Autor: Ruiz Miguel, Alfonso. 
   Elogio de la cordura     
 
 Diario 16.    07/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Elogio de la cordura

Una de las reacciones al reciente golpe del 23-F ha sido los nada comedidos

elogios a la locura, a los «locos valerosos» que mancillaron a España en los

representantes legítimos de los españoles. Ruiz Miguel desbarata tales artimañas

en este elogio de la cordura.

Hay indicios de que un falaz remedo de la sombra de Don Quijote vuelve a

cabalgar para personificarse en bigotes frondosos y en bigotitos finos. Sea por

castiza simpatía hacia lo estrafalario, sea por humana compasión hacia el

perdedor, sea por ideológica comunión con el propósito,´ parece iniciarse una

ceremonia de exculpación con un doble rito. Ya se ha oído decir, quizá lo hemos

dicho todos, que la entrada de Tejero en las Cortes era una locura. Se ha oído

decir también, más que excusando justificando, que a pesar de todo, los tiene

muy bien puestos. Don Quijote, el caballero del honor, es el loco valeroso en el

que España se ha reconocido muchas veces sin distinción de ideologías, pues toda

ideología defendida con los dientes, los puños y los gritos es aquí locura,

locura de valientes, cuando fracasa.

La inclinación a un quijotismo mal. entendido, el excesivo amor a las causas

perdidas, empieza a ser una de esas balas imantadas en el cerebro de los

españoles cuando en vez de la razón se disponen a sacar el hacha que sólo corta

el polvo.

El fanatismo

La locura de la que se habla pude verse como la dedicación abnegada y hasta

ciega a un ideal, pero su otra cara puede ser sin más la seguridad dogmática del

fanatismo. Qué fácil es dar el paso desde «Esto es una locura» hasta «Es una

locura... por España». De una a otra idea se pasa imperceptiblemente de la

locura como enfermedad, propia del fanático, a la locura como pasión, propia del

idealista.

Pero el fanatismo, ¿es verdaderamente una locura? ¿Están locos los fanáticos?

Lamentablemente la historia, la historia de nuestra misma época, está demasiado

llena de actos fanáticos como para considerar que el fanatismo sea locura.

Serían demasiados locos, demasiadas locuras y habría que concluir que la

historia de la humanidad tiene por norma la locura. Pero cuando la locura es la

norma, cuando locos estamos todos, pierde sentido hablar de locura, pues no hay

referencia de cordura. También los fanáticos son cuerdos y están hechos de la

misma carne que todos.

No son locos los fanáticos, no, aunque su dogmatismo y su inflexibilidad nos

parezcan ajenos y hasta contrarios a la razón. No son locos, no, aunque sus

armas pretendan silenciar por la fuerza la voz del diálogo y de la mesura. No

son locos, no, aunque su creencia en que van a salvar espíritus, pueblos o

destinos arruine la salvación del espíritu y del pueblo que opina y elige

libremente decidiendo por mayoría su destino.

No son locos, no, aunque su griterío exaltado y emocional acalle en emociones

más meditadas, silenciosas y profundas. No son locos los fanáticos, no, porque

también de la madera de la fuerza y de la emoción se ha defendido la cordura, la

razón y el diálogo: a veces ha sido necesario acudir a las mismas armas para

restaurar lo que había sido quebrado, surgiendo, por reacción, un indignado e

incontenible grito contra los gritos. Es entonces cuando con dolor hay que negar

la tolerancia a los enemigos de la tolerancia.

No hay locos a exculpar

No hay locos a exculpar, pero tampoco el fanatismo contiene valentía que lo

compadezca. Se ha dicho que sólo hay valor cuando se tiene miedo, y el miedo no

suele estar en el equipo sentimental de los fanáticos. Bien se cuidan de ir en

grupo, pertrechados de voces, tiros y taces amenazadoras; bien se cuidan de

cantar himnos guerreros que ensamblan la unidad tribal del grupo. Con miedo o

sin miedo, ninguna valentía hay cuando se enfrentan las armas a los desarmados o

cuando se dispara en la nuca a un ingeniero.

El valor, en este caso.

está de la otra parte, de quien se levanta a pecho descubierto a enfrentarse sin

armas a las armas, de quien deja conectados los micrófonos después de oír un

estentóreo «¡Apaga eso o te mato!», de quien saca un periódico oponiéndose a los

que todavía no se sabe si ganan, de quien dice que cese la violencia ante la

parte fanatizada de un pueblo que apela a la muerte y a la goma-2, de quien, en

fin, lucha con los molinos y provoca a los leones.

Tolerancia y diálogo

Estos son los actos de valor para los que se podría cantar alabanzas a los

testículos si no fuera porque debe abandonarse de una vez la ancestral tradición

que hace de ellos el habitáculo del arrojo. El elogio testicular está fuera de

lugar; además, cuando se cae en la cuenta de que procede de la misma estulta

veneración al macho que, creyendo ser galante, humilla a las mujeres dejándolas

salir primero después de que todo ha pasado casi.

El valor no es la unirá ni la mayor virtud humana. Es tal vez la mayor virtud

del guerrero, pues se ha ido incubando en el seno de las incesantes luchas de la

historia, cuya sangre —hay que recordarlo— no ha sido siempre útil. Por eso, las

guerras han dependido del valor lo mismo que el valor ha dependido de las

guerras. Por eso, se ha derramado con valor, casi siempre ajeno, tanta sangre

inútil. La sangre inútil, la lucha desigual, la defensa con la vida de ideales

incluso deplorables, pueden tener su «valor». Pero hay otras virtudes más

valiosas, como la tolerancia y el diálogo.

O como la inteligencia que, empleada hábilmente y con antelación, hace

innecesarias la valentía y el derramamiento de sangre. Y como la inteligencia

prudente que surge del miedo y de lo ya irremediable. Porque tras la obediencia

al «¡Todos al suelo!» y al «¡Las manilas quietas.», la astucia de la razón puede

trocar en acción inteligente y noble la humillación ante la villanía, la

impotencia desarmada ante la prepotencia violenta. Cuando la humillación y la

impotencia sirven para restablecer el diálogo y la paz sin muertes y, sobre

todo, para evitar segundas ediciones corregidas y aumentadas, al lado del valor

de la valentía hay que apreciar más el valor de simple miedo que termina

transformándose en inteligencia. Si además la inteligencia es valerosa, el

futuro no será de los fanáticos.

 

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