Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
   ¿Habrá otro golpe?     
 
 Diario 16.    07/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

¿.Habrá otro golpe?

«Los golpistas derrotados están ganando a los demócratas una importantísima

batalla psicológica. Pero debe quedar claro que somos más los demócratas que los

golpistas y que, una vez ganada la batalla política, hay que ganar la batalla

psicológica. Así no habrá más golpes.»

No vale la pena disimularlo: el golpe de Estado frustrado ha dejado tras sí una

sensación generalizada de miedo. La idea de que los acontecimientos del 23-24 de

febrero vendrían a ser como el ensayo general del golpe definitivo aflora una y

otra vez en las conversaciones. Son muchos los que vuelven a creer que este país

está marcado por el violento signo de Marte y ponen en el reino de la utopía la

posibilidad de que los españoles sean capaces de organizar su convivencia en paz

y libertad.

Sucede así, que los golpistas derrotados en toda la línea por un Rey que sólo

reconoce las vías constitucionales están ganando a los demócratas una

importantísima batalla psicológica.

La campaña de intoxicación se puso en marcha el mismo día 24, cubriéndose un

amplio frente de objetivos: se intenta infamar al Rey; se insunúa que éste ha

aceptado un ultimátum para «enderezar» la situación en seis meses; se pretende

hacer creer que todo el Ejército está irritado, lo que equivale a decir que todo

el Ejército es golpista; se intenta convertir en héroes a quienes proyectaron y

protagonizaron unos hechos que los convierten en traidores a su pueblo, a su Rey

y, por tanto, a su Patria; utilizan hábilmente los medios informativos y las

organizaciones con que cuentan y hasta se consiguen ingenuos compañeros de viaje

del golpismo entre gentes que nada tienen que ver con tales

maniobras.

Los golpistas han usado por primera vez, y con un éxito al menos momentáneo,

las tácticas de la guerra psicológica, cuyo aprendizaje iniciaron los militares

españoles allá por los últimos años cincuenta.

Más demócratas Todos cuantos piensan que la democracia, con todos sus defectos,

es el único régimen aceptable para seres humanos adultos, civilizados y libres,

deben hacer frente a esta ofensiva psicológica que busca su desmoralización. Lo

primero que debe quedar claro es que somos muchos más los demócratas que los

golpistas. Ahí están las manifestaciones del día 27 que representan la mayor

movilización popular de la historia de España, la más interclasista y la más

unitaria jamás imaginada.

A continuación hay que confiar en unas Fuerzas Armadas, cuya inmensa mayoría

sabe que el auténtico patriotismo consiste en obedecer al Rey y a la legalidad y

no en lanzarse a aventuras irresponsables. Pensemos que sólo utilizando

mentirosamente el nombre del Rey, lograron los golpistas algunos de sus escasos

apoyos. Después del 23 de febrero, ningún militar sensato va a dudar cuál es la

posición del Rey ni dónde radica el único y verdadero interés nacional.

Ganada la batalla política, hay que ganar también la psicológica. ¿Cómo

sería el régimen militar fruto de un golpe de Estado? Los golpistas no han

respondido a esta pregunta, y es preciso hacerlo por ellos para gritar a los

cuatro vientos que un régimen militar puro y duro, o aguado, bajo la forma de lo

cívico-militar no va a solucionar por si los problemas que están ahí y que

indudablemente va a crear otros que ahora no existen.

Tal aventura sería un parón y los golpistas acabarían, con toda probabilidad,

arrojando la toalla como los coroneles griegos. Entonces habría que volver a

reconstruir todo el complejo «puzzle» en que consiste este país. Pero el daño ya

estaría hecho.

Tigre dormido

Creo que son serias y abundantes las razones por las que no habrá más golpes.

Pero el arma decisiva está en la actitud de los demócratas. Demócratas con miedo

o con complejo de inferioridad no serán capaces de defender la democracia.

Alguien ha dicho que los golpistas son como un tigre que se había quedado

dormido. Quizá sea verdad, pero pensemos que es un tigre de papel.

La voluntad de los españoles hizo de este país una democracia contra todo

pronóstico y contra toda esperanza. Esa misma voluntad puede consolidar ahora

esa democracia alejando para siempre el fantasma del golpismo.

 

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