Autor: Santamarina, Mariel. 
 El relato de una periodista que pasó varias horas con el teniente coronel golpista en la cárcel de Alcalá. 
 La Tertulia de Tejero     
 
 Diario 16.    09/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 27. 

Un baldón para la Patria

El relato de una periodista que pasó varias horas con el teniente coronel

golpista en la cárcel de Alcalá

LA TERTULIA DE TEJERO

Mariel SANTAMARINA

Evidentemente vigilado, esta vigilancia no parece agobiante. Se me recoge el

documento de identidad, pero no me hacen preguntas. Digo que quiero ver al

teniente coronel Tejero y no se me ponen objeciones.

Un soldado me acompaña, más por cortesía que por control.

La prisión de Alcalá de Henares produce la impresión de un sobrio alojamiento

para jefes y oficiales. No tiene, desde luego, el aire siniestro de las

prisiones. Cruzo las tres barreras, una para el coche, otra para la

identificación, la tercera para que te coloquen la imprescindible etiqueta de

«visitante». No alego mi condición de periodista. Nadie me pregunta y me parece

innecesario aclararlo.

Numerosas visitas

En un pequeño edificio de una sola planta se encuentra el teniente coronel

Tejero. Y muchas personas más. En una espaciosa salita —tres mesas, algunas

sillas y un teléfono— el teniente coronel recibe numerosas visitas. El teniente

coronel charla con los diveros grupos. A veces, su posición firme y respetuosa

indica claramente que su interlocutor es un superior jerárquico, aunque vista

traje civil. Tejero viste de uniforme, pero su guerrera ha sido sustituida por

una especie de anorak de color verde sin estrellas ni distintivos.

Unos amigos comunes —mis introductores— me presentan al teniente coronel, que me

mira con cierta curiosidad. Posiblemente estará encontrándose con ciertas caras

desconocidas que llegan hasta él, por la misma razón: por curiosidad. Produce la

impresión de ser un hombre con un enorme sentido del humor.

Alguien se acerca a él con unas caricaturas de él mismo. Tejero las observa,

sonríe y las firma por detrás. Le pregunto la razón de por qué lo hace:

—¿Por qué no? También conozco los chistes que se han hecho sobre mí. Algunos son

francamente buenos. Me alegra pensar que la gente tiene buen humor.

Le digo que lamento no tener una de esas caricaturas. Tejero se echa mano al

bolsillo y dice:

-Alguien me ha metido ésta en un bolsillo.

Es un dibujo de Tejero sobre un sello de correos. El teniente coronel escribe al

dorso: «A Mariel, con un fuerte «Viva España!». Y estampa su firma.

Nos ofrece café. Licores no, porque no está permitido. Entran algunas señoras

que le saludan. Es difícil en ese ambiente de entradas y salidas, de

conversaciones cortas y urgentes, tratar de que Tejero se centre en un tema.

Pero, de vez en cuando, surge el comentario convertido en anécdota:

-Recuerdo que...

Pero se interrumpe, se incorpora y se cuadra militarmente ante una persona que

entra y le abraza: «A la orden de usted...»

Vuelve a sentarse junto a mí. En un momento de conversación dice:

-Recuerdo la sorpresa de ver a Camilio en el Parlamento: ¿Qué haces aquí?

El capitán de navio Camilo Menéndez le respondió:

-He venido, eso es todo, pero no te preocupes por mí. Tú a lo tuyo...

Tejero sonríe y agrega:

-Creí que había ido para volver a marcharse, pero, tras otro largo rato, le

vuelvo a encontrar... «Tú a lo tuyo, repite. Se quedó allí conmigo, bueno,

conmigo y diciéndome: «Pero si yo he venido aquí a quedarme contigo». Lo cierto

es que no le hice demasiado caso porque efectivamente tenía que «estar a lo

mío». El se pasó toda la noche «ligando» con una socialista que decía que era

doctora.

El teniente coronel elude lógicamente todo cuanto tenga relación con los

acontecimientos del Parlamento. Trata de adoptar —y lo consigue— una actitud de

total naturalidad. Tampoco - hace comentarios sobre lo que puede ser su futuro:

—¿Qué hace usted, en qué invierte su tiempo?

