con

el orden legal y leal al Rey, no se siente emocionalmente identificado con la

democracia.

Oportunidad óptima

En 1932, después del fracaso del intento del general Sanjurjo, existió —como

ahora— una oportunidad óptima para haber consolidado la democracia. Los meses

que siguieron al agosto de 1932 vieron un renacimiento del ilusionado espíritu

democrático de abril de 1931. Pero la oportunidad que siguió a la «sanjurjada»

no fue aprovechada; pasada la euforia posgolpista, todo pareció concitarse para

hacer naufragar la experiencia republicana. El fracaso de Sanjurjo se trocó en

unos años en la victoria de

Franco. Lejos de consolidarse, la democracia se fue gradualmente descomponiendo.

Y, simplificando al máximo, diría que en ello fueron cruciales los siguientes

puntos:

1. La aparición de una derecha de masas. La CEDA, no republicana,

autoritaria, corporativista y dispuesta a servir de apoyo social a posibles

soluciones antidemocráticas. Interesa poco a estas líneas determinar la

responsabilidad que en la aparición de la CEDA pudo tener la desacertada

política que en muchos puntos (Iglesia, Ejército, etcétera) realizó la izquierda

en el poder en 1931-33. Es bastante indicar que esa política hizo inviable la

formación de una derecha conservadora republicana y no golpista.

Lo fundamental ahora es señalar el espíritu antirrepublicano y

antidemocrático que inspiró la ´gestión de los Gobiernos centro-derechistas, con

la CEDA como eje, de 1934-36. La CEDA, ciertamente, no rompió la legalidad

republicana; pero usó esa legalidad para rectificar sustancialmente la esencia

democrática de la República. Hacerlo fue, sin duda, una provocación.

2. La no existencia de un fuerte partido de centro netamente republicano,

debido a las profundas divisiones del republicanismo, motivadas más por doctri-

narismos y faccionalismos personales que por diferencias ideológicas y

programáticas.

Radicalización

3. La radicalización del Partido Socialista después de la derrota electoral de

1933. Después de considerados todos los factores que en ello concurrieron

(golpes fascistas en Alemania y Austria, reacción patronal, paro, irresistible

ascensión de la CEDA, etcétera), queda lo que reiteradamente dijeron los

dirigentes socialistas, que la decepción que les había producido la, experiencia

de 1931-33 había llevado al PSOE a rechazar la República «burguesa» y el

reformismo. La democracia malamente puede estabilizarse sin una derecha liberal

y sin un centro estable; pero tampoco sin una alternativa de izquierda moderada.

La revolución de 1934 hizo irreversible la polarización de la sociedad española.

De manera que la crisis de la República entre 1932 y 1936 fue una crisis

esencialmente política, una crisis de los partidos y del sistema. Otras

circunstancias agravaron la situación: el conato revolucionario de la CNT, en

1933; el choque Generalitat-Madrid, en 1934; la destitución del presidente

Alcalá-Zamora, en 1936; la «sangría constante del orden público» —en palabras de

Prieto— con la primavera de aquel año (en parte lisa y llanamente provocación

fascista). Pero una democracia no se quiebra, cualesquiera que sean los

problemas con que se enfrenta, si no hace crisis la solidez y estabilidad de su

sistema de partidos.

Es sumamente difícil que se destruya una democracia que es capaz de proporcionar

Gobiernos eficaces y estables, de asegurar la tranquilidad y la convivencia

ciudadana, de garantizar la continuidad ordenada de la vida política a través de

alternativas de gobierno responsables, de proceder a una justa y firme

aplicación de la ley en defensa del orden. La CEDA no quiso ser la derecha

moderada de la II República: quiso desvirtuar antidemocráticamente aquel

régimen. El PSOE de 1934 no quiso ser una alternativa democrática de gobierno:

quiso desbordar los cauces de la democracia, liberal.

Destrucción

Lo que ocurrió entre la «sanjurjada» y 1936 fue un proceso de destrucción de la

legitimidad del régimen republicano. Sin ese proceso, Franco o no se hubiera

alzado o habría tenido muy escaso respaldo. Lo fundamental es que Sanjurjo no

hizo inevitable a Franco. Franco no era inevitable: lo ´ trajeron la apuesta

militarista de la derecha española y el suicidio revolucionario de la izquierda.

El levantamiento militar de 1936, como el de 1923, no fue una cuartelada

improvisada ni una pirueta afortunada de espadones banderizos, como lo fueron

los pronunciamientos de" XIX, y como, en el fondo fue - la «sanjurjada».

Aquéllas fueron intervenciones del Ejército en tanto que 1 institución como

respuesta a crisis evidentes y profundas del sistema político, intervenciones,

claro está, anticonstitucionales e ilegales. Pero es un hecho que la idea de

intervención militar en caso de quiebra del sistema político forma parte de la

teoría del Ejército español, una teoría que piensa en el Ejército como último

depositario y garante de la voluntad nacional. Dicha teoría marca, ciertamente,

límites a la democracia en España. Y la respuesta es clara: prestigiar el poder

civil, esto es, hacer que la democracia sea garantía de los principios de

libertad, estabilidad, autoridad y orden que toda sociedad necesita.

Esa es una tarea que compete principalmente a la clase política. Y ésa es la

tarea que tiene que acometer con urgencia la democracia española. Si lo logra,

el 23 de febrero quedará sólo como el prólogo esperpéntico de una semana de

carnaval, no como el aldabonazo siniestro que anunció otra larga era de

desolación y horror.

 

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