Autor: Urbano, Pilar. 
   La noche de un Rey en vela     
 
 ABC.    05/03/1981.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

JUEVES 5-3-81

ABC/9

Hilo directo

La noche de un Rey en vela

El Rey estaba trabajando en su despacho. Un traje cómodo, casi de andar por

casa. No tenía audiencias esa tarde. La había reservado para seguir por radio la

sesión de investidura «segundo round». En ese momento, tas seis veintidós, se

había enfrascado en la lectura de unos papeles y oía distraidamente la votación

nominal. De repente, el silencio, las voces como de «tramoya» teatral: ¡Quietos

todos! ¡Nadie se mueva! ¡No pasa nada! ¡Al suelo! ¡Todos al suelo!...» Parecía

una interferencia de oirá emisora. Prestó atención... E Inmediatamente la paz

mansa de la tarde del «23-F» en Zarzuela se conmocionó como sacudida por una

descarga eléctrica. Desde el salón de ayudantes llegaban para dar al Rey la

noticia confusa del «asalto al Congreso».

A partir de ese momento comenzaría una larguísima noche que duró to que no dura

noche alguna: hasta e! mediodía del día siguiente. Fue la noche de una España en

vilo y de un Rey en vela. En veía y al timón, desde el puesto del mando supremo.

Comenzaron las llamadas telefónicas, de fuera adentro y de dentro a fuera. Una

vorágine inalámbrica, urgente, tensa, difícil.

Fue la noche de los teléfonos y tos cafés. Es claro que el Rey no cenó. Que el

Rey no durmió. Tampoco la Reina, presente en el despacho de Don Juan Carlos toda

la noche.

Cuando entró en línea el coronel Juste Fernández, de la División Acorazada

Brúñete, eí Rey empezó a tener sobre su mesa una primera dimensión real de «lo

que estaba pasando». El general Torres Rojas había hecho creer que «contaba con

el respaldo regio», y en Brúñete algunos jefes de Cuerpo se disponían ya a

«entrar en una operación por orden del Rey». Son inmediatos los contactos con

los once capitanes generales, empezando por el de Madrid, Quintana Lacacci, y

con los jefes de Estado Mayor del Ejército, de la Armada y de! Aire.

El Rey detecta una incierta ambigüedad en unos, perplejidad en otros, estado de

hartazón por el sesgo de la singladura política en los más..., pero hay palabras

y talantes suficientes como para que, «a partir de esas conversaciones no pierda

la confianza en los mandos militares, en las Fuerzas Armadas...». En su cerebro,

todas conjeturas y previsiones, hasta la inverosímil..., pero «con la seguridad

de que el golpe fracasará». Las Infantas y el Príncipe Felipe están también en

el despacho algunos momentos. El Rey, personalmente, da explicaciones a su hijo

de lo que está sucediendo. El Príncipe le escucha muy serio, con los ojos

entornados.

• El general Armada entra en escena, también por teléfono. Solicita ir a

Zarzuela. Quiere «hacer de puente con Tejerán, pero como parlamentario «con

mandato en nombre del Rey». Se opone Don Juan Carlos. Hay una breve consulta,

urgente, con los generales Valenzuela y Fernández Campos, y con el marqués de

Mondéjar. El Rey resuelve: «Ni parlamentos, ni negociaciones, ni recados de mi

parte... Yo doy órdenes... Y ahora no hay más orden que se restablezca la vía

constitucional.» Y todavía en ese momento el Rey ignora que Armada pueda ser,

como le diría el teniente coronel Tejero al periodista Pla en reveladora

conversación mantenida por éste desde el Ministerio del Interior: «¡Qué c..,,

Armada intermediarlo! ¡Nada de intermediario... Armada tenía que estar ya aquí,

para ponerse al trente de la situación!»

Cuando el Rey se entere, horas después, de que su antiguo hombre de confianza es

la cabeza oculta que debía desvelarse en la «operación Duque de Ahumada», por

primera vez en tantísimas horas de brega, de

alta tensión y de imponderables esfuerzos de disuación por toda la geografía

castrense, perderá unos instantes el dominio de su gallarda entereza... y,

sujetándose la cabeza entre las manos, se echará a llorar. Sí. En plena noche,

capeando el temporal, el hombre-Rey llora porque el «secretario de tantos

secretos», el incondicional en tantos momentos difíciles, el «amigo» de muchos

años...

ha cambiado de rostro.Con Miláns del Bosch se suceden distintas comunicaciones.

