Autor: Porcel, Baltasar. 
   El Golpe, después del golpe     
 
 ABC.    23/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL GOLPE, DESPUES DEL GOLPE

ALGO en apariencia paradójico viene ocurriendo y es que mientras todo el mundo,

incluida natural-mente la derecha, y con excepción de los ultras, rechaza e!

golpe de! 23 de febrero y sus exaltados y simplones presupuestos, a la vez

también esta inmensa mayoría opina que hay que pracJicar unaserie de reajustes

en el cuadro político y en ef panorama general del país, los cuales concuerdan,

aunque de lejos y rebajados, con (as ideas que podían sustentar los fracasados

golpts-tas.

Y en esto están de acuerdo no solo el Gobierno y su partido y el principal

partido de !a oposición, e! PSOE, sino que en estas (¡las, en las de oíros

grupos y en e! ánimo de un crecido número de ciudadanos incluso se reclama en

voz baja normas todavía más severas, aunque públicamente se diga lo contrario.

(En esto país todavía no pueden enjuiciarse realísticamente los hechos y los

problemas, Antes la censura oficial lo impedía. Ahora, por imperativos de una

demagogia democrática que nadie se atreve a transgredir por temor a que se le

tache de reaccionario. Y ojo: quienes tes tacharían sabrían que es falso, pero

su ataque sería eficaz y para ellos provechoso, al menos hasta que, meses más

tarda, esa retórica estuviera ya gastada, tanto por usarla hasta la saciedad

como por su desvinculacíón de la realidad. Pero por entonces ya otros dogmas

verbales se han puesto en marcha, continuando (a anomalía, la divergencia, entre

lo que se dice y lo que se hace. Y termino el paréntesis.)

¿Quiere esto decir, pues, como van afirmando por ahí con frivolidad algunos

politicos y comentaristas, que en cierta manera el golpe triunfó en espíritu,

aunque en la práctica fracasara? De pensar así se olvida un factor esencial: el

brutal y extemporáneo martillazo de Tejero y Milans del Bosch se produjo cuando

en las Cortes se estaba presumiblemente votando la investidura de Leopoldo

Calvo-Soteto como presidente del Gobierno. No es en vano que ambos

acontecimientos concuerden. Y no porque entre si político y Jos dos militares

existan lazos de connivencia. Incluso es el presidente del Gobierno el que

deberá estar especialmente atento a que se aplique todo e! rigor de la Ley

contra ios sediciosos. Lo que ocurría es que ese mes da febrero era el resultado

de un año políticamente muy grave, en que el país anduvo en casi todas sus

facetas desatado y caótico.

Porque todos sabíamos después de los debates parlamentarios que precedieron a!

golpe que Leopoldo Catvo-Sotelo era —se ros había revelado allí— un señor

equilibrado, austero, culto, firme, perteneciente a una derecha cuya coherencia

no se veía afectada por ningún complejo de inseguridad o culpabilidad motivado

por la ofensiva ideológica de la izquierda. Y que este señor iba a actuar, como

después ha hecho, con un evidente radicalismo conservador, replanteando los

temas autonómico, terrorista y económico-laboral.

¿A qué andarse hinchando ahora el globo del teniente coronel Tejero? Una excusa

retórica para no afrontar, en voz alta, la responsabilidad de apoyar o de dejar

hacer sin molestar a Leopoldo Calvo-Sotelo y a su Gobierno. Y esto sin restarle

al golpe ni un ápice de su gravedad, que fue enorme. Pero en otro plano.

Exactamente, cara al futuro: a la vista de lo que aconteció el 23 de febrero

será en adelante posible montar otro golpe que, cuanto menos en hipótesis,

triunfe. Involuntario y revelador ensayo da las resistencias, tos fallos y las

facilidades que pueden hallar los golpísfas.

Oigo esto, por lo demás, sin agitar el fantasma del golpismo. Es importante

recordar que Tejero, Miláns del Bosch y quienes estaban con silos fracasaron

porque sus companeros de armas, el Ejército y las Fuerzas de Orden Público en

grueso, en ningún momento les secundaron. Todo lo contrario: han estado con el

Rey y la Constitución siempre. No busquemos fantasmas, atengámonos a la

realidad. Ni prejuzguemos contra nadie por sus opiniones, sus reservas, y más en

este caso,-cuando se suceden ios asesinatos de militares, guardias civiles,

policías. Si en los cuarteles no existiera una determinada crispación -es que

reinaría la más absurda insensatez.

Diversos diputados y partidos políticos, parlamentarios o no, han lanzado a voz

en grito más invectivas contra la Constitución que algunos de los militaros que

puedan estar

en desacuerdo con eíla. Ya propuso Santiago Carrillo declarar ¡legales

organizaciones como las de Herri Batasuna o Fuerza Nueva, que incluso defienden

sin rebozo acciones terroristas.

Todo esto, sin embargo, tampoco significa que e! Gobierno da Calvo-Sotelo, y a

su zaga el concierto parlamentario UCD-PSOE, no hayan escorado la nave más a la

derecha a consecuencia del 23 de febrero.

Pero de no haber sido así, ¿en qué mundo estaríamos? La pura inconsciencia.

Piénsese que los dos escalones siguientes al da la pasada intentona son la

guerra civil y la bomba atómica o similares. Pretender que nada ha ocurrido, que

debería haberse vuelto olímpicamente la espalda a la erupción volcánica, sólo

pueden sostenerlo quienes, como decía, dejan la realidad a un lado, porque no

les conviene o la temen y continúan meciéndose en la comodidad de su charloteo.

Soto a partir de estos condición amientes, a mi modesto entender, puede

dísculirse a favor o en contra de las medidas que va arbitrando el Gobierno. Al

secretario de Es-tado norteamericano, Alexander Haig, a su paso por Madrid,

pedimos tan perentoriamente cuentas de !o que, al parecer, dijo confuso —«Es un

asunto interno español...»— al enterarse del golpe, a la par que implícitamente

le condenábamos por no haberse manifestado con toda evidencia en contra. Bien.

¿Pero no convendría también que ante nosotros enfocáramos con idéntica claridad

las consecuencias del 23 de febrero y aquellos hechos que, aunque coincidentes.

nada tienen en común con ellos? Porque, como dijo el mismo Haig, da un asunto

interno español se trata y sólo separaremos el grano de la paja haciéndonos con

la cosecha si cribamos con persistencia y cuidado.

¿O es que lo que en el fondo le pedíamos a Alexander ,Haig, con toda la

incongruencia de que somos capaces, y que puede llegar a ser en extremo

abundante y variopinta, era sencilla y llanamente la intervención da los

«marines» USA cuando nos vengan mal dadas? Entonces quienes tendrian razón no

serían ya Jos que van perorando que si Tejero tal o cua!, sino los que afirman,

todavía en plena caverna, que continuamos metidos en el franquismo:

Franco, al que nunca interesó la democracia, en consecuencia ni quiso ni

hubiera podido participar en el Plan Marshall, en la OTAN, en el Mercado Común,

y por ello, creyéndose así seguro en su solitario feudo, se contentó con el

Tratado bilateral con los Estados Unidos-Baltasar PORCEL

 

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