Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Leopoldo, en los Comunes     
 
 Diario 16.    27/05/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

José Luis Gutiérrez

Leopoldo, en los Comunes

CALVO-SOTELO intervino ayer ante el Pleno del Congreso de los Diputados, para

explicar el asalto al Banco Central de Barcelona, con la finura y el reposo

parlamentarios que son habituales en él. Parecía como si Leopoldo se estuviera

dirigiendo a la Cámara de los Comunes.

La verdad es que el sosiego es más necesario que nunca porque sobre la clase

política, sobre el país entero, flota una espesa e indesplazable nube de

paranoias, tramas, suspicacias, sospechas y complot que tensiona, condiciona y

entorpece la marcha social y política del país.

Leopoldo en su discurso hizo uso —aplicándolo a la política— del antídoto contra

ese principio generador de bellas fantasías periodísticas que reza: nunca

permitas que la realidad te arruine un buen reportaje.

Utilizó la prudencia para ceñirse a los hechos, los datos, las pruebas y las

evidencias. Y a pesar de su brillantez, el auditorio quedó ligeramente

hambriento. Pero es que los hechos, según el presidente, no dan para más.

Elogios —compartidos por el resto de la Cámara— a las Fuerzas de Seguridad del

Estado y felicitaciones generales por el desenlace del suceso, todo con las

acostumbradas gotas de angostura, humorística, genuinamente británica —«estoy

hablando bien del Gobierno».

Tras las explicaciones, bastante convincentes, de la razón de las confusas y

contradictorias informaciones de los primeros mementos del secuestro vinieron

las constataciones. La convicción de la existencia de un amplio plan para

desestabilizar el sistema democrático desde los ángulos de tiro de la extrema

derecha; promesas de ir hasta el final en la investigación; el ofrecimiento a la

Cámara de luz y taquígrafos y el humilde reconocimiento de que el Gobierno

ignora, por el momento, «quién está detrás de todo».

DESPUÉS vendrían las intervenciones especialmente brillantes de dos oradores: el

catalán Miguel Roca y el comunista Jordi Solé Tura. Roca construyó una seria y

redonda intervención en la que denunció las repercusiones que tales sucesos

tienen sobre el sistema democrático y la credibilidad del Gobierno, y,

responsablemente, llegó a señalar su interés, tanto o más alto que el del propio

presidente, por la existencia de un Ejecutivo fuerte.

Antonio Carro, de Coalición Democrática, olvidó sistemáticamente un

insignificante suceso —el del 23-F— y sus efectos sobre la Cámara, y Blas Piñar,

con su voluntariosa y vehemente eficacia parlamentaria actuó con notoria

habilidad para instalarse en el papel de víctima.

Felipe González estuvo gris, sin aportar nada sustancial al debate, quizá a

causa del hándicap que supone intervenir en último lugar cuando los demás

oradores ya han aportado sus argumentos a un debate que no tiene demasiados

elementos de controversia.

No fue un debate, apenas una conversación entre gente educada. Quizá se echó en

falta un mayor énfasis por parte de la izquierda en la turbia morfología del

comando y en una entonación más enérgica a la hora de pedir que se llegara hasta

el final. Con ello, Leopoldo obtiene un cheque en blanco mientras duren las

investigaciones. Al final, tendrá que ofrecer resultados, por duros,

sorprendentes o espectaculares que resulten, si no quiere que la credibilidad

del Gobierno y del sistema se vea profundamente afectada.

 

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