Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   El largo camino de la apertura  :   
 De Josep Meliá. Dopesa, 1975. 
 ABC.    27/04/1975.  Página: 49-50. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

DO MINGO, 27 DE ABRIL DE 1975.

"EL LARGO CAMINO DE LA APERTURA"

De Josep Meliá

Dopesa, 1975.

Por José María RUIZ GALLARDON

Conozco a Josep Meliá de sus años mozos de Universidad. He seguido su producción periodística,

importante contribución en mil ocasionas para aclarar un punto, deshacer un entuerto, enderezar

una injusticia, y, sé sobre de su calvario de político liberal. He escrito calvario y creo no haber

exagerado en el vocablo. Porque Josep Meliá es uno de esos hombres jóvenes que prefieren el diálogo

al exabrupto, el razonamiento a la consigna y también el trabajo en libertad al slogan atenazador

de signo totalitario, marxista o no. Meliá ha visto, ve en este libro, cual ha sido el devenir de la España de

los últimos años, cómo el pueblo español con su adhesión real, sincera y auténtica a la Ley Orgánica del

Estado «abrió un período constituyente que fue capaz de suscitar enormes esperanzas», ese pueblo

español que hizo mucho más que expresar su total conformidad con la política de las cosas: porque votó

por la evolución, votó por el progreso, votó por la paz, votó por la apertura hacia un sistema más

amplio e indiscriminado de participación.

Pero este libro —que empieza precisamente con el explícito reconocimiento de que el referéndum fue una

victoria del Régimen— es el producto decantado de una vocación política nobilísima y hoy un tanto —y

hasta quizás un mucho aunque es posible que justificadamente— desilusionada. «Aquellas esperanzas de

1966 —escribe Meliá en el prólogo— no dieron todos sus frutos, no se alcanzó el fruto óptimo de las

posibilidades. Hubo demasiadas preocupaciones de presente que restaron claridad a las formulaciones que

requería el futuro. Pese a todo se avanzó. No tanto como algunos hubiéramos q u e r ido, pero se

avanzó...».

Las más de trescientas páginas que siguen pretenden ser —y lo consiguen— la presentación del esfuerzo

de unos pocos y de la cerrazón —de izquierda y de derecha— de muchos. El autor no trata, de sacar

conclusiones; tampoco, quizás, de hacer estrictamente historia, esto es, narrar día a día y punto a punto

cuanto desde 1966 haya acontecido. Además, para hacer historia le falta a Meliá —¡gracias a Dios!— la

asepsia de que presumen la mayoría de sus muchas veces seudosesudos cultivadores (sobre todo si son

del, o pertenecen al, clan empalagosísimo del "yo no me caso con nadie", porque probablemente ya están

casados). Meliá toma partido, se decide, es un político. El mismo nos lo dice: «El periodismo, para mi, ha

sido siempre una forma de expresar mi vinculación a un programa de liberación, apertura y fe

democrática de apertura y cambio». He ejercido este quehacer donde he podido, con alegría espiritual y

claridad de intenciones, sin ánimo de herir ni de radicalizar. El periodismo político me ha ofrecido

satisfacciones y sinsabores. Mitad y mitad. Me han ayudado las primeras. Me han deprimido las

incomprensiones, los recelos, los escrutinios inquisitoriales en busca de intenciones malévolas. Creo que

el resultado es consolador. Me alegro de haber podido acampar dentro del cuadro legal y cumplir una

doble función critica. Siempre he procurado catar en vanguardia, tendiendo una mano, intentando integrar

en el juego político a quienes se veían excluidos o marginados. Sólo en muy pequeña parte se ha

cumplido mi intención. Pero ésta, en definitiva, es otra historia.»

A la vista del párrafo transcrito yo quisiera decirle algo al autor; que ni todo, ni siquiera lo principal se ha

perdido. Que la dureza y cerrazón de muchos —como el prurito de escándalo y bajeza personal en

algunos— es cosa pasajera que se lleva el viento y sólo logra denigrar a quienes no saben ser ni actuar de

otra manera. Por eso, creyendo, como creo con Meliá, que puede haber muchas dudas en la posibilidad de

recuperar el tiempo perdido, pensando, como él, que el camino de la apertura ha sido largo, demasiado

largo, no comparto que sólo nos espera esa «tercera apertura» de que tanto se habla ahora y que se define

como la que no ha de hacer el Régimen.

Por supuesto, no todas las versiones que Josep Meliá ofrece en su libro me con vencen o las comparto.

Ni siquiera alguna de sus apreciaciones más generales. Pero sería tarea minimizadora y hasta estéril

descender al detalle. Hay otras cosas, otros apoyos que considero de gran valor, de indiscutible validez

para el futuro. Veamos una de ellas: Al narrar la gestación de la Ley Orgánica del Movimiento y su

Consejo Nacional, cuenta Meliá que Raimundo Fernández Cuesta a la pregunta ¿ha desaparecido la

falange? Contestó: «Legalmente sí, realmente no.» Y escribe: «¿Por qué tanto interés en la desaparición

de la Falange? ¿Por qué razón, durante años, los escritores políticos nos especializamos en la denuncia de

los rastros del viejo partido único? Podría parecer resentimiento lo que en realidad era tan sólo un deseo

de clarificación. Incluso muchos falangistas nos acompañaban en el camino. ¡No! Nada había de gratuito,

ni de personal, en la constante presión desfalangizadora, ni era tampoco signo de enemistad con los que

vivían las ideas de la Falange. Lo que en realidad ocurría es que la propia confusión entre F E. T. y de las

J. O. N. S. y el Movimiento como organización se erigía en un obstáculo para la plena igualdad política

de lodos los españoles y su participación indiscriminada en las tareas del Estado. Una especie de

desasosiego personal nos hacía ver que sólo a través de una amplia organización del contraste de

pareceres y la concurrencia de criterios, el Movimiento podía ser fiel a sí mismo. T para ello parecía

necesario atenuar la fuerza de la Organización para transfusionarla a la Comunión de Principios.»

Totalmente de acuerdo y en alguno de mis escritos así lo he manifestado. Pero más todavía habría que

añadir que hoy, en abril de 1975, es más necesario que nunca que las cosas vayan recobrando su nombre,

que las aguas vuelvan a sus cauces naturales. Y que las fuerzas que se integraron por virtud del decreto de

Unificación de 19 de abril de 1937, vuelvan a recuperar su propia y exclusiva personalidad. Y así F. E.

será Falange. Y el requeté, lo que fue entonces. Y que junto s ellas, pero siempre dentro de la ley —de ahí

un no rotundo a tanto filocomunista emboscado en cristianísimas organizaciones— nazcan y florezcan

otras organizaciones que de una vez por todas abran para siempre a España. Para la paz, para el orden y

para la justicia. No para que hagan del solar patrio el río revuelto de los que están esperando su hora para

resucitar el fango, la sangre y las lágrimas que acabaron —para ¡siempre!— en 1939.

J. M. R. G.

 

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