Autor: Urbano, Pilar. 
   Por qué no salió la Acorazada     
 
 ABC.    15/11/1981.  Páginas: 7. Párrafos: 14. 

A los nueve meses del 23-F siguen sin despejarse numerosas sombras en torno a la

jornada en

que estuvo a punto de naufragar el sistema democrático en España. Uno de los

enigmas más

importantes en la tarde-noche del 23-F fue la actuación de la División Acorazada

Brúñete, la

mayor fuerza disuasoria de nuestras Fuerzas Armadas, emplazada a escasos minutos

del centro

de Madrid. Pilar Urbano reconstruye en este reportaje la actuación de la DAC en

aquella fecha

imborrable de la memoria de tantos españoles.

AHORA supongo que me arrestarás..." No era una pregunta, aunque la

entonación del coronel San Martín terminaba en interrogante, El general Juste se

quitó las gafas lentamente. Las dejó, casi las tiró, sobre los papeles que tenia

en la mesa y que el propio San Martín acababa de entregarle: era la declaración,

bastante pormenorizada, que el comandante Pardo Zancada hacía a requerimiento

del propio Juste, dando cuenta de «su intervención en los hechos... antea,

durante y después de suceder el asalto al Congreso de los Diputados». Con

estupor, el general Juste acababa de «enterarse» de que, desde el primer

momento, su jefe de Estado Mayor, su brazo derecho, su hombre desconfianza en la

dirección de la División Acorazada Brúñete, había estado al tanto de todo...,

metido hasta las cejas en el complot... ¡y fingiendo no saber nada.!...

Se sentía abrumado y desconcertado por el engaño, Como hombre y como jefe,

íntimamente dolido. Se sorprendió a sí mismo al responder a San Martín, con un

tono de voz velado, opaco, pero sin rastros de crispación ni de enfado: «Sí...

Vete a casa y ya recibirás instrucciones.»

Esto era el 28 de febrero de 1981, en su despacho de general jefe de la DAC, en

El Pardo. Concentró la mirada en el picaporte de la puerta, que el corone] San

Martín aún estaba accionando desde ´fuera, mientras cerraba al salir. Y dijo

para sí, pero en voz alta: "Nunca se aprende bastante...» Era la frase que mil

veces había escuchado de su. jefe de Estado Mayor.

Sacó un. caramelo de limón de su bolsillo. No era fumador. Tenía extrañamente

seca la garganta. Dijo a su ayudante que no le pasasen llamadas... Y se hundió

en una reflexión honda, ancha y larga. Por tercera vez en tres días estaba allí,

en su despacho, reconstruyendo..., haciéndose una composición de lugar...,

tratando de casar las piezas del endiablado rompecabezas.

Había unos hechos claros e irreversibles: la DAC, el gigante artillero, no había

«salido», no se había sublevado... ¡Pero pudo haber salido, pudo haber secundado

el «golpe» militar! El. Juste Fernández, seguía al mando de la DAC; mando que no

había perdido en ningún momento... ¡Pero pudo haberlo perdido!

El, Juste Fernández, había «levantado la liebre» sobre la implicación de Armada

y Miláns desde los primerísimos momentos que sucedieron al asalto de Tejero...

Asi se lo dijo, dos días antes en la Zarzuela, Sabino Fernández Campos... En

este punto evocó con emoción el abrazo largo, larguisimo (los segundos parecían

minutos), del Rey, el 25 por la tarde... La voz del Rey, aun mientras le

abrazaba: «¡Gracias, Pepe!» Era como un saldo positivo que gratificaba su

condición de «militar a. secas». Pero ahora, con la «revelación de San. Martín»,

tenía que volver a poner en orden los acontecimientos, a rellenar lagunas.

Pilar Urbano

El poder de la DAC

12.000 hombres.

210 CCM (carros de combate medios).

270 TOAS (transporte oruga acorazado).

54 piezas ATf 155/32.

12 piezas ATf 175/60.

4 piezas 203/25.

24 piezas AA 40/70.

12 Sec. AAA. 20 mm.

3 carros-puente.

La duda de San Martín

Tres de la madrugada del día 23 de febrero. El comandante Pardo Zancada acaba de

regresar de Valencia, donde ha estado «ultimando detalles de la operación» con

el general Miláns del Bosch. Se los comunica al coronel San Martín, jefe del

Estado Mayor de la División Acorazada Brúñete. San Martín le escucha en

silencio, mira su reloj, hace un cálculo mental del tiempo disponible... Horas,

es cuestión de horas. Hombre, metódico y ordenado, se inquieta por la

precipitación con que han de suceder los acontecimientos... «¡Eso no es posible!

¡Es una barbaridad! ¡No hay posibilidades de que "eso" triunfe...!» Pardo

Zancada le ha confirmado la inminente presencia del general Torres Rojas, «que

viajará desde La Coruña a Madrid a primeras horas de la mañana...» Trae un

permiso del general Fernández Posse para un trámite notarial de compra-venta de

un piso, y después se personará en el Cuartel General de El Pardo. Menciona

Pardo Zancada una contraseña, que jugará más adelante. Cuando San Martín queda

solo reflexiona. Sabe bien que la primera virtud de un hombre de Estado Mayor es

«la lealtad al mando». Duda si poner en antecedentes a su general jefe, Juste

Fernández, o...