Y es cierto que el Rey le tuteó y le llamó por su nombre, como también es cierto

que el Rey le «ordenó», sucesivamente y sin fisuras de debilidad, «la inmediata

retirada de las tropas» que patrullaban Valencia, «la salida de Tejero y sus

guardias civiles del Congreso de Diputados», la anulación de la «proclama» de

asunción de todos los poderes en la Mi Región. Y no menos cierto es que el Rey,

en alguna de estas conversaciones, seguía unas breves netas, que previamente

había escrito, no para no olvidar entonces lo que debía decirle, sino

Apunte rápido, para los registros de la Historia. Con el deseo ferviente de que

al pasar usted, lector, esta

página del periódico, los hechos que aquí relato pasen también a ¡a Historia...

sin retomo.

para no olvidar después, ni nunca, lo que le había dicho. Hay frases elocuentes

del Rey que condensan su entereza en la decisión: «Estoy dispuesto a cumplir mi

mandato constitucional por encima de todo..,» «Sólo así seré fiel a la

bandera... y lo será hasta el final...» «No cederé... Tendréis que fusilarme.»

La Reina está allí. Escucha. Vive íntimamente las horas más duras del reinado.

Calla. Sufre. Alienta al Rey, y a todos los presentes, con su sola presencia.

Se ha dispuesto una solución «nueva» para una situación de emergencia: cautivo,

secuestrado el Gobierno, asume la gobernación la Junta de Secretarios de Estado,

con Laína al frente. Entretanto, las órdenes del Rey se canalizan y coordinan a

través de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Son cons-tantantes las conexiones

telefónicas entre ambos organismos y Zarzuela. Del exterior de España empiezan a

afluir las llamadas de los jefes de Estado: Giscard y Hassan II serán de ios

primeros en hablar con el Rey y expresarle su apoyo. Por nota escrita, vía

Embajada, se hace presente la Reina de Inglaterra. Telefonean también Hussein de

Jordania, Salduino de Bélgica, la Cancillería de Bonn, el Gran Duque de

Luxemburgo... Ya por la mañana del martes 24, el presidente Reagan, «porque en

la Casa Blanca esperaron a que despertase para darle noticia de los sucesos de

España».

Se plantea la necesidad riel mensaje televisivo. El Rey está siguiendo los

hechos a través de la radio. Es la hora de la gran incer-tidumbre ciudadana. Al

ponerse al habla con el director general de Televisión Española, Fernando

Castedo, Sabino Fernández Campos percibe algo extraño en su interlocutor. Los

típicos monosílabos de quien no puede hablar con libertad... «¿Pasa algo?»

«Sí...» «¿Estás con alguien ahí?» «Sí...» «¿No puedes hablar¿» «No... Hay un

capitán», apuntándome... Esto está tomado... Es, me dicen, la "alarma 2" de la

"operación Diana"...» Se tardan horas en conseguir movilizar y emplazar una

unidad de cámaras de video, autónoma, y un equipo de filmación. Se redacta

rápidamente el escuelo mensaje del Rey. Un mensaje que la gente espera durante

horas, atenta a los televisores.

¿Por qué se demora? Sencillamente, porque el Rey, cuando se dirija al país, no

dirá «lo que piensa hacer», sino «lo que ya ha hecho». Mientras llegan Pedro

Erquizia y Jesús Pica-loste, de TVE, el Rey va a sus habitaciones y regresa

vestido de capitán general. Sin ensayos, sin repeticiones, sin maquillajes...,

con una impresionante seriedad y la voz seca y firme, el Rey derrama sobre los

españoles inquietos y asustados el único sorbo de serenidad y segundad de

aquella larga noche. Una noche que duró día y medio. Una noche en la que las

cosas —lo diria después el propio Rey— «estuvieron algunos momentos asi así..,».

Una noche en la que si bien/ «ni un sólo mando militar insinuó al Rey, siquiera

vela da mente, la conveniencia de ponerse en la cabeza del golpe», si se

sintieron muy cenca las mordeduras no cicatrizadas del «enfado militar... tan

extendido».

Una noche que iba a poner en serio a los políticos a hacer «política seria».

Esa noche, «23-F», el Rey salvó la democracia. Pero... si hay otra noche...

cualquiera puede y debe preguntarse honestamente, ¿quién salva al Rey?—Pilar

URBANO.

 

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