Autor: Cardín, Alberto. 
   El síndrome del vídeo     
 
 Diario 16.    06/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

ALBERTO CARDIN

Escritor.

El síndrome del video

Cardín, partiendo de una expresión del diputado socialista Luis Solana —y que da

pie al título de este artículo-, sintetiza la fuerza de la radio y la televisión

como elementos aglutinantes de los españoles en las largas y tensas horas,

vividas durante el pasado 23 de febrero.

Seguramente el diputado del PSOE Luis Solana no se había fabricado su noción

sobre la marcha, al contársela por teléfono a Manuel Antonio Rico. Debía haberla

meditado y hasta contrastado con algún miembro del comité federal de su partido.

Pero, como tantos inventores, de ideas o de artefactos, Luis Solana se dejó

arrastrar por la instrumentación inmediata de su invento: para él, el «síndrome

del video» no tenía otra finalidad que el describir la manipulación que del

«tejerazo» vayan a hacer los empresarios y políticos de derechas, cada vez que

se plantee un conflicto con las fuerzas de izquierda.

La «película de los hechos», como ahora suele decirse, aunque éstos sean

puramente narrados, será proyectada en cada ocasión conflictiva por las

potestades de la derecha, y el PSOE, el PCE, CC OO y UGT a una darán marcha

atrás, acelerados, al verse de nuevo parapetados detrás de los asientos del

hemiciclo.

Un detalle

El día antes de estas declaraciones de Solana a «España a las ocho», todos los

españoles, entre asombrados y perplejos, habíamos oído llorar como un niño al

presidente del Barga, Núñez, diciendo: «¡Déjenme en paz!», mientras una cruel

reportera le preguntaba si ya habían sacado del país el dinero con que pagar a

los secuestradores.

Estábamos ante una nueva «película de los hechos», esta vez sin cámara

automática, que grabará los hechos a espaldas de los sediciosos. Los violadores

de la tranquilidad ciudadana, después de varios dimes y diretes, resultaron ser

unos «tipos agitanados», que habían secuestrado al futbolista asturiano, cuando

se disponía a ir al aeropuerto del Prat a esperar a su esposa.

Un ambiente

¿Y cómo se dio cuenta ésta de que algo anormal estaba ocurriendo? No cuando vio

que su esposo no estaba a esperarla, pensando que tal vez algún deber

futbolístico o informativo lo retenía. No, justamente al llegar a su casa y ver

que el video estaba encendido.

Como tantos inventores, Luis Solana había sintetizado, de manera inconsciente,

todo un estado de ánimo, orientándolo en función de sus Intereses. A él, como

diputado de un partido que acaba de verlas muy negras y que se ha ofrecido en

aras y dote al partido del poder, lo que le interesa prevenir, sobre todo, son

los posibles chantajes que ese partido que ha rechazado su mano, pueda hacerle

en adelante pasándole el video «de los hechos».

Un video que, precisamente por vivido y por visto, resulta mucho más convincente

que ese golpe de Estado que, según Guerra,

como espantajo, manejaba UCD para bajarle los humos al PSOE.

Lo que Solana dejaba en la oscuridad dentro de su definición era el «síndrome

del video» tal como lo había vivido España entera dentro de los «hechos» mismos.

La pregunta que desde estas páginas se hacía Sánchez Dragó, con matarile y todo,

y la que, desde las páginas de L´Express se hacía Jorge Semprún, evocando como

solución la movilización de las masas, como en sus mejores tiempos de la Hache

Ge Pe.

Un dilema

La pregunta era: ¿Dónde estaban los españoles la noche de autos? Y aún habría

que añadir: ¿Y todo el día siguiente? Estaban pegados al televisor.

Se ha dicho —lo dijo Tuñón de Lara entre otros— que fue el Rey y los

transistores los que salvaron a la democracia.

Los transistores, al menos el de Abril Martorell, sirvieron para dar ánimos a

sus señorías. Y los transistores en general sirvieron para seguir el desarrollo

de los hechos desde cualquier lugar, según iban produciéndose, mientras la tele

nos pasaba películas de Bob Hope y deportes exóticos.

Pero con ser más excitante la voz que por el aparato de simple escucha se

captaba, nadie apartó ni por un instante la vista de la caja hipnótica, teniendo

la mayoría el transistor pegado al oído y la pantalla fija ante los ojos.

Seguir sentados

Y cuando el video de verdad, la «película de los hechos» repetida una y otra

vez: los treinta minutos cruciales hasta que la cámara giró y se oyó el «¡Se

siente, coño!» Cuando esta película empezó a pasar, nadie pudo ya evitar la

fascinación. Los demócratas españoles fascinados por los hechos nos movíamos

entre el asombro y la indignación, pero eso mismo nos obligaba a seguir

sentados, viendo pasar una y otra vez la secuencia de los hechos, y

precediéndola con el «ahora viene» de los hechos archiconocidos,

superinteriorizados.

Era, seguramente, la misma fascinación ante el horror que paralizaba e impulsaba

a entregarse a los judíos. Y es que, hay que reconocerlo, nadie monta

espectáculos tan fascinantes como la derecha cafre. Sólo mucho más tarde resulta

posible reaccionar ante ellos. Y, para entonces, tal vez siempre la reacción

llega tarde.

 

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