Pronto ve una solución: A las diez de la mañana Juste y él han de salir hacia´

Zaragoza para inspeccionar y presidir las maniobras «Beta» en San Gregorio. Pero

antes piensan detenerse en Alcalá de Henares y asistir a los actos

conmemorativos del XXVII aniversario de creación de la primera unidad de la

Brigada Paracaidista. Allí han de estar los generales Ga-beiras y Armada... En

el momento del «copetín» hablará con Armada, en su calidad de «segundo JEME», le

pondrá al corriente de los planes de Miláns... y si, según Pardo Zancada, ya los

conoce... obtendrá nuevos datos. Y, en todo caso, le consultará si debe o no

advertir a Juste.

Pero un incidente fortuito impedirá este diálogo: Tanto Juste como San Martín se

han vestido de «diario». Recuerda Juste cómo su jefe de Estado Mayor insistió

para que permaneciesen en la BRIPAC «con los capotes sobre el uniforme no se

sabe si vamos de gala o de diario...» Ahora entiende la razón de ese interés:

«Que el mediodía nos alcanzase estando cerca de Madrid-El Pardo.» Ve Juste que

llega Gabeiras al acuartelamiento paracaidista. Al bajar del coche se desprende

de su gabán y queda a la vista su fajín rojo de gala. En ese momento decide

Juste seguir viaje. San Martín indica entonces la «necesidad de comunicarlo a la

DAC». Posiblemente hablaría por teléfono con Pardo Zancada. «Ya he notificado el

cambio de planes y horario... He dicho que nos detendremos a almorzar en el

parador de Medinaceli.»

«La bandeja está grabada»

Algo después, cuando ya estén en carretera hacia Zaragoza, Juste comentará a San

Martín: «Estoy pensando que no paramos en Medinaceli... Andan de obras y el

parador está cerrado.» San Martín quiere entonces detenerse para volver a hablar

con la DAC, pero Juste le dice que no es imprescindible: «Desde donde almorcemos

daremos nuestra situación.» Apenas hablan durante el trayecto... Al pasar por

Torija, el jefe de la DAC relata la historia de un general italiano que murió

«como un jabato» en el frente de Guadalajara y que estuvo enterrado allí, junto

al arcén... Viajan él y San Martín en su coche. Delante, el conductor y el

ayudante, teniente coronel García Santa Cruz. Testigos ambos, por cierto, de

cuanto se habló o no se habló a la ida y a la vuelta.

Va detrás, sin viajeros, el coche de San Martín. Ahora Juste se pregunta, al

evocarlo, «una vez advertido San Martín del mensaje "la bandeja está grabada";

es decir, de que Torres Rojas ha llegado al Cuartel General de la DAC, ¿por qué

no regresó él solo en su coche, dejándome a mí el campo libre para "ausentarme"

con las maniobras de San Gregorio? ¿No hubiese sido más fácil para "ellos" que

yo no estuviese en El Pardo el 23-F...? ¿O acaso precisaban de mi presencia?».

Nada más llegar al parador de Santa María de Huerta, San Martín va al teléfono.

Pardo Zancada ya no está en la DAC, ha salido hacia Barajas para recoger al

general Torres Rojas, que llega de La Coruña en el vuelo IB-754 con el pretexto

autorizado de resolver ciertos trámites notariales privados en Madrid. En su-

ausencia, el capitán Tamarit se encargará, por encomienda expresa de Pardo

Zancada, de convocar a los jefes de unidades que han de almorzar con Torres

Rojas en El Pardo. Y de leer cierta notita, con un extraño mensaje que no se

ocupaDivisión Acorazada Brúñete (General Juste Fernández) Núcleo de

Tropas Divisionarias

Agrupación Logística número 1 (Coronel Cervantes).

Regimiento Caballería Villaviciosa 14 (Coronel Valencia). Es el que desplazó

unidades a RTVE.

Regimiento Mixto de Ingenieros número 1. Campamento (Coronel Arnáiz).

Regimiento Artillería de Campaña, Vicálvaro (Coronel Pontijas).

Grupo de Artillería Antiaérea. Vicálvaro (Pardo de Santa-llana). Se le encargó

al general Yusty, porque era difícil la conexión Vicálvaro-El Pardo.

Brigada 11 Mecanizada (Campamento. Légañas)

(Incidentalmente al mando del coronel Centeno, por reciente ascenso del general

jefe)

Cuartel General.

Grupo Logístico 11.

Regimiento Motorizable Saboya 6. Légañas. Se preparaban para tomar varios medios

de información.

Regimiento Wad Ras, Mixto. Carros y Mecanizado.

Grupo Artillería Grandes contingentes estaban en San Gregorio para ejercicios de

tiro.

Batallón Mixto de Ingenieros número 11.

Brigada Acorazada El Goloso

(General Ortiz)

Cuartel General.

Grupo Logístico número 12. Regimiento Mecanizado Asturias 31.

Regimiento Carros de Combate Alcázar de Toledo 63. En San Gregorio para

ejercicios de tiro.