-Si exceptuamos el periodo de visitas, que agradezco y valoro, no hago nada.

Apenas hago ejercicio. Podría hacer footing», pero me aburre correr en línea

recta, y no puedo hacerlo de otra forma porque el espacio de que dispongo no da

para más. Podría correr en torno a los edificios, pero me han dicho que hay

gentes con prismáticos y cámaras. Piensan que también podrían tener una

escopeta. De cualquier manera, me han dicho que si quiero hacer «footing»

tratarían de despejar la zona. Pero no, porque no tengo tiempo. Quizá en el

futuro me sobre mucho...

Su hijo

La esposa de Tejero conversa con unos amigos. Aparenta gran serenidad. Está

también uno de sus hijos, que es cadete en la Academia General de Zaragoza:

—¿Estuviste presente en los recientes actos presididos por el Rey?

—No —me dice—. Yo había pedido permiso un par de días antes.

Oigo decir, sin poder precisar a quién, que en la misma habitación hay otro

coronel en idéntica situación de arresto:

-Es de los que tenían su misión fuera del edificio del Parlamento —apunta

alguien.

Vuelve a entrar un pequeño grupo que abraza a Tejero y otra vez el teniente

coronel adopta la posición de firme, otra vez el gesto castrense de

subordinación. No hay posibilidad material de una charla más detenida. Tampoco

mi objetivo es volver a unos hechos sobradamente conocidos ni intentar

introducirme

en un sumario subjúdice.

Se trataba exclusivamente de conocer de cerca a la figura más controvertida de

la hora actual. Lo cierto es que Tejero parece ajeno a su protagonismo. Mi

instinto periodístico —perdón por esta alusión personal— me induce a pensar que

el teniente coronel piensa haber sido una pieza de mecanismo que ha funcionado

hasta donde tenía que funcionar. De otra forma, no es fácilmente explicable su

total serenidad.

Me despido de él sin declararle mi condición de periodista. No se han roto las

reglas del juego, porque no existían tales reglas. Mi misión no era tampoco

juzgar conductas, sino reflejar las actuales horas de Antonio Tejero.

Luego mira el dibujo que me ha regalado y su propia firma:

—Oye, no vayas a poner en el espacio en blanco que te debo dinero; no me vayas a

meter en un lío...

«Si se interesa por mi salud, venga a visitarme...», comentó por teléfono el

pasado martes a DIARIO 16 el teniente coronel Tejero. Exactamente eso fue lo que

hizo la periodista Mariel Santamarma pocas horas después, accediendo sin

problemas hasta el. Por espacio de cinco días, DIARIO 16 ha congelado

voluntariamente la publicación de esta gran exclusiva. Con ello se ha pretendido

no echar más leña al fuego del escándalo suscitado por el hecho de que Tejero

pudiera comunicarse libremente con todo tipo de interlocutores. El relato

adjunto muestra a Tejero como un personaje bienhumorado y tranquilo, que no cesa

de recibir visitas, alguna de las cuales incluye a militares de alta graduación.

DIARIO 16 ha dedicado a su persona algunos de los más duros adjetivos de nuestro

vocabulario. En todos ellos nos reafirmamos. Tejero es un vergonzoso baldón para

la Patria. Su canallesco comportamiento nos deshonra a todos, además de humillar

a España ante la comunidad internacional. Por eso esperamos que purgue su grave

delito a través de una implacable condena. Dos razones nos han impulsado

finalmente a publicar este reportaje. Se trata, en primer lugar, de un

importante testimonio periodístico que revela algunas claves de la personalidad

de Tejero. Se trata, en segundo lugar, de una denuncia de las inadecuadas

galanuras que la democracia española brinda —o al menos ha brindado- a quien tan

groseramente ha tratado de destruirla.

Apenas hago ejercicio. Podría hacer «footing», pero me aburre correr en línea

recta .

Camilo Menéndez se pasó toda la noche ligando con una socialista.

 

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