Autor: Díaz González, Enrique. 
   Hacer un Estado     
 
 Diario 16.    07/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Hacer un Estado

«La tarea que ahora mismo se impone no es salvar al Estado, sino construirlo. Y

no se puede decir si ha perdido o ganado el golpe. Los triste es que haya tenido

que partir de él, cuando nos hayamos dado cuenta de que aquí, desde hace tiempo,

estamos perdiendo todos.» Una de las soluciones propuestas en este artículo es

la del Gobierno de coalición.

El gran reto es, ahora mismo, construir un Estado. Uno nuevo, que por más que se

quiera no existe; aunque, eso sí, probablemente haya sido ya inventado y sólo

sea necesario trasplantarlo a la España de 1981. Pero también uno solo. No uno

de los civiles y otro de los militares. Ni uno de los siervos de Wojtyla, y otro

de los laicos. Tampoco uno de los tradicionales y otro de los pasólas... El gran

objetivo a cumplir es la construcción de una realidad de país para todos; en la

que probablemente nadie se sentirá total y absolutamente a gusto, pero en la que

no hay nadie frontalmente rechazado.

Es la hora del pragmatismo. De nada sirve calificar o descalificar unas y otras

actitudes. Hay un sector muy importante del país disconforme con la trayectoria

de la clase política. Parte de ese sector, las Fuerzas Armadas alberga en su

seno la posibilidad de que algunos de sus miembros consideren llegada la obra de

imponer la razón de fuerza, la voluntad de las Fuerzas. ¿Que ello sea

reprobable, que viole la Constitución, que probablemente fuera estéril en su

desenlace, es una verdad tan cierta como inútil a la hora de escudriñar las

salidas al actual contexto político.

No engañarse

No es momento de engañarse. Es hora de perder el miedo a las palabras. No ha

lugar ya a los conceptualismos estéticos, ni a las mutaciones partidistas de

cara a la galería. El golpe armado no prosperó por la firme actuación del Rey y

por el sentido de la disciplina de integrantes de las Fuerzas Armadas. Pero es

engañarse creer que los militares que no secundaron el asalto al Congreso de los

Diputados respaldan el comportamiento de la clase política del país. Como es

retrotraerse al pasado medir la solidez de un sistema —en este caso, la

democracia— por el número de personas que es capaz de sacar a la calle.

Los militares —pero no sólo los militares— no se sienten implicados o integrados

en el proceso político abierto en 1977. Esta es una verdad de a puño, de cuya

existencia no puede ni debe culparse exclusivamente a los integrantes de las

Fuerzas Armadas. La clase política, y muy especialmente el partido encargado de

las responsabilidades de gobierno, han cometido tantos errores en este aspecto,

que nadie puede aquí arrojar piedras inculpatorias sin caer en la hipocresía o

en la inhibición falaz. Puestos a depurar responsabilidades, habría que hacer

mucho y probablemente sería a cambio de nada, porque los frutes serían escasos.

Mirar hacia atrás es, hoy más que nunca, inconveniente, pero sobre todo

ineficaz.

Se impone la realidad. Y lo real, desde mucho antes del 23 de febrero, es la

existencia de una especie de divorcio entre la clase política y la realidad.

Hacer política responsablemente supone tener en cuenta las circunstancias reales

en presencia y, en base a ellas, desarrollar y alcanzar unos objetivos. Sean

fácticos o no, en este país existen otros poderes además de la monotonía

conceptual y estética de los diputados; la Iglesia, la Banca, las Fuerzas

Armadas, los Cuerpos de la Administración, los empresarios, los sindicatos...

Respeto a la bandera

Añora mismo, el país tiene ante sí un importante problema de implicación de las

Fuerzas Armadas en su porvenir político. Y ese problema tiene dos escollos

fundamentales que salvar: el respeto a la bandera y el binomio terrorismo-

autonomías; esté mal o bien el relacionarlos. La solución está en un

entendimiento, porque ninguna de las partes tiene ni tendrá fuerza y poder

suficientes para imponer «su» solución a la otra. Ni la situación de actual

inestabilidad tiene salida, ni un golpe armado triunfante la tendría.

Lo pidan —mejor, lo exijan— o no los militares, el país está precisado de un

Gobierno de eficacia y estabilidad. Un Gobierno que UCD no ha sido capaz de

formar desde marzo de 1979 hasta hoy. Un Gobierno que afronte con serenidad,

autoridad y realismo los cuatro principales problemas que están ahora mismo

planteados: paro, terrorismo, autonomías y seguridad ciudadana.

La gravedad de esos cuatro problemas, la irresponsabilidad con que han sido

hasta el momento afrontados, hace que ahora mismo resulte impensable

solucionarlos desde un Gobierno minoritario, basado en un partido desunido y

bajo la coacción psicológica de un descontento militar más o menos generalizado.

Es

muy probable, por tanto, que la solución esté en un Gobierno de coalición de

varias fuerzas que, aun con todos los riesgos que comporta sentar a la mesa del

Consejo de Ministros a fuerzas contrapuestas y hasta difícilmente

complementarias, afronte un calendario serio, realista y posible de solución a

nuestros problemas.

La coalición es posible y puede que hasta inevitable. Todos deberán llegar a

ella, con el sacrificio previo de la humildad, la cesión y puede que la

contestación interna. Pero la coalición no servirá para nada si no existe un

proyecto y una voluntad común de desarrollar ese programa de construcción del

Estado y la necesaria capacidad de sacrificio para realizarlo.

Lo demás, los protagonismos estéticos, las obsesiones conceptuales y los

síndromes salvadores no valen más que para llevarnos constantemente de la nada a

la más absoluta miseria.

 

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