Grupo de Artillería ATP 12.

Batallón Mixto de Ingenieros número 12.

Cuartel General de El Pardo.

Estado Mayor (Coronel San Martín).

Compañías del Cuartel General (Capitán Olmedo).

Compañías de Policía Militar (Capitán Alvarez Arenas). Ambas «salieron» ai mando

del comandante Pardo Zancada.

en descifrar, cuando le telefonee San Martín: «La bandeja está grabada.» Son las

doce y cuarto del mediodía cuando San Martín vuelve del teléfono a la mesa donde

aguardan Juste y su ayudante: «Mi general... me dicen en el Cuartel General que

tenemos que regresar inmediatamente... que allí ocurre algo grave... no han

querido decirme más... ya sabes, el teléfono es indiscreto y hablábamos por la

red civil.»

Compran unos «sandwiches» y unas cervezas para el retorno. Juste piensa que

puede tratarse de un robo de armas, de alguna infiltración etarra, incluso de un

atentado de ETA..., o un accidente, un disparo fortuito de algún soldado...

entre 14.000 mil hombres siempre es posible un percance, una disputa ¡vaya usted

a saber! «Cuando lleguemos a Alcalá, telefonéales para que nos adelanten

algo...» Pero San Martín insiste en seguir viaje de vuelta, «por teléfono no van

a querer decir nada, mi general». En cierto momento insinúa: «A lo mejor se

trata de algún movimiento, alguna sublevación, en una Región Militar...» Y Juste

deniega rotundamente: «¿Una "intentona" en estas circunstancias, cuando con el

nuevo jefe del Gobierno, Calvo-Sotelo, todo parece que va a reconducirse

bien...? ¡No, no sería razonable!»

«Pardo Zancada tiene algo que decirnos...»

En el «flash back» de memoria, Juste vuelve a ver a San Martín, a su lado,

silencioso... «Debió contarme de pe a pa lo que ocurría... Debió decirme: "Mi

general, te vas a encontrar con este tinglado montado cuando lleguemos..."

Pero apenas abrió los labios.» Llegan al patio de El Pardo a las cinco menos

diez. Se encuentran con Torres Rojas, de uniforme, rodeado de jefes y oficiales,

que acaban de comer y tomar café. Torres Rojas saluda a Juste militarmente y

empieza a darle explicaciones de su presencia allí, «unos asuntos notoriales de

familia... un piso para mi hija... quise venir a estar con estos hombres, que

fueron subalternos míos...» Van caminando hacia el edificio donde está el

despacho de Juste. Se sitúan, unos de pie y otros sentados, en el sofá burdeos

de vieja piel, en sillones y sillas, en torno a una mesa baja. Están muy cerca

unos de otros. Juste, San Martín, Torres Rojas, Pardo Zancada, los coroneles

Arnáiz, Pontijas, Centeno, Pardo de Santallana, el general Yusti, a quien no se

avisó para la comida ni para la reunión, pero llegó sin que se le esperase. Más

tarde entrarán en el despacho los coroneles Valencia y Cervantes y el general

Ortiz. Son los mandos de las distintas unidades que integran la DAC Brúñete.

San Martín dice a Juste que «el comandante Pardo Zancada tiene algo muy

importante que decirnos». Y entonces es cuando Pardo Zancada anuncia a los

presentes que «a partir de las seis de la tarde ocurrirá en Madrid un hecho

"sonado", de extraordinaria gravedad..., que se conocerá por la radio y la

televisión..., que no habrá más remedio que actuar para garantizar el orden y la

seguridad de la I Región..., que la III Región, al mando del teniente general

Miláns del Bosch, está ya dispuesta y preparada... La Acorazada Brúñete debe

prepararse, asimismo, para cualquier eventualidad...

Entre las acciones previstas está la declaración de estado de excepción,

llegado el caso, en la jurisdicción de Miláns...» Como señal de garantía para la

acción, Pardo ha indicado que «el hecho desencadenante se conocerá por la radio

y la televisión». Juste ordena que le traigan de su equipaje, que está en el

coche, una radio transistor. Y así lo hace su ayudante. El otro indicio que

señala Pardo es «que el general Armada estará a partir de las seis en la

Zarzuela, junto al Rey, para impartir las órdenes que sean necesarias..., porque

todo se hará con el consentimiento y bajo las órdenes del Rey».

Juste no sale de su asombro, como todos los presentes. Y dice, al tiempo que se

dispone a levantarse: «Voy a comunicar con el capitán general Quintana Lacaci.»

Pero Pardo le detiene diciendo: «Mi general, de eso ya se encarga el general

Miláns del Bosch...»

Juste, perplejo, vuelve a sentarse en el sillón, junto a los militares que están

en el sofá. Considera algo que, en principio, le parece pueril, incluso

estúpido, pero que luego tendrá su importancia: al no estar detrás de su mesa de

despacho se encuentra «geográficamente lejos de los teléfonos». Es un hecho.

Saltan entonces los comentarios. Alguien, quizá San Martín, recuerda que «es la

hora de salida en los cuarteles y que la gente puede empezar a irse...» Pardo

notifica que ya, desde el mediodía, se ha dado la orden de acuartelamiento.

Este dato; de «órdenes cursadas sin su conocimiento», alerta a Juste. Un

comentario dicho, allí mismo acaba de perturbar aún más su inteligencia de la

situación. Cuando Torres Rojas, muy convencido, asegura que «una acción del

Ejército estaría perfectamente dentro de la Constitución, donde se dice que el

Ejército se encarga de salvaguardar las instituciones...»

Tampoco encaja en su esquema el hecho de,que «si la DAC tenía que jugar en el

"movimiento", o en el "golpe", o en lo que fuera aquello..., Miláns no le

hubiese advertido personalmente». Poco tiempo atrás estuvieron juntos, pero

Miláns no le hizo la más mínima insinuación, el más mínimo sondeo...

Se dispone la «operación Diana»

Observó los rostros de los jefes reunidos en su despacho. Habían pasado de la

sorpresa a la tensión, incluso en algunos al apasionamiento. Estaban persuadidos

de que aquello era cierto y que el Rey lo quería. Ahora no podía precisar en qué

momento ni con qué palabras, pero recordaba bien que Torres Rojas, incluso San

Martín, aseguraron que «el Rey podría estar detrás» y que «Armada iría a la

Zarzuela».

Eran ya más de las cinco´y media, la reunión se había prolongado porque a

medida que se incorporaban nuevos jefes militares hubo de repetírseles la

información. San Martín se dirigió a Juste: «Mi general, con tu permiso

vamos poner en marcha la "operación Diana".,.» Juste le miró perplejo. Pensó que

la «Diana» no podía ponerse en marcha así como así. Requería órdenes, consignas

previamente acordadas y conocidas, claves... para movilizar a los hombres,

municionar las armas", carburar los vehículos, distribuir los objetivos. ..

Harían falta más de noventa minutos, quizá dos horas, como mínimo.

Y ello en la fase de «alertados». Con todo, San Martín y sus hombres de Estado

Mayor salieron del despacho del general para dedicarse con gran celeridad y

evidente improvisación a la tarea de asignar objetivos. ¡Tuvieron que- recurrir

a las páginas amarillas de la guía telefónica para localizar los enclaves de

algunas emisoras de radio!

Al poco rato regresaron con un escrito de «misiones» y «puntos estratégicos»,

que en su momento, tras el hecho «detonante», habría que ocupar: determinadas

emisoras de radio, Televisión Española, Retiro, plaza de Castilla, plaza de

Neptuno (junto a las Cortes), jardines del Moro (en la fachada del Palacio

Real), parque de Berlín...

Estaciones de ferrocarril: Atocha, Chamartín, Norte; aeropuerto de Barajas... La

clave de autentificación, para cuando las órdenes se cursasen por teléfono,

antes de su confirmación por escrito, era «lunes». Cada quien tomó sus propias

notas sobre lo que le concernía y se las guardó en el bolsillo o en la cartera.

Juste no firmó nada, toda vez que los objetivos se impartieron de viva voz; pero

los asumió y consintió, al hacerse en su presencia. Experto en estrategia

militar, se preguntaba mentalmente: «¿Pero cuál es el "objetivo" de esos

"objetivos"? ¿Contra qué enemigo vamos? Aquí no se ha dicho nada de eso...»

«Podían despojarme del mando»

V olvió a pensar en el teléfono. Pero se detuvo... La presencia de Torres Rojas

allí, frente a él, de uniforme, le intranquilizaba. Conocía, y luego, días más

tarde, lo expresaría el propio Pardo Zancada, que «había una influencia de

carisma de Torres Rojas sobre la oficialidad joven» y no necesitaban recordarle

que cuando él se hizo cargo del mando de la DAC «sabía que los jefes de unidades

le recibirían cOn respeto y disciplina, pero... interiormente "de uñas",.porque,

aunque allí había estado ya el general Monge, muchos seguían venerando a Torres

Rojas como jefe». En cierto momento de la madrugada le comentará a San Martín:

«No se me va de la cabeza que a este hombre, Torres Rojas, me lo han traído aquí

para quitarme el mando.»

A lo que San Martín respondió con sequedad: «Eso es muy grave para que tú lo

digas, mi general.»

Juste miró su reloj de pulsera. Y desde la esfera levantó-los´ ojos nuevamente

hasta los teléfonos que estaban junto a su mesa. «Si me levanto y telefoneo a

Quintana o a la Zarzuela para aclarar las cosas quizá desencadene entre estos

hombres una reacción irreversible: impedírmelo. En tal caso, yo mismo les

obligaría a "anularme", a despojarme del mando... De cualquier modo,

conociéndose ya mi presencia en el Cuartel General, y como las órdenes se dan

desde el Estado Mayor, pueden "utilizar mi autoridad legítima", pero sin contar

conmigo...» Acudió a su recuerdo un episodio que indirectamente había conocido

cuando el alzamiento militar del año 36...

Los «sublevados» Seguí, Gazapo y otros llegaron a la Comandancia Militar de

Melilla. El general Romerales se opuso a seguir la sublevación, y a sus órdenes,

incondicional, su ayudante Seco, padre, por cierto, del historiador Carlos Seco

Serrano.,, A Romerales, cuando intentó telefonear, se lo impidieron,

conduciéndole a su pabellón-vivienda, donde le tuvieron «neutralizado», con dos

soldados de vigilancia en la puerta. A Seco le fusilaron años después...

«En este momento puedo hacer una de estas tres cosas —pensó Juste, mientras

removía el azúcar en la taza de café que acababan de servirle—: Una, creérmelo

desde ahora, como algunos de ellos, y sumarme a la "sublevación"... por España y

por el Rey. Dos, ir hacia mi mesa, dar un puñetazo contra el tablero y decir:

"¡Aquí no se hace nada mientras yo no hable con el capitán general de Madrid!" Y

tres, esperar, porque es cuestión ya de minutos a que lleguen las seis...»

Descartó la primera alternativa. Reconsideró la segunda: «Pueden prescindir de

mí. Abajo está mi coche: dos escoltas y... a mi casa, vigilado. O, más sencillo

y eficaz, pasarme al "cuarto oscuro" o al despacho de San Martín... Aquí está

Torres Rojas y puede cursar todas las iniciativas que quiera con un "de orden de

su excelencia".»

«¿A qué tanto interés por Armada?»

fectivamente, entre el despacho de Juste y el de su jefe de Estado Mayor hay un

estrecho y corto pasillo de pocos metros, exactamente los que ocupan: a un lado,

un cuarto de baño, y, al otro, un cuarto ciego, donde se guardan legajos,

libros, papeles... Optó por la tercera opción: «ganar tiempo». Curiosamente, San

Martín le acuciaría con un impaciente «estamos perdiendo minutos preciosos, mi

general», cuando después Juste se dedicaba a obtener, telefónicamente, los

desmentidos de que «aquello era en nombre del Rey».

Para aumentar la confusión del momento de tensa espera, una anécdota incidental:

El general Yusty se presentó en el despacho de Juste. Tenía Yusti un pariente

muriéndose en Galicia. Animado por San Martín había solicitado permiso para

ausentarse del teniente general Quintana, a través de su jefe de Estado Mayor,

Sáez de Tejada, que se lo denegó razonablemente: «No debes moverte de El, Pardo,

porque Ortiz está en Alcalá de Henares y Juste y San Martín en las manióbras de

Zaragoza.»

Así que cuando Yusty vio que estos dos habían regresado la tarde del 23-F,

telefoneó a Tejada para pedir de nuevo el permiso de ausencia. «Ya está aquí

Juste», dijo. Y Tejada: «No, no te muevas de ahí.» En un principio, Yusti pensó

que S. de Tejada no había po´dido consultar la cuestión a Quintana. Después, a

la vista de lo que allí estaba sucediendo, «supuso que Tejada y el propio

Quintana estarían al corriente y de lo que iba a ocurrir..., y quizá de

acuerdo». Este detalle influyó en el ánimo de Juste para, a la hora de las

verificaciones telefónica, llamar antes a la Zarzuela que a Capitanía General,

«porque Quintana podía ignorar el fondo de la cuestión».

A las seis y veintidós, cuando Tejero irrumpe en el Congreso, Juste tiene a

medio metro de sí el transistor. «¡Bien, esto ya ha explotado!» Dentro de la

«lógica de la prudencia» que se había impuesto, dijo en voz alta: «Ahora voy a

llamar a Armada a la Zarzuela,..» A las seis treinta pide a su ayudante que le

ponga al habla con el general Sabino Fernández Campo. Pero éste ha subido en ese

momento al despacho del Rey y Juste se limita a dejar nota de su llamada.

Vuelven a intentarlo, más la línea «civil» está saturada. Un cuarto de hora

después, desde la Zarzuela, Fernández Campo telefonea a Juste.

Juste: ¿Está ahí Alfonso Armada?

F. Campo: No, aquí no está, ¿...?

Juste: ¿No estará con el Rey...? ¿Ha ido por ahí y se ha marchado?

F. Campo: No, no está ni ha estado... ni se le espera. ¿Por qué tanto interés

con Armada?

Juste: ¡Ah, entonces ya veo claro!

«¡Ten cuidado con Torres Rojas!»

inmediatamente se pone al habla con Quintana, que está en su despacho de la

calle Prim. Le pone al tanto del relato de Pardo Zancada.

Juste: ¿A ti te ha llamado Miláns?

Quintana (con voz fuerte): ¡Pero, ¿aquí quién manda? ¿Miláns o yo...?! Y tú,

¿desde dónde me hablas? ¿No estabas en San Gregorio?

Juste explica su situación y las órdenes de la «operación Diana» que se han

distribuido en la DAC.

Quintana: ¡Nada, todo el mundo quieto! ¡Que no salga nadie!

Juste: Está aquí en mi despacho Torres Rojas...

Quintana: ¡Ten cuidado con él!

Como las órdenes distribuidas por San Martín eran, desde el momento en que el

«hecho detonante» se produjo, de «salida y toma de ´objetivos», Juste manda

ahora que se anulen y que todas las unidades permanezcan acuarteladas. Es la

«Diana», rectificada y anulada, que, primero, se cursa por teléfono y, después,

por escrito, esta vez con la firma de Juste, y se envía en sobre cerrado a cada

jefe por enlace motorizado. San Martín redacta los textos, y al llevárselos a

Juste le dice: «A estas alturas no es posible dar marcha atrás.» Y Juste: «Pues

si no es posible se intenta.»

Villaviciosa se mueve

Entretanto, en Leganés, el Regimiento Motorizado Saboya 6 prepara dos pelotones

de fusileros para ocupar diversos medios informativos. Ordenes que Juste no

había dado ni llegado a conocer. Como tampoco tuvo conocimiento de la

«ocupación» de Radio Popular que llevó a cabo el capitán Batista. Sí supo, en

cambio, que cuando el coronel Valencia llega al Regimiento de Caballería Ligera

Acorazada Villaviciosa 14, con sede en Retamares, ya han ocurrido los hechos

iniciales del asalto al Congreso, y se pone en marcha la «Diana-2», como se

había convenido, «porque será necesaria la intervención del Ejército para

garantizar la seguridad, etcétera».

Los capitanes Merlo y Corsico, del Villaviciosa 14, preparan dos unidades, con

nueve «jeeps», dos blindados y treinta y cinco hombres. Este Regimiento tiene

siempre un retén a punto porque hay allí mismo un polvorín. Esto determinó la

rapidez en la salida. El objetivo, por otra parte, era próximo: RTVE. Por ello,

a las siete cuarenta y ocho entra en el despacho de Fernando Castedo, en Prado

del Rey, un sargento con uniforme verde claro de campaña: «Tengo orden de

disparar si no se cumplen mis instrucciones...»

En este tramo de la «reconstrucción de los hechos», Juste, acodado sobre la mesa

de despacho mientras va recordando, dibuja inconscientemente un enjambre de

interrogantes, con lápiz rojo sobre un papel en blanco que tiene delante: «¿Por

qué se tardó tanto en dar la contraorden al Villaviciosa? ¿Hubo dificultades de

conexión? ¿Lentitud en San Martín para expedir al enlace? ¿Fue el coronel

Valencia quien tuvo "poca prisa" para hacer regresar a sus capitanes...? Allí,

en Retamares, estaba precisamente el hijo de

Miláns...» El caso cierto es que hasta las nueve veinte de esa noche no se

recibiría la llamada telefónica de «retirada En Prado del Rey. Demasiada

demora...

Torres Rojas, que ha estado presente cuando Juste habló con la Zarzuela y con

Quintana, por primera vez se ha quedado «en el sofá como petrificado». San

Martín ha perdido su natural aplomo. Juste hace llamar a Pardo Zancada.

. Juste: ¿Ve usted cómo ni Armada ni el Rey están en este asunto?

Pardo: Mi general, le doy mi palabra de honor-que cuando yo estuve el domingo,

veintidós, en Valencia, delante de mí el general Miláns habló con el general

Armada por teléfono sobre todo esto...

Juste: Usted vio y oyó hablar a Miláns, pero ¿quién le asegura que al otro lado

estaba Armada?

Detener a la bestia blindada

Empieza entonces el «contragolpe» en la DAC. Detener la salida del monstruo

acorazado. En Zaragoza están, transportados en once trenes, para los ejercicios

de tiro «Beta», los dos batallones del Regimiento Alcázar de Toledo 63 y el

batallón del Regimiento Wad-Ras 55, de carros y mecanizado, con el Grupo ATP-11,

de artillería autopropulsada: más de 130 carros de combate. El general Elícegui

telefoneará a Juste para decirle: «Tu gente no me ha creado ningún problema...,

pero he suspendido los ejercicios de tiro de mañana...»

Así, pues, porque San Gregorio es uno de los tres campos «nacionales» (los de

Teleno, en León, y Chinchilla, en Albacete, son los otros dos), a las órdenes de

Elícegui estará durante las horas del «golpe» el grueso artillero mecanizado:

más de la mitad de los elementos de combate de esa poderosa herramienta

disuasoria que es la DAC. Pero, con todo, en las cercanías de Madrid aquella

tarde del 23-F, y a punto para el impresionante golpe de efecto del «asedio de

blindados», había unos 50 tanques AMX-30, con su tremenda fuerza potencial

amilanadora, si hubiesen avanzado por las calles con sus.amenazantes cañones de

105 milímetros, de munición rompedora y perforante; sus dos ametralladoras de

12,70 milímetros y 7,62 milímetros en la torreta; su dispositivo de rayos

infrarrojos con refuerzos de luz estelar, que les permiten moverse en la noche

como gatos, capaces de hacer blanco, con precisión, a 2.000 ó 3.000 metros... En

El Goloso, 17 de estos «animales metálicos».

En el Wad-Ras, de Leganés, 11. En el Villaviciosa, de Retamares, 22... Y

sententa y tantos cañones sobre orugas reptantes de enorme calibre y alcance de

treinta y tantos kilómetros. Pero la DAC no está hecha para el asedio y la toma

de una ciudad. Sobre el asfalto el efecto «moral» de potencia avasallante es

tremendo, sí; sin embargo, el militar de infantería o de artillería sabe bien

que «los tanques en la calle» son gigantes con pies de barro, torpones en las

revueltas de una plaza o en la estrechez de un callejón, y fácilmente

obstruibles por una barricada opuesta a su paso. Hubiesen bastado, sin embargo,

media docena de esas «bestias acorazadas» en las inmediaciones del Congreso para

acuñar indeleblemente el triunfo del «golpe» en una frase: «Madrid está tomada.»

juste forcejea con algunos coroneles Justé se encaró a la guerra de las

comunicaciones. Las órdenes dadas por «red táctica» para detener la salida de

unidades fueron, en algunos casos, interceptadas... o no respetadas. Cuando

Quintana se ponga en contacto, directamente, con determinados jefes de

Regimiento o de grupos artilleros utilizará la CBH, de ondas hertzianas, que no

pueden ser intervenidas. Por cierto, en algunas de esas llamadas la «cadena del

mando» funciona tan estrictamente que el coronel del Regimiento, Pontijas, de

Vicálvaro, por ejemplo, responde al JEME de la I Región: «Yo tengo que recibir

esa orden de mi general. Que me llame Juste.» Y Juste ha de hablar,

sucesivamente,- con Cervantes, con Pontijas, con Centeno, con Valencia, con

Arnaiz...

En alguna ocasión —él lo recuerda con viveza— ha de imponerse y «dar un par de

voces fuertes» para doblegar el ímpetu inquieto de un jefe empeñado en «salir».

Al habla, precisamente con el Regimiento de Villaviciosa 4, la última frase de

Juste es un «te ordeno terminantemente que te estés ahí quieto». Prácticamente

ha de «forcejear» con toda la División, porque la confusión ha cundido: Unos

creían que el Rey estaba detrás respaldando «el movimiento militar», y no

respirarían tranquilos hasta que se emitiese el mensaje televisado de Su

Majestad desautorizando «la intentona»; otros, solidarizados por «compañerismo»

con la «salida» del Villa-viciosa y después con la de Pardo Zancada desde El

Pardo, querían apoyar la acción.

Sesenta llamadas telefónicas

En esa noche Juste hablará unas sesenta veces por teléfono. Aparte de las

llamadas con sus coroneles, mantiene seis comunicaciones con la Zarzuela,

concretamente con Sabino Fernández Campo. Seis con Quintana Lacaci. Intenta

hablar con Gabeiras, al menos en cinco ocasiones, sin conseguirlo. Varias de

estas llamadas las atendió el propio Armada; otras veces fue el general

Esquivias. Con Miláns del Bosch, dos conversaciones. Los militares que están en

el despacho de Juste le apremian: «¡Que en Valencia las tropas están en la

calle, mi general!» Del Estado Mayor de la ni Región llegaban noticias falsas al

Estado Mayor de la DAC, anunciando que «otras Regiones Militares se habían

sumado». Miláns negó a Juste tal movimiento de tropas y tanques en Valencia.

«Yo, por si acaso —le dijo—, tengo preparado un manifiesto.»

De la Zarzuela telefonearon a la DAC, en ciertos momentos, para transmitirles

serenidad y riendas bien cogidas: «De parte de Su Majestad que todos

tranquilos... ¡Ni una tontería...! Y que no os creáis una sola palabra de lo que

os han dicho.»

Por su parte, Quintana telefonea al capitán general de Galicia, Fernández Pose.

Y al decirle: «¿Tú sabes que está Torres Rojas en El Pardo...? ¿Qué pinta por

aquí?» Fernández Pose le indica": «Dile que se venga inmediatamente.» Orden que

Quintana transmite en directo a Juste. Esto sucede entre las dieciocho cuarenta

y cinco y las diecinueve cuarenta y cinco. Juste cuelga el teléfono después de

.hablar con Quintana. Se quita las gafas, y mirando a Torres Rojas, frente a

frente, le dice escuetamente: «Que te vayas a La Coruña..., en seguida.»

Torres Rojas saca de su billetera una cartulina de Iberia con horarios de

vuelos. Se despidió con naturalidad y sale del despacho. Pero de ahí marcha a la

estancia contigua-;´donde está San Martín, y con él permanece aún hasta las

nueve y diez de la noche. A continuación reemprenderá el regreso a La Coruña,

coincidiendo en el avión con el periodista-director de «La Voz de Galicia».

Juste, al evocar los episodios de aquellas horas, tiene que reconocer que

«Torres Rojas no me creó problemas, ni interferencias en el mando... Le vi

"sumiso" a mí... cuando yo, al principio, fingí seguir "el tema"; él me dijo:

"Yo estoy aquí a tus órdenes para lo que necesites de mí..." No, ni me estorbó

ni interpuso presión moral ninguna».

Pardo Zancada pudo arrastrar media DAC

Pasadas las once, en el despacho de San Martín se improvisa un comedor para

cenar, con el rancho de la tropa, Juste, Yusty, San Martín y Piserra. Al

concluir, San Martín va hacia una de las oficinas del Estado Mayor. Allí ve a

Pardo Zancada, que está cambiándose de ropa: «Yo no aguanto más... Y voy a

"salir" con algunos hombres que me siguen.» Se trata de los capitanes Dusmet;

Cid, Olmedo y Alvarez Arenas y 80 soldados, las compañías del Cuartel General y

de la Policía Militar de El Pardo. Alrededor de las doce y media salen en

«escapada» hacia el Congreso para unirse a los «golpistas» asaltantes.

San Martín lo supo, pues, por el propio Zancada.

Pero no se lo comunicó a Juste... «Me lo ocultó. Cuando por el transistor oí:

"¡Se aproximan LandRovers de la DAC hacia el Congreso!", llamé a San Martín para

preguntarle si sabía algo. .Salió de mi despacho... Hizo el "paripé" de ir a

enterarse y luego regresó para informarme... En ese momento temí la verdadera

hecatombe si a Pardo Zancada se le unían otros. En tales situaciones de tensión

y de nervios incontrolados, la onda de "simpatía" puede ser imparable. Pudimos

registrar, por medio de Piserra, que Pardo Zancada había intentado animar a

otros compañeros, llamando a Villaviciosa, a Vicálvaro y a Leganés... Algunos

coroneles le dieron "largas"... Hubo quien le dijo que "lo estaba pensando

también"... Volví a hacer otra ronda de contactos telefónicos, hasta hacerme

definitivamente con la situación. Mis jefes estuvieron... tensos, sí, pero

obedientes.»

«Hablé con Sabino para encarecerle que el Rey diera su mensaje cuanto antes.

Tenían —me dijo— dificultades técnicas por TVE... Se me hizo interminable la

espera hasta la una veintitrés... También el "contra-bando" de Miláns se

demoraba. Ahora recuerdo que San Martín me decía: "¡Ves cómo no sale!".»

Suena nuevamente el teléfono. Es Sáez de Tejada, de parte de Quintana: «Pepe:

dile a San Martín que se venga para acá.» Y San Martín, a Juste: «Yo te hago´

más falta aquí, mi general.»

Una vez en Capitanía, encomiendan a San Martín que persuada a Pardo Zancada para

que abandone el Congreso con sus hombres. Ya había fracasado una primera

embajada, De Astilleros y Novarbos, ambos de Estado Mayor. San Martín y Bonelli

se personan en el Congreso. Pardo dirá a San Martín: «Habla tú con los

capitanes. Si quieren irse, que se vayan. Pero de los soldados no te llevas ni

uno... Y yo... no obedezco órdenes más que de Miláns del Bosch.»

Poco después, desde Capitanía, informan a Juste de la «misión San Martín». Juste

telefonea a Miláns para que intervenga sobre Pardo Zancada. Miláns responde a

Juste en términos evasivos: «Yo no mando en Madrid. Yo no tengo nada que ver con

ese asunto.»

Aún se intenta una tercera gestión disuasoria: Un ayudante del Rey, Agustín

Muñoz Grandes, «Agustinito» para los veteranos militares que trataron a su

padre, propone enviar un mensaje «personal del Rey al comandante Pardo Zancada»

para que deponga su actitud. El Rey consiente. Se escribe. A San Martín no acaba

de satisfacerle, lo rectifica para finalmente entregárselo en persona a Pardo

Zancada, aunque este definitivo «mensaje del Rey» no se conoció en la Zarzuela.

San Martín tardó mucho tiempo en regresar a El Pardo aquella noche. Al parecer,

se fue a su casa a ducharse y a tranquilizar a su mujer... «Me había visto por

la televisión cuando estuve en el Congreso y estaba nerviosa», fue la

explicación que dio a Juste al reincorporarse.

Entretanto, sólo un hombre, el general Yusty, ha permanecido ´junto al general

Yuste, sin separarse de él un solo"iás-tante. En algún momento de la tarde o de

la noche, Juste le encargó que mantuviese «embridada» a la artillería y así lo

hizo. Yusti, un excepcional testigo de «por qué no salió la DAC».

Un hombre y un teléfono

Pasea Juste por la estancia militar. Donde está ahora en pie colocaron un

«catre» la noche del 24-F, cuando llevaba casi cincuenta horas sin dormir...

Donde está ahora en pie estuvo Pardo Zancada después de su rendición... «Esta

vez, Pardo, no puedo felicitarle...» Donde está ahora en pie estuvo Torres Rojas

como un enigma cargado de tensión aquellas horas del 23-F por la tarde... Donde

está ahora en pie acababa de estar San Martín con su secreto y su silencio entre

pecho y espalda...

Siente un escalofrío desconcertante al darse cuenta de algo que hasta ese

momento le había pasado inadvertido: sobre el mayor potencial artillero de

nuestros Ejércitos, sobre la mayor dotación de hombres armados y adiestrados

para el combate de acción fulminante y directa, y sobre un elenco de jefes élite

que, ¿a qué negarlo?, no sentían por él la devoción que hace entrañable la

«obediencia ciega» del militar... sobre el imponente monstruo de la DAC Brúñete.

Para desactivar, en buena parte, la espoleta del «golpe», él, Juste Fernández,

!había estado solo..., entre estas cuatro paredes... con una sola arma: un

teléfono!

 